Sin comparación

22 Febrero, 2010

Hace dos años por estas fechas, una escuela de samba quiso participar en el Carnaval de Río con una carroza en la que pretendía representar el Holocausto, colocando una montaña de cadáveres esqueléticos y desnudos, al lado de la figura de Hitler. La iniciativa provocó, como es natural, una viva reacción y la comparsa fue finalmente prohibida por un juez, decisión ésta que personalmente comprendo y además comparto. Imaginar a esa carroza y su significativa carga paseándose en aquel jolgorio y a ritmo de samba por las calles de Río atenta contra tal cantidad de principios en los que creo y/o confío que me quedo como sin suelo, como en un naufragio radical.

Y sin querer comparar lo estrictamente incomparable ni desvirtuar la escala de las cosas, quiero decir que con una sensación parecida, bajo una forma de profundo desamparo, me quedé también hace unos días por algo que sucedió durante la emisión de un Teleberri (en concreto, el 12 de febrero). Se trataba de explicarnos la normativa europea sobre etiquetado de los huevos, según provengan éstos de granja o de corral. Y para representar la situación de las ponedoras que se pasan la vida enjauladas, en unas condiciones ciertamente penosas, los responsables de ese informativo eligieron este lamentable rótulo: “Gallinas en Auschwitz”.

Confieso haber recibido con estupefacción primero e indignación después, esta comparación, que considero impropia y descabezada (me quiero consolar pensando que es más el resultado de un no que de un sí pensamiento; o que más que de una decisión largamente deliberada es el producto de una inercia a bote pronto, de ésas que impiden buscar en otro lado que no sea el pozo sin fondo, y sin fundamento, del cliché). Es legítimo e incluso loable que el Teleberri quiera alertarnos acerca de la crueldad a la que son sometidos ésos y otros animales. Es más, creo que forma parte de las responsabilidades de unos informativos de calidad destapar cuestiones como ésa y contribuir a encontrarles solución. En ese sentido, el citado Teleberri podía haber complementado su cobertura del asunto contándonos, por ejemplo, que en países como el Reino Unido las principales cadenas de supermercados se han puesto de acuerdo para no vender huevos de gallinas enjauladas. Y podía haber animado a que, en su misma línea proanimalista, se adoptaran entre nosotros iniciativas similares.

Las condiciones crueles en las que viven esas gallinas, como cualquier otro maltrato a los animales, son, desde luego, denunciables. Pero no con la comparación citada. Esa comparación me resulta inaceptable, escandalosa. Y dolorosa; más dolorosa, si cabe, porque se ha producido aquí, entre nosotros que conocemos, no sé si mejor que nadie, pero en cualquier caso muy de primera mano, lo que significa y lo que cuenta la digna memoria de las víctimas. Y lo que cuesta preservar su reconocimiento, defenderlo de sus amenazas más tenaces: el confusionismo y el negacionismo.

De palabra

15 Febrero, 2010

Permítanme empezar con una anécdota autobiográfica. Vivía por entonces en Guatemala y, en uno de mis viajes por el interior del país, pasamos al lado de un diminuto río, en realidad poco más que una hebra de agua. La persona que conducía el coche, buena conocedora de la zona, dijo: “Cada año este río se lleva por delante este puente”. A mí me pareció difícil de imaginar, por lo dicho; pero luego, claro, llegó la época de lluvias y todo, incluida aquella tímida corriente, se volvió su contrario. Pero si cito ese río es por sus puentes, que los tenía en gran número y con nombres realmente interesantes y curiosamente vinculados al ahora mismo de la política vasca. Citaré sólo esta secuencia de tres: quita el calzón I, quita el calzón II y el tercero llamado (cuando uno podía esperarse cualquier cosa) el delirio.

El puente entre aquella historia y esta realidad es, evidentemente, la invitación a hablar del Guggenheim 2 a “calzón quitado” que el diputado general de Vizcaya ha dirigido por carta al lehendakari, y que estos días se ha hecho pública. La posibilidad de un diálogo interinstitucional en profundidad sobre ése o cualquier otro tema es bastante más que una buena noticia, o mejor, es otra cosa que una buena noticia: la expresión de una responsabilidad política básica o, si se prefiere, de una condición de simple normalidad de la vida pública. Entiendo que los responsables institucionales tienen no la prerrogativa sino la obligación de buscar y de encontrar consensos en el ámbito de las competencias que les corresponde, por mandato ciudadano, gestionar. Durante demasiado tiempo hemos vivido aquí en esa forma de “anormalidad” política que ha consistido en presentar los acuerdos interinstitucionales como algo que se alcanza porque se quiere a veces, y no porque se debe, siempre.

Pero hoy quiero centrarme en la vertiente lingüística del asunto, en la soltura verbal que la citada carta evidencia. “A calzón quitado” es, desde luego, una expresión coloquial y el que figure en una carta institucional (que trasciende el mero intercambio privado) creo que merece que nos detengamos en ella. Sobre todo porque no está sola; y es que vivimos rodeados de “relajaciones” expresivas, ufanamente difundidas desde lo público. Sin ir más lejos, la promoción televisiva del nuevo programa Aspaldiko, se inicia con la palabra joder. “Joder, aspaldiko” le dice en el anuncio el camarero de un café a Urrusolo. Y me abstendré de reproducir aquí la serie de expresiones vulgares, palabrotas, etc. que se oyen desde nuestra televisión pública, en realities y compañía.

Las considero más que fuera de lugar. Hablar como si no pasara nada, quiero decir, como si no fuera nada pasar de lo privado a lo público me parece la negación de muchas normas de convivencia cívica y de más de un sentido de lo cultural. Lo público es la conciencia del todos, la cultura, de lo otro; creo que el respeto de ambos es básico de palabra, de estilo.

Un minuto de silencio

8 Febrero, 2010

He dudado entre titular esta columna según aparece o llamarla “escándalo”, palabra que incluye el ruido entre sus sentidos. Pero elijo Un minuto de silencio por lo que tiene de llamada al homenaje en momentos que son de pérdida. No vivimos buenos tiempos; lo dicen abrumadoramente los datos. Día tras día se nos presenta un panorama económico “tocado” y en muchos ámbitos con el agua al cuello. La vertiente material de la crisis es objeto ahora mismo de una atención constante y justificada. Pero echo de menos, entre tantos diagnósticos y análisis necesarios sin duda, la presencia de lo inmaterial; aproximaciones a lo inmaterial, a las razones impalpables -no traducibles a datos contables o cómputos de (de)crecimiento- que han podido conducirnos hasta donde estamos.

La crisis es producto de muchos factores, entre los que creo que ocupa una posición significativa lo que llamaré la tentación de la irrealidad o la permanente distracción de la realidad a la que de tantas maneras se nos invita, por la vía mayormente de impedirnos u obstaculizarnos lo otro: la atención, la reflexión, la percepción del detalle ilustrativo. Creo, en ese sentido, que la crisis tiene mucho que ver con la ausencia de silencio o con la reducción al máximo de las ocasiones o de las condiciones para pensar. Vivimos rodeados de ruido, de músicas, de interferencias de fondo.

Y citaré algunos ejemplos que tal vez puedan parecer inofensivos y que, sin embargo, son para mí una parte esencial del problema al que nos enfrentamos o un elemento esencial de esta crisis (que es una crisis de modelo de vida y de cultura) por lo que suponen de ataque al pensamiento, a la alerta y a la productividad intelectuales. Espero un tren de cercanías en un apeadero. Estoy en el andén, esto es, al aire libre, y, sin embargo, desde unos altavoces me llega música. Entiendo que esos altavoces son necesarios para proporcionales a los viajeros informaciones puntuales, pero ¿y la música?, ¿es de verdad imprescindible? Me subo a un autobús interurbano, tengo por delante una hora de viaje, es decir, en teoría tiempo para sestear o leer o simplemente meditar, cerrando los ojos o sin cerrarlos, mirando por la ventana. Pero el chofer tiene, como suele ser habitual, la radio encendida en el programa de su predilección: noticias, deportes, música; lo que él ha decidido que oigamos todos, porque, desde luego, no oírlo, dado el volumen seleccionado, no resulta posible. No resulta posible nada que no sea esa distracción. Y podría seguir multiplicando los ejemplos y los contextos en los que los sonidos de fondo se hacen dueños de la situación, la parasitan.

Se insiste en que la crisis necesita soluciones más que puntuales, estructurales. En mi opinión éstas pasan también por bajar el nivel y el protagonismo de los ruidos ambientes, por restaurar las condiciones de la atención y el pensamiento, por institucionalizar los minutos de silencio.

Slow Euskadi

1 Febrero, 2010

Hace poco viajé de San Sebastián a Bilbao en tren. Salí de la plaza Easo a las diez y cuarenta y siete de la mañana y llegué a la estación de Atxuri casi a la una y media. Este encabezamiento podría servir para abordar, en un tono indignado, el estado de nuestras comunicaciones interurbanas y para reclamar ,entiendo que con razón, que no se escatimen esfuerzos ni decisiones (a alta velocidad) para aumentar los horarios y frecuencias de los autobuses, desdoblar las vías de Euskotren y apostar por los semidirectos de cercanías, no sólo hasta que llegue el TAV (que sabemos que aún va a tardar) sino para asegurarnos mientras llega y después, unos transportes colectivos realmente operativos y dignos de ese nombre.

Pero hoy evoco ese viaje de más de dos horas y media en buen plan o como un buen plan, porque la verdad es que fue una delicia. Me llevó por lugares por los que me parecía que nunca había pasado o que no recordaba haber visto jamás desde aquellos ángulos. O lo que es lo mismo, me permitió un forma de aventura en lo conocido, y me actualizó el refrescante pensamiento de que un paisaje, incluso el más familiar, encierra por dentro otro distinto, otro nuevo, otro impensado y así… en una organización como de cajas chinas o de muñecas rusas, atesoradas una en el interior de la otra, invitando a la apertura y el descubrimiento. Dado el ritmo (decimonónico) del viaje tuve tiempo además para observarlo y pensarlo todo con cierto detalle, reparando en matices que habitualmente, a la velocidad normal de la vida y sus desplazamientos, pasan inadvertidos.

Y quiero enlazar ahora las virtudes de este slow viaje con el lema promocional “Euskadi, saboréala” que el gobierno vasco acaba de presentar y que ha levantado no sé si polémica, pero al menos una evidente división de opiniones. Que el enunciado en cuestión no tiene nada de original, está claro. También, que evoca en exceso la_ entiendo que a estas alturas ya saturada_ vertiente gastronómica de nuestra cultura y nuestra imagen. Y sin embargo, con todo y en un sentido muy conectado con el de mi viaje en tren, ese lema me gusta, me parece una más que oportuna invitación a mirarnos, a mirar hacia nuestro país, despacio.

Porque eso significa saborear, tomarse su tiempo, regalarse la posibilidad del detalle, del matiz; de la comprensión por esa vía de que un país encierra dentro de sí otros, de rasgos insólitos, imágenes imprevistas, emociones recién estrenadas. Y creo que esa invitación a mirarnos lentamente, píxel a píxel, es una excelente propuesta para Euskadi. Para esta Euskadi nuestra tantas veces resumida en enunciados a bulto, en retratos hechos a brocha gorda, en visiones tan precipitadas que sólo dan para recoger el estereotipo y luego propagarlo. En “Euskadi saboréala” que no es desde luego un lema original, veo sin embargo una invitación a mirar a nuestro país originalmente; a conocerlo de una manera lenta y argumentadamente anticonvencional.