Luisa Etxenike

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El vértigo de los extranjeros

Diario El Correo-Territorios

           La presentaban como la noria más alta de Europa.  Y prometían que desde arriba el panorama sobre la ciudad era espectacular. Me subí allí sin la menor aprensión porque en mi vida había tenido un ataque de vértigo. Pero para todo hay una primera vez. Y cuando llegamos a lo más alto y la noria de detuvo para recoger en tierra a más pasajeros, sentí lo que ya he aprendido a reconocer: que el suelo de aquella tacita metálica en la que me había montado desaparecía y me quedaba colgada en el aire, sin más protección que mi deseo, que mi voluntad de no caer.

            El vértigo es así;  te coloca de pronto en  una intemperie y una intimidad extraordinarias. Te separa de todo lo que te rodea (el entorno se esfuma) y te adhiere a ti mismo, a una especie de versión primerísima de ti mismo, la del instinto de conservación. Y así me quedé allí durante un rato, no muy largo la verdad porque aquella noria era la atracción más codiciada de la feria y las vueltas no duraban mucho; así me quedé dando vueltas, con los ojos cerrados, aferrada de la manera más “primitiva”, más absoluta,  a las ganas de seguir viviendo. Lo que a su manera, y a falta de una visión aérea de la ciudad, también resultó para mí un bello y estimulante espectáculo.

            Supongo que son sensaciones parecidas las que explican el éxito de las atracciones de feria que se instalan en nuestras ciudades y pueblos durante el verano, cada año con “novedades” más escalofriantes. Gigantes metálicos en forma de araña, ascensor, coctelera u oruga. Da igual. El diseño no importa, lo que cuenta es la sensación repentina, brutal, de perder pie. Y de someter al cuerpo a unas solturas y unas sacudidas que la vida normal no suele proponer, al menos no en su versión festiva.

           Y cuenta también el poder gritar sin complejo, y expresar miedos sin pudor. Porque en esas circunstancias, frente a la noria descomunal, la araña de cien patas centrifugadoras, la montaña rusa como una cordillera de ocho miles; en ese trance, resulta más fácil, por más natural, atreverse a soltar, por ejemplo, un “yo eso no lo hago ni loco/a” o “qué pánico” o “sólo si alguien se sube conmigo”…cualquiera de esas expresiones de vulnerabilidad y de necesidad de compañía que tantas veces callamos en la vida, por ajustarnos a una imagen o mantener el tipo.

          El vértigo atrae (por algo las barracas de feria se llaman atracciones), y yo creo que es porque, de algún modo, nos incita a ser otros. Al perder las referencias habituales, el “suelo” que pisamos a diario, podemos volvernos, aunque sea un momento, el tiempo que dura la vuelta de la noria o la araña o la montaña rusa, distintos.

           El vértigo gusta tanto porque es una extranjería. Igual que el verano que es la estación de los extranjeros por excelencia y por fortuna. De los extranjeros que nos cruzamos, tan contentos, en nuestras playas, tiendas, bares o museos, y que de tantas maneras representan bienestar y riqueza. De los extranjeros en que nos convertimos cuando viajamos bien, atentos, curiosos, porosos, dejándonos contagiar. El verano apetece por esas extranjerías que nos desplazan por dentro y por fuera.

         Como el vértigo que atrae porque descoloca, porque es también el tiempo de los extranjeros. De ésos que imaginamos ser cuando nos quedamos  sin apoyo, sin suelo, en la cima de una de esas atracciones gigantescas: más osados o despreocupados o locuaces o tiernos… los extranjeros que intentamos ser allí arriba, para no caernos, para seguir flotando en el aire de la vida, tan felices.

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