Luisa Etxenike

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El arte del guiñol

Diario El Correo- Territorios

           Siento debilidad por el teatro de marionetas. La afición me viene de muy atrás, del aquel guiñol que instalaban cuando yo era niña, durante el verano, en los jardines de Aderdi Eder.  Hay pasiones que no pueden improvisarse ni trasplantarse de golpe sino que tienen que crecer con nosotros, que ir cuajando, poco a poco, en nuestro interior. Muchas de las pasiones culturales pertenecen a esta categoría y por eso no hay que dejar de insistir en la importancia de familiarizar a los niños, cuanto antes, con la lectura, la pintura, la música… Y naturalmente con el teatro.

            El héroe de aquel guiñol de la infancia era también un niño. Se llamaba Colorín. Lo estoy viendo. Con su gorrita azul, su corbata roja y una enorme cachiporra con la que siempre conseguía expulsar al malo del escenario. Me encantaba. Y aún me encanta; no sólo como recuerdo quieto sino fundamentalmente como recordatorio vivo de lo que la cultura significa. Sigo conservando la fascinación, la devoción por el guiñol, porque en aquel escenario de verano, frente a la caseta de los títeres, empecé a hacerme una idea del valor y el sentido del Arte. Y a privilegiar algunos de sus rasgos.

           El primero tiene que ver con el tamaño. Aquellas figuritas contaban cosas grandes_ las enormes aventuras de la valentía y el amor, que los niños seguíamos  con la boca abierta o los dientes apretados de acuerdo con los sobresaltos del argumento_, pero eran pequeñas como nosotros; su tamaño no abrumaba, podíamos verlo como un aliado. Que la grandeza del Arte se expresa a la escala de lo humano empecé a sentirlo (era demasiado pronto aún para pensarlo) entonces. Y también, que el Arte crece cuando se erige en réplica; cuando pone un no donde el sí representa una complicidad inaceptable; o un cuando todo parece resignado, rendido a la negación.  Colorín no se rendía, sujetaba con firmeza  su cachiporra y conseguía acabar con el malo.

       Y delante de la caseta del guiñol empecé a comprender también otras cosas valiosas: que la Cultura no es contemplación sino acción; que para moverse necesita, como aquellas marionetas, el empuje, la contribución de nuestras manos. Y que el éxito o la felicidad, en la ficción y en la vida, consiste en animar lo inerte. Porque aquellos personajes eran de cartón y de trapo, y sin embargo parecían vivos. Y sobre todo parecían libres, capaces de decidir sus movimientos con independencia de las manos o los hilos que los guiaban.

              Hay que crecer para saber que lo más difícil de conseguir en una novela es que un personaje parezca una persona; y que el camino que los protagonistas tienen que recorrer y que ha sido calculado en todas sus etapas por el autor, se parezca a la vida real que es imprevisible, que nos permite desear el mañana pero no decidirlo de antemano. Y también para comprobar que la vida de los seres humanos es un constante batallar de la libertad contra las manos y los hilos que quieren sujetarla;  y que de entre todos esos hilos y manos, el más difícil de sortear es el azar; que el azar es el principal enemigo de lo humano, porque hace justo lo contrario del Arte y del guiñol: convertir a las personas en personajes, en muñecos, en objetos a la merced de una mano invisible.

            Hay que crecer para comprender que el Arte verdadero apela siempre a nuestra libertad, a nuestra condición de sujetos. Un niño no puede saberlo, pero sí intuirlo delante de la caseta del guiñol, cuando ve al Colorín con su corbata roja y su gorrita azul, aferrado a su réplica, expulsando del escenario la amenaza.

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