Luisa Etxenike

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El verano en la boca

Diario El Correo-Territorios

Cada estación tiene su sentido. La vista se crece en el otoño, de la mano de la exuberancia del paisaje. El invierno que es sólido, mineral, le pertenece al tacto. La primavera, con sus brotes y cantos, al olfato y al oído. Para el verano queda el gusto; el verano se nota sobre todo en la boca. Porque es la estación de los atrevimientos. También en los sabores: ingredientes insólitos en las ensaladas; bebidas estridentes; platos con nombres de otro mundo.

Y es que el verano representa, como en el poema de Beaudelaire, una constante “invitación al viaje”. Alimenta la ilusión de salir, aunque no nos movamos de casa. Sobre todo si no nos movemos. Creo que por eso son tan populares los helados_ el gran protagonista del verano en la boca_, porque  en ellos siempre hay alguna forma, consciente o impensada,  de viaje. No sólo por el espacio, sino fundamentalmente por el tiempo.

Los helados están llenos de memoria. Y es lo que buscamos: el reconocimiento de una textura tersa pero blanda; atrevida pero inofensiva sobre la frágil piel del paladar. Deseamos que con su materia untuosa y dulce nos acaricie la boca. Como aquellos alimentos primeros. En eso reside,para mí, la clave de su éxito, en que nos permiten viajar hacia atrás, hacia el dulzor irrepetible de la infancia. Que ésta sea realmente vivida o sólo imaginada, da igual; de todas formas las infancias siempre son soñadas. Lo que cuenta es regresar allí, a aquella blandura  sin preocupaciones.

Que los helados están cada vez más destinados a los adultos lo demuestran los nuevos sabores que se van imponiendo: queso con arándanos, chocolate al armagnac, trufa negra o capuccino light (¿qué niño verdadero anhelaría comerse algo con esos nombres?). Los helados son cosa de mayores que se van de excursión hacia atrás.

¿Y qué les queda entonces a los niños auténticos? Pues también un viaje, pero en sentido inverso. A ellos los helados les ayudan a crecer. Porque comerlos bien tiene su ciencia. Hay que saber medir el ritmo, para que no llegar, al menos no enseguida, a la saturación o el empalago (el disfrute necesita su tiempo). Y saber además sortear los peligros (aplastamientos, derrumbes, chorretones) para no acabar sin nada o hecho una pena.

Cuando empiezas a graduar el disfrute es que has crecido. También cuando empieza a preocuparte el aspecto que tienes; cuando no vas por ahí, tan campante, con la cara embadurnada de merienda, de babas o peor.Por eso comer bien un helado es una puerta o un rito de paso hacia la madurez.

Me convencí viendo a aquella niña, aquel verano. Yo estaba sentada leyendo en un banco del puerto. Ella se sentó a mi lado, la tarea que le esperaba debió de parecerle demasiado compleja para hacerla de pie. Sujetaba con las dos manos un helado de cucurucho y lo miraba con aire grave, preocupado, sin decidirse a comerlo.

Pasaba el tiempo. El helado empezaba a dar ya los primeros signos de desfallecimiento. Había que actuar; pero ella no se movía; sólo miraba a aquella bola oscura y brillante_ era de chocolate_ como entendiendo que estaba ante la raya de un antes y un después. Cuando extendió un poco los brazos para apartar el helado de su camiseta inmaculada, me atreví a preguntarle:

–         ¿Tienes miedo?

Primero contestó que no, pero enseguida añadió:

–         No sé.

Y por esa duda supe que ya estaba traspasando el umbral, adentrándose en el camino de su madurez. Por eso le dije:

–         El secreto es que no desborde por los lados; mantener el barquillo siempre seco.

Y entonces la niña cogió aire, se acercó el helado a la boca y empezó a hacerle alrededor un dique.

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