Luisa Etxenike

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Un tesoro en la arena

Diario El Correo-Territorios

Se les ve sobre todo al atardecer o por la mañana temprano, cuando las playas están casi vacías. Supongo que necesitan espacio abierto para trabajar, y que además no les gustan las intromisiones. Avanzan concentrada, meticulosamente  por la arena, peinando el suelo con sus curiosos instrumentos, como si estuvieran pasándole  la aspiradora a la playa. Lo que sujetan en sus manos son detectores de metales y ellos, una versión cercana, doméstica, de los legendarios buscadores de tesoros.

Porque a esos optimistas lo que les mueve es también la esperanza de extraer  de ese laberinto de arena (imaginar la suma de sus granos es sentir el roce vertiginoso de lo infinito, el escalofrío de la eternidad), la esperanza de encontrar en ese pajar de arena la aguja dorada de un anillo, un pendiente, una pulserita, tal vez incluso una medalla, que el ímpetu de la marea ha empujado hasta allí,  o que han ido dejando atrás el descuido, el olvido o, de repente, una galerna. Las galernas, que te obligan a recogerlo todo y a escapar de la playa a toda prisa, siembran muchos tesoros en la arena.

Como aquella tarde de finales de julio. La recuerdo muy bien. Todo el día había hecho muchísimo calor. Uno de esos bochornos húmedos de nuestra costa, que espesan tanto el aire que la realidad se ve como en una visión o un espejismo, temblorosa y sin bordes. Es posible que la galerna ya llevara un rato dando signos, pero en aquella atmósfera gelatinosa en la que cada gesto costaba y todo se hacía como a cámara lenta, o nadie se dio cuenta del anuncio o a nadie le importó. El hecho es que el viento, cuando decidió levantarse del todo, se encontró con una playa llena de gente y pudo organizar en un instante un escándalo memorable de toldos descalabrados, sillas volantes, bolsas vueltas, toallas y ropas como cometas desatadas, además de los gritos y el trajín de la huida.

Yo me había refugiado bajo los arcos del voladizo de la Concha, y desde esa atalaya vi vaciarse el terreno, amainar la galerna, y poco a poco, recuperar el paisaje de la bahía donostiarra su majestuosidad. Y podría pensarse que semejante vendaval había dejado la playabaldada y perdida de basura y de escombros de mobiliario veraniego. Y sin embargo no. Lo que había hecho la galerna era cubrir los restos de aquel naufragio del verano con un manto de arena, como si hubiera querido echarle a la playa un chal beige por los hombros para de alguna manera, a pesar de todo, protegerla.

Y es lo que se veía desde el voladizo: una extensión forrada como con una tela fina, arrugada aquí y allá, planchándose a medida que se acercaba al agua. La playa estaba hermosa y además sembrada de tesoros, seguro, que esa misma noche o temprano al día siguiente, los buscadores con sus varitas mágicas se encargarían de desenterrar.Lo creí porque yo misma encontré uno. Sin varita y sin nada, sin esfuerzo. Simplemente vi que de una de las minúsculas dunas sobresalía una punta brillante.

Resultó ser el extremo satinado de la portada de un libro. Lo liberé con mucho cuidado.  Sacudí cada página. Era una edición de bolsillo de Una soledad demasiado ruidosa del escritor checo BohumilHrabal. Lo abrí al azar. “El crepúsculo abría cada tarde la puerta a la belleza”, leí. Y era verdad; saltaba a la vista. Cerré el libro y volví a abrirlo: “¿Por qué Lao-Tsé dice que nacer es salir y morir es entrar?” se interrogaba el narrador. Eso tenía que meditarlo más. Así que me puse a pasear por la orilla del mar, a esas alturas ya completamente apaciguado.

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