Luisa Etxenike

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El sí entender

eldiario.es- eldiarionorte.es

 

En una bellísima escena de La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda, Natalia, la protagonista de la novela, contempla una gran caracola decorativa, de esas que reproducen “el quejido del mar”, y piensa que “a lo mejor cuando nadie lo escucha, adentro no hay ruido”, que en las caracolas marinas “no hay olas cuando a la entrada del agujero no se pone ninguna oreja”.

Y lo recuerdo ahora, al hilo de las recientes declaraciones de la directora cultural para la Capitalidad Europea de San Sebastián. En una entrevista publicada hace unos días, Guadalupe Echevarria, aludiendo al programa de exposiciones de 2016, afirmaba que es “fundamental” que entre el público que acuda a las muestras “surja el no lo entiendo. Que es un paso esencial para alguien que se enfrenta a una cosa que le va a poner en el punto cero de sus capacidades de comprensión y asimilación”.

Al leerlo me ha venido a la cabeza esa escena de La plaza del Diamante. Porque estoy convencida de que el arte revela y defiende el sentido; nos ayuda a encontrar y a preservar lo que aún tiene sentido en el mundo que nos toca vivir. Y basta para comprender lo fundamental de esa aportación con asomarse, por ejemplo, a la actualidad de una Europa que conmemora el horror de la Primera Guerra Mundial al tiempo que ve, sin ideas de respuesta, cómo resurgen o se reaniman los viejos fantasmas del oscurantismo y la intolerancia que provocaron los desastres. O basta con inventariar algunas de las innumerables estrategias diseñadas, obviamente a conciencia, para alentar entre la ciudadanía la inmadurez, cuando no la estupidez. Encontré hace poco, pegada a la base de una de esas esferas de cristal con un paisaje dentro, la siguiente etiqueta: “Souvenir ornamental, no apto para uso alimentario” (sic).

El arte descubre, alumbra, preserva el sentido (también el común). Y por eso no creo que quepa la opción del “no lo entiendo” en la relación entre una obra de arte y su público; o por ponerlo de otro modo, creo que el sentido de una obra artística y el entendimiento de quien la recibe están en una relación de necesidad, como las olas y la oreja en la caracola imaginada por Natalia. Que si no hay oído que capte el sentido no hay, sencillamente, arte. Que el arte se cumple en la comunicación, en la revelación que produce en la llegada, en el contacto con su receptor.

 

Lo que sucede es que a veces esa comunicación y ese entendimiento no se alcanzan. Porque para comprender, para dialogar crítica y fértilmente con el sentido de determinadas obras artísticas hacen falta herramientas, referencias, contextualizaciones… un intenso tejido de (in)formaciones previas. Y por eso me parece una responsabilidad primordial de cualquier política cultural digna de ese nombre, no sólo adentrarse sino obstinarse en la pedagogía, en favorecer el entendimiento artístico de los ciudadanos. Quedan dos años hasta 2016 y sus manifestaciones culturales, y creo que ese tiempo debería llenarse con instrumentos para “el sí entender” las obras que se presenten. Existe en San Sebastián una red extensa -y costosa- de centros culturales que se podría aplicar a ese propósito. Y la ciudad cuenta también con el proyecto de Tabakalera que necesita (re)legitimarse ante la ciudadanía donostiarra, y que, a mi juicio, avanzaría en ese terreno si, entre sus objetivos inmediatos, incluyera el de constituirse en “faro para el entendimiento” del programa artístico de 2016;  si articulara muchas de sus actividades (seminarios, debates, laboratorios, exposiciones, espectáculos vivos…) en torno a la ambición de abrir, en los distintos públicos, el horizonte crítico que permita una interlocución cada vez más fértil y “entendida” con los eventos culturales con los que San Sebastián, y Euskadi, van no sólo a representarse en Europa sino como Europa.

Pero en ocasiones ese entendimiento del sentido de una obra no se alcanza, simplemente porque no hay sentido. En fin, que no es un problema de falta de oreja sino de ausencia de mar en la caracola. Porque algo que viene bajo la cobertura -que tantas veces es coartada- de “arte contemporáneo” no es ni lo segundo, al no recoger, interrogar, replicar nuestro tiempo; ni lo primero, porque está vacío, porque es un mero producto hueco de ésos que, de repente, al negocio del “arte”, con su arcano de intereses y protagonismos, le conviene promocionar.

Me parece una responsabilidad no sólo ineludible sino sobre todo irrenunciable de cualquier política y programa público de Cultura  -y desde luego del de 2016- el favorecer “escenas de la caracola”: proponer auténticas olas de arte cuyo sentido encuentre del otro lado el  “sí lo entiendo”, el oído cada vez más experto de un público cada vez más amplio.

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