Luisa Etxenike

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El recuerdo en la piel

Diario El Correo-Territorios

Se veía que aquel trozo de playa era su sitio desde hacía mucho tiempo, por cómo delimitaba el territorio: al este, la muralla de la tumbona; al oeste la sombrilla firmemente plantada; el norte bien colonizado,  porque entre el pretil del paseo marítimo y su toalla extendida a lo ancho, apenas dejaba un metro. Y al sur, ella, sentada en su silla plegable, como ante la puerta de su casa. En total unos veinte metros cuadrados. Una ocupación, sin duda excesiva, que hubiera levantado ampollas en cualquier otra parte más concurrida de la playa, pero que allí, en la zona alta (algo así como un “gallinero” con poco público de la arena) resultaba mucho más llevadera.

     Yo no solía bajar a la playa; aprovechaba las mañanas para escribir. Pero aquel día una reparación particularmente ruidosa en el ascensor del edificio me echó del apartamento que había alquilado. Me senté en el pretil del paseo, a una distancia de aquella señora que juzgué prudente y suficiente. No quería molestarla y además necesitaba terminar un artículo. Pero calculé mal y en cuanto me instalé se puso a hablar conmigo, en realidad a hablar en mi dirección. Me contó que  a su marido y a ella les había parecido una buena idea comprar un pisito en la costa para las vacaciones familiares; que con mucho esfuerzo lo habían conseguido; pero que al final de buena idea nada; que ahora tenía que venir sola; que a sus nietos les parecía un rollo veranear siempre en el mismo sitio, y hoy los jóvenes mandan…Lo iba contando, también lo de su viudez repentina, en frases cortas, precisas, que volvían una y otra vez a sus labios, casi idénticas, como piezas en una cadena de montaje. Eso le daba a su discurso una calidad de canción o de arrullo… Yo me estaba dejando mecer por su relato, cuando bruscamente hizo una pregunta fuera del guión tradicional, una pregunta de verdad, de ésas que piden respuesta.

–         ¿Se ha fijado en ése?

     Y yo miré en la dirección que señalaba su brazo extendido, y vi a un chico, dormido en la arena, a cabeza y espalda descubiertas (la camisa la llevaba atada alrededor de la cintura). Uno de esos extranjeros pálidos que naufragan en la playa después de la marea de la noche.

–         Es que se va a poner bueno_ continuó la señora_; quemaduras de las de pomada como se descuide. Alguien tendría que ponerle un poco de crema protectora.

     El tono de su voz, entre asertivo y tembloroso, la delataba. Revelaba que sus intenciones eran buenas, pero dobles: proteger al chaval pero también obtener algo para ella, una forma de alivio para su nostalgia de nietos. Y que esa “doblez” le daba reparo (uno de esos escrúpulos exquisitos de los auténticamente generosos) y no acababa de atreverse. Había que echarles una mano a los dos.

–         Tiene usted razón-dije-, pero yo no he traído crema. ¿Le importa ponerle de la suya?

–         Qué remedio. Es que no sé dónde tienen la cabeza estos jóvenes.

     El chico se medio despertó, miró a la señora ya sentada a su lado, asintió con la cabeza y volvió a cerrar los ojos. Y la mujer siguió poniéndole crema sobre los hombros, la espalda, la cara…una capa protectora tras otra… mientras le explicaba que comprarse un apartamento en la costa al final de buena idea nada; que lo de veranear siempre en el mismo sitio a sus nietos no les va; con lo bonito que es esto…Y el chaval sonreía de vez en cuando, como para certificar que estaba feliz con las caricias de la voz y la crema. Y ella seguía, sumando las capas de protección, para que nadie se llevara de aquel verano un mal recuerdo en la piel, sino todo lo contrario.

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