Luisa Etxenike

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Una ardilla en Nueva York

Diario El Correo-Territorios

            Me llegó hace unos días a través de las redes sociales una imagen que me interesó mucho. Representaba un árbol, un árbol urbano cualquiera, de ésos que están plantados (¿le conviene realmente ese término a su situación?) en nuestro vecindario. Alguien, un artista de calle_ creo que no hay modestia en el arte si la obra aspirar a agitar y preservar el sentido_ le había puesto al árbol, a la altura de nuestra mirada y a ambos lados del tronco, dos manitas que sujetaban un cartel con este lema: “Pido ayuda para mi familia en el bosque”.

            Esta intervención callejera es un “abridor de ojos” y nos invita a dirigir esa mirada abierta en varias direcciones, algunas “fieramente humanas” como bien dijo Blas de Otero. Pero me detendré hoy sólo en el árbol al que esas manos y esa voz del cartel personalizan, sin duda para recordarnos que debajo del tronco hay un ser vivo, cuya savia late como un corazón,  igual de sensible y de vulnerable que el nuestro. Y cuya pérdida representa una catástrofe. Y sin embargo se pierden árboles a montones cada día. Y se extinguen o agonizan animales espléndidos, irremplazables (nos estamos quedando sin tigres y también sin abejas). Y avanzan, arrasadores, los desiertos. En fin, esa intervención callejera nos recuerda, tierna pero rotundamente, que la Naturaleza está en estado crítico, aunque a pequeña escala vayamos petacheando y maquillando el desastre. Y que somos responsables de ello.

            Escribió Nietzsche en 1878 que “los seres humanos nos sentimos tan a gusto en la Naturaleza porque ésta no tiene opinión sobre nosotros”. No creo que hubiera podido escribirlo ahora mismo. La Naturaleza nos demuestra ya de muchas maneras que sí tiene un punto de vista sobre lo que estamos haciendo con ella. Cada vez nos dice más alto y más claro que es consciente de las agresiones a las que la sometemos y que no está dispuesta a padecerlas sin protestar, sin pasar la factura. Y claro que nos la pasa, en forma de desastres naturales, de cambios en los patrones del clima (que se vuelve imprevisible, indetectable, para defenderse, como esos animales que se funden con el entorno); presentándose también en escenas trágicamente insólitas.

            Como aquel verano en Nueva York. Yo acababa de llegar. La ciudad estaba hirviendo. No te parecía que estabas en la calle sino en el interior de una caja metálica. Busqué algo de sombra en un parque cercano a mi hotel y nada más entrar me encontré con la ardilla. La típica ardilla gris americana. Estaba erguida, dispuesta a merendar. Pero lo que sujetaba en sus “manos” para llevarse a la boca no era nada común, nada típico. No era una bellota ni una avellana ni siquiera una pipa de girasol, sino un muslo de pollo recuperado en algún basurero. Lo sostenía con la soltura y la decisión de un experto carnívoro.

            La Naturaleza sí tiene una opinión sobre nosotros. Está escandalizada. Y nos lo demuestra con escenas como la anterior. Con esa ardilla de Nueva York que nos grita que al desastre hay que ponerle remedio ya, a gran escala y también en las distancias cortas, en los gestos corrientes, cotidianos. Todo el año y de manera muy particular en verano, que es una estación al rojo vivo donde una chispa mal puesta puede acabar con un monte. Tenemos que remediarlo ya; invertir radicalmente la tendencia destructora. Para que la Naturaleza pueda recuperar la confianza en la humanidad; y el clima volver a su sabiduría, sobresaltada pero reconocible; y el bosque a su esplendor;  y las ardillas a la cordura de una dieta sólo vegetariana.

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