Luisa Etxenike

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Baño de colores

Diario El Correo-Territorios

     Uno de los placeres del verano son, sin duda, los baños en el mar. Salvo excepciones_ eso tiene de maravilloso la naturaleza humana, que hay para todos los gustos_ a todo el mundo le apetece darse un chapuzón, dejarse mecer por el vaivén de las olas, incluso meterse mar adentro y sentir ese tacto afilado, insustituible, de la profundidad. Y luego está la variedad de esos baños que en algunos lugares, como Euskadi, se puede extender y sofisticar de manera extraordinaria.

     Porque hay mares cuyo encanto reside precisamente en que son estables, previsibles de carácter y de forma. Y esa “monotonía” es lo que desea y lo que necesita mucha gente, no sólo porque es la garantía de un placer continuo y sin sobresaltos, sino además porque supone un potente analgésico contra los dolores del reloj. Los mares que apenas cambian de aspecto ante nuestros ojos es que son lentos; no es que no se muevan, pero lo hacen tan despacio que casi no se nota. En un mundo tan acelerado e inestable como el que vivimos,  resulta lógico que muchas personas se sientan seducidas por ese ritmo, que lo vivan como una certeza, como un cimiento fiable sobre el que edificar la felicidad del verano.

     Pero no a todo al mundo le gusta la estabilidad y la lentitud_ eso tiene de saludable la condición humana_,  hay quienes prefieren justo lo contrario: la fugacidad y el cambio constante. Y eso sólo pueden proporcionarlo los mares, como el Cantábrico, que son temperamentales, incontrolables de textura y humor. Yo tiendo a situarme en esta segunda categoría, entre los amantes de los mares cambiantes, que te permiten bañarte, a veces en una sola sesión, en escenarios muy distintos: suaves o ásperos; líricos o dramáticos. Y esta preferencia mía tiene que ver sobre todo con el color. Porque los mares más duros de pelar, los más indómitos, expresan su firmeza de carácter de un modo eminentemente cromático. Y así suelen ofrecernos, muchas veces  a lo largo de solo un día o incluso de una sola hora, aguas  que se parecen a esos muestrarios de pinturas que van abriendo, deletreando el color en infinidad de intensidades y matices.

      Y nadar allí es entonces pasar de una tonalidad a otra, de una pincelada de color a otra… del azul más insólito (en el Cantábrico es siempre una rareza) o del verde más generoso al gris más atormentado… Y pasar también del placer natural, sensual, que proporciona el contacto de la piel con el agua profunda, a otra forma de placer más sofisticado o poético: el que supone pensar que estás nadando en el interior de un cuadro, en medio de una belleza creada, conseguida, por la voluntad de un artista.

     Hay quienes desean, y se comprende, identificar el verano con el reposo y la tranquilidad. Hay quienes prefieren, por el contrario, convertirlo en alguna forma, aunque sea modesta, de aventura. Los baños en el mar satisfacen a las dos categorías de veraneantes, al que más o al que menos le alegra un chapuzón. Pero considerado desde un punto de vista radicalmente cromático, el mar no es para todos los gustos. Nadar en algunos de sus colores_ ocre o magenta o gris grafito_ requiere una afición particular. Y no digamos el negro.  Esos baños nocturnos en los que avanzas por un mar de tinta, sin más referencia o refugio que el reflejo tímido de una luz de la costa o el barrido metálico de un faro.  Nadar en aguas negras no es una experiencia para todos los gustos; ni para todos los días. Pero de vez en cuando sienta muy bien sumergirse en ellas,  dejarse arrastrar por el tacto mordiente, efervescente de una (aunque sea modesta) aventura de verano.

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