Luisa Etxenike

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Gracias, Cervantes

Cervantes es la grandeza. De la expresión narrativa, sin duda. El Quijote es la primera novela moderna, lo que se dice pronto, pero se entiende despacio y al detalle. Y cuando se ha entendido, maravilla, marea de admiración. Porque Cervantes se adelanta de tal modo, pone en esa obra tanto de lo que las novelas posteriores van a ambicionar y a asumir como deberes inexcusables de su forma, que parece increíble, cosa de encantamiento. Y, desde luego, encanta.

Encanta, por ejemplo, la comprensión -ya en esa época- de que el tiempo real, el que merece ser representado en un relato, es el subjetivo, el que se percibe y dura en la conciencia: “Verdad debe de decir mi señor -dijo Sancho-, que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamiento, quizá lo que a nosotros nos parece una hora debe de parecer allá tres días con sus noches”.

Y la construcción de una novela de fragmentos, sueltos y atados a un tiempo, orientados al proyecto común. Una novela mosaico de géneros literarios diversos; una novela puzzle que crece en sentido a medida que va sumando piezas, porque esas piezas que entran de una en una, enseguida se encienden por contacto con las demás, e iluminan la brillantez de la arquitectura que las ha imaginado juntas, apoyándose las unas en las otras, necesitándose.

Y la revelación de que la sustancia de la realidad no es la fijeza, sino la movilidad; y que hay tantas realidades en un punto como miradas se orientan hacia él. Y que, por lo tanto, lo que importa en la obra es proponer más de una posibilidad de lo real; pero también dejar claro que no todas las posibilidades son equivalentes. Que mirar significa elegir; que no vale lo mismo la complicidad que la rebeldía; la generosidad que la codicia; la justicia que la tiranía; la burla, que empequeñece, porque sólo resta, que la ironía que engrandece porque multiplica, como mínimo por dos, todo lo que toca.

Y encanta, maravilla, que Cervantes se adelante también a lo que va a ser la preocupación principal de las novelas más altamente modernas: la presentación (en directo) de la naturaleza dialógica, dialéctica, de la mente humana; de que somos un constante discutir con nosotros mismos. Pues ese dialogismo esencial, Cervantes lo representa ya, creando a esa pareja que no para de hablarse, de darse, del modo más literal, la réplica. Lo que la novela moderna va a colocar por dentro, en la conciencia, Cervantes lo pone por fuera, lo extiende por las tierras de España, que se llenan de las dudas, los peros, los alientos, las reservas, los síes y los noes que Don Quijote le mete a Sancho en la cabeza, y viceversa. Hablan entre ellos como nos hemos acostumbrado a que hablen solos los personajes modernos. La conversación que corre entre Don Quijote y Sancho es como un fluir de la conciencia al aire libre.

Pero con todo, lo más significativo de Cervantes, me parece su ambición de lo humano. Cervantes es grande porque imagina personajes capaces de engrandecerse, empeñados en engrandecerse, es decir, en salir de los límites de sí mismos para llegar a más. Vale cualquier cita de Don Quijote, pero pondré ésta: “Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno”. Me parece evidente que Cervantes desconfiaba de su mundo y su tiempo, pero que confiaba en la naturaleza humana. Crea un libro que funda, que provoca el arte de la novela; pero en cuyas páginas se confirma otro arte: el del ser humano como contestación, como réplica contra la mezquindad y la injusticia y la desdicha y la fealdad… Capaz, en definitiva, no sólo de destapar a los gigantes que se esconden bajo la apariencia de molinos, sino de enfrentarlos.

Y lo que es más difícil, de enfrentarse a sí mismo cuando es necesario, y de vencerse, convirtiéndose en otro. En un Don Quijote, por ejemplo, capaz de reconocer- muy avanzada ya la segunda parte de la novela- que “fue aquel el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico”. Y en un Sancho, olvidado de materialismos, capaz de responderle a la Duquesa que le da a entender que más le valdría dejar a su amo: “Pero esta fue mi suerte y esta mi malandanza: no puedo más, seguirle tengo; somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel y así es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadón. Y si vuestra altanería no quisiere que se me dé el prometido gobierno, de menos me hizo Dios, y podría ser que no dármele redundase en pro de mi conciencia”.

Esa confianza en lo humano, esa ambición para lo humano es lo que prefiero en el Quijote; y lo que, entre todo lo admirable, más admiro en Cervantes. Por lo que le doy una y otra vez, sin cansarme, las gracias.

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