Luisa Etxenike

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El califa y Tabakalera

Cuenta Scherezade en Las mil y una noches que el califa Harún-Al-Raschid paseaba un buen día por los jardines de su palacio cuando contempló una hermosa escena que le conmovió tanto que deseó dedicarle unos versos. Se puso a la tarea, consiguió hilar dos o tres palabras, pero no pudo continuar. Lo volvió a intentar, una vez y otra vez, pero los versos se le resistían. Así que decidió llamar al poeta Abu-Novas. Este se hizo enseguida cargo de la situación y, ante los ojos maravillados de Al-Raschid, compuso allí mismo un bello poema. En el cuento el califa recompensó al poeta, lo que deja suponer que consideró que él también había salido ganando en aquel asunto. Y es fácil estar de acuerdo con eso: en esta historia salen ganando todos y de manera muy particular la poesía, o lo que hoy llamaríamos la cultura. La poesía y la cultura salieron ganando porque no hubo atasco de versos, sino poema.

He empezado alegremente por aquellas noches para acabar más tristemente en nuestros días, en la noticia de una «nueva» propuesta para Tabakalera -me imagino que ya habrá artistas confeccionando, con vistas a alguna obra o instalación futura, el inventario de todo lo que se nos ha dicho que podría encajar en ese lugar-. La nueva propuesta, presentada por el candidato del PNV a la alcaldía de San Sebastián, consiste en ubicar en el subsuelo del edificio de Tabakalera la estación del tren de alta velocidad y la de autobuses. No entraré a valorar esta propuesta, entre otras razones, porque creo que no se puede, que no hay mimbres para ello; que la falta de un proyecto cultural claro y coherente para ese espacio impide determinar ahora mismo qué es, por comparación o en combinación, disparate o acierto. O, por decirlo de otro modo: la ausencia de proyecto condenaría a pronunciarse, en este y en otros casos, más por intuiciones que por argumentos.

Lo que esta propuesta sí indica a las claras, por su irrupción de última hora y por su propio dimensionado, es hasta qué punto Tabakalera está vacía, hasta qué punto su proyecto carece de cimientos culturales (la imagen de una estación de trenes improvisada en su base es en sí misma bastante elocuente), o hasta qué punto lo que llamamos, ya por pura inercia comunicativa y colectiva, su «proyecto» es a estas alturas poco más que un plan de ordenación territorial, que un reparto de huecos. Un reparto además entre instituciones, es decir, político. Y, sin duda, ahí está la clave del asunto: que en nuestro país, cuando de cultura se trata, por lo menos en público, hablan más los califas que los poetas. Asumen el poema los califas y los versos se atascan. Tabakalera necesita, a mi juicio, menos política y más «poesía»: una convocatoria internacional abierta a profesionales de la cultura para que aporten proyectos creativos más que realistas, reales y realizables. Y que quien gane ese concurso, tras un debate y una evaluación de expertos, lo dirija.

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