Luisa Etxenike

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Monopopulismo

Subirse a un autobús o a un metro, o simplemente pasearse por las calles de muchas ciudades europeas -y no sólo las de mayor tamaño como Londres, Berlín o París- supone acercarse a la realidad de sociedades visiblemente heterogéneas, compuestas por personas de distintos orígenes y pertenencias culturales. A la luz de esa explícita multiculturalidad, la sociedad vasca se representa aún de un modo extremadamente homogéneo, lo que suele llamar enseguida la atención de quienes nos visitan o nos observan con ojos curiosos y a la vez desprejuciados, es decir, libres de apriorismos o condicionamientos. Y así nos ven como lo que somos: una sociedad (aún) de semejantes, de parecidos. Pongamos, por ejemplo, a Ibarretxe, Basagoiti, López, Madrazo o Ziarreta en mitad de Picadilly Circus, o en el centro de cualquier debate auténticamente pluriidentitario y veremos lo poco evidentes que le resultan a todo el mundo esas «diferencias esenciales» que tanto, y a mi entender tan deprimentemente, le gusta jalear al lehendakari. En fin, que somos todavía una sociedad marcadamente monocultural, en una Europa que se culturiza ya en estéreo, en varias pistas.

Horizonte imparable, y en mi opinión, apetecible. Y hacía allí avanza todo el mundo, también la sociedad vasca, aunque nosotros vayamos todavía por detrás y, si atendemos al discurso del nacionalismo gobernante, además hacia atrás: hacia reivindicaciones de esencialismo identitario peor que obsoletas, ancladas en el etnocentrismo de un modo más o menos velado, o con más o menos recubrimiento mítico-sentimental. Porque ¿qué significa exactamente «este Pueblo», señor Ibarretxe? ¿En base a qué estarían excluidos de él Patxi López o Antonio Basagoiti? ¿En qué lugar deja esa exclusión, decretada por usted, a la mitad de la población vasca que les considera y les vota como sus representantes?

Todas esas preguntas deberían tener para ahora una respuesta precisa. El lehendakari debería poner en las afirmaciones que lanza subtítulos muy claros, como para que los entendiera cualquiera, incluso aquellos que, en su opinión, tienen comprometido el entendimiento. Y para que lo entendieran también fuera de nuestras fronteras. El nacionalismo gobernante gusta de representarse puenteando a España y conectándose directamente con Europa. Pues debería probar qué efecto produce su discurso este-pueblista en las más significativas instancias europeas (de institución y de reflexión), cómo se interpreta allí en estos tiempos o a estas alturas multiculturales, y cómo le sitúa políticamente y en qué compañía, ese monopopulismo identitario con el que, además de dividir a la sociedad vasca y de agraviar a una mitad, retrasa en todo y para todos la comprensión y la preparación para lo esencial: el paso de una sociedad monocolor a otra felizmente multicromática y mestiza.

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