Luisa Etxenike

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Leyes de carnaval

Acaba de anunciar Javier Madrazo su intención de promover en la próxima legislatura una Ley de Transparencia de las Administraciones Públicas y de Derecho del Ciudadano a la Información. Y una se (y le) pregunta ingenuamente por qué ha esperado a acabar su mandato, a que se cerrara el Parlamento y a que entráramos en campaña electoral para hacer esa propuesta. ¿Por qué no lo ha hecho antes? Si ese proyecto se hubiera presentado a su debido tiempo, a lo largo de las últimas legislaturas se habría podido aprobar esa ley (y otras también necesarias y pendientes de ese departamento) y al ciudadano vasco se le habrían podido ahorrar, por esa vía de transparencia, más de un disgusto y sobresalto (pongamos affaires Guggenheim o Balenciaga), junto con un montón de dinero que ahora mismo podría invertirse con mucho más fundamento y provecho social.

En cualquier caso, las leyes hay que promoverlas, aprobarlas, pero luego también respetarlas y, claro está, velar por su cumplimiento. Y es en el manifiesto déficit de observación y observancia de algunas de nuestras leyes donde quisiera detenerme hoy. Las llamaré leyes de Carnaval, aprovechando que estamos en época de disfraces, en el sentido de que su aplicación tiene tanto ropaje de enredos o «descuidos» de cumplimiento, que ya no se las reconoce. Pongamos la ley Antitabaco. Y voy a dejar la ingenuidad e incluso la ironía de lado para preguntar sencillamente ¿cómo hay que entender esto?, ¿cómo es posible que tres años después de la promulgación de la ley aquí siga siendo difícil distinguir con claridad dónde se puede fumar y dónde no?, y ¿por qué se permite en tantos sitios donde en principio está prohibido? Y. fundamentalmente, ¿por qué se deja que se acumulen las denuncias por incumplimiento en Euskadi y no se sancionan?; es decir, ¿qué modelo de responsabilidad y de credibilidad institucionales representa semejante dejadez?

O pongamos la ley que prohíbe vender alcohol a menores y cuya aplicación es un «coladero», como indican los estudios sobre hábitos de consumo en los adolescentes; las voces de alarma de los servicios de asistencia que atienden los comas etílicos (nos llegará una nueva actualización de datos después de Carnaval). O la simple observación de la calle, donde reinan los botellones, claro, pero también consumos bajo techo, en locales donde pedir el DNI antes de poner la consumición no es precisamente la más habitual de las prácticas (estas navidades se han celebrado entre nosotros fiestas, ampliamente publicitadas, en las que se controlaba en la entrada el traje, pero no la edad, y a las que han acudido por ello montones de menores a ponerse «hasta arriba», por no utilizar la expresión de uso corriente entre el chavalerío).

Este año los carnavales se sitúan en el centro de la campaña electoral, como una juiciosa alerta del calendario, digna de tenerse muy en cuenta.

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