Luisa Etxenike

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Contagio social

Diario El País. País Vasco.

Es la similitud y al mismo tiempo la escandalosa lejanía entre las cifras la que me ha orientado hacia la reflexión de hoy. Porque por un lado están los cuatrocientos euros (400) del subsidio que cobran los parados de larga duración. Y por otro, los 40 millones (40.000.000) que un equipo alemán ha pagado por un jugador del Athletic. Las dos cantidades empiezan igual, pero la primera acaba mucho antes, como seguro que se acaba enseguida cada mes ese subisidio, seguro que da para poco. En cuanto a la otra suma, no sabría decir para todo lo que da; sí, en cualquier caso, que me produce la sensación de un desajuste, de una avería en la maquinaria social.

El que ambos tipos de ingresos puedan convivir en el seno de la misma sociedad, mayormente sin debate o como si fuera algo normal, debe verse, en mi opinión, como un signo de alerta, como uno (otro) de esos problemas estructurales que afectan a nuestro país y que ahora mismo nos están pasando las facturas. Entiendo que la colosal desproporción entre un subsidio de estricta supervivencia y las ganancias estratosféricas que se manejan en algunos ámbitos, como el futbolístico, no puede dejar de verse como el símbolo de una claudicación, de una renuncia a buscar un equilibrio progresivo en la calidad de vida de todos ciudadanos; a ir cerrando las brechas entre los que más y los que menos tienen; a consolidar así la igualdad de oportunidades que permite que nadie quede fatalmente encerrado en las condiciones de su origen.

El futbolístico no es el único terreno donde este tipo de abismos salariales existen; también se dan en otros deportes de élite o en el ámbito financiero y empresarial. Pero en el fútbol resultan más significativos y, a mi juicio, más perjudiciales en el sentido apuntado de simbolizar la renuncia a la igualdad o, si se prefiere, la aceptación de una radical desigualdad social. Y ello por la influencia y el impacto que este deporte ejerce sobre la sociedad. Una influencia y un impacto nacidos no tanto de sus propios méritos o fuerzas (no deja de ser una actividad deportiva) sino del conjunto de tolerancias, mangas anchas, estatutos de excepcionalidad y privilegios varios que le concede, desde hace una eternidad, el poder político. Al fútbol se le tolera desde el poder lo intolerable: colosales deudas con Hacienda o la Seguridad Social, por ejemplo; o una endémica opacidad en sus cuentas. Es la dimisión política la que ha construido ante la opinión pública el «mandarinazgo» del fútbol, su posición por encima del bien y del mal.

Me parece evidente que la crítica situación que atravesamos obliga a revisar este estatuto de privilegio. A revocarlo políticamente en los ceros (¿Es posible que esos 40 millones de traspaso no vayan a pagar ni IVA ni IRPF?) y en el resto de las tolerancias consentidas. El fútbol está metido en la sociedad; creo que es el momento de meter a la sociedad en el fútbol. El contagio de la sociedad real en el fútbol.

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