Luisa Etxenike

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Seguros/as

Dedicaba Pedro Ugarte su columna del sábado 14 de marzo a la seguridad en las calles, cuestión fundamental que concentra inquietudes ciudadanas de y en todo el mundo. Allí decía que «la preocupación por la seguridad siempre ha tenido un cariz conservador», lo que conecto con la idea, de una manera general compartible, de que la izquierda se ha sentido incómoda a la hora de luchar contra la inseguridad en las calles; que, mientras la derecha se muestra en este campo decidida y asertiva, la izquierda ha abordado el asunto con cierta desorientación o complejo. Lo que creo que puede explicarse por la dificultad de trenzar justamente, en la teoría y en la práctica, libertad y seguridad, o los tiempos necesariamente largos de la prevención y la educación con los necesariamente cortos o instantáneos del remedio de situaciones puntuales de inseguridad. Pero si esa «incomodidad» ha podido estar en el pasado de la izquierda, entiendo que allí debe quedar. El derecho de las personas a sentirse seguras en la calle tiene que ser, desde la izquierda, bien atendido, es decir, con determinación y eficacia, y, al mismo tiempo, con acciones e inversiones fundamentadas en la irrenunciable convicción de que la prevención definitiva de la inseguridad se sitúa del lado de la educación cívica y de la justicia en el reparto de los espacios y recursos sociales.

Pero la citada columna contenía otro planteamiento con el que tengo una fundamental discrepancia, en realidad dos. Escribía Pedro Ugarte: «Son incomprensibles los esfuerzos que invierte el feminismo en separar la seguridad de las mujeres de la seguridad a secas». Lo que equivale, en mi opinión, a negar la especificidad de la violencia de género, o, por decirlo de una manera más transeúnte, a negar que las mujeres puedan tener, cuando van por la calle en ciertos lugares u horarios, un miedo que va más allá del simple temor a que les roben el reloj o el bolso. Un miedo propio, específico, esencial, y por desgracia abrumadora, atrozmente justificado. Abordar por separado, por colectivos, las necesidades de seguridad no sólo ayuda a tratarlas con auténtica eficacia (no hay que asegurar igual las ventanas de un parvulario que las de un edificio de oficinas, o los andamios que las piscinas), sino a comprender las razones que provocan esa inseguridad.

Y aquí sitúo mi segunda discrepancia: en la división, que parece desprenderse de la columna de Pedro Ugarte, entre las feministas y el resto de la sociedad. Como si aún de eso se tratara, de distinguir entre ellas y nosotros; como si el feminismo, es decir, la causa de la igualdad de las mujeres, fuera aún asunto de bandos y no estuviera (o tuviera que estar) metabolizado ya por la sociedad, integrado en todas sus capas -desde la mentalidad a la institución-, y empeñado en la única separación que aún cuenta, la que distingue entre el todos y el «esos», esos energúmenos que aún las asesinan, las maltratan, las violan por la calle.

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