Bajo sospecha

25 Enero, 2010

Han pasado muchos años pero me acuerdo perfectamente del diálogo que mantenían Tip y Coll, en uno de aquellos gags suyos, de antología. Se trataba de volar a América: “Pero ese viaje nos va a salir muy caro. Que no; porque no nos tomamos nada en la cafetería de Barajas. Ah, bueno, entonces sí”. Y recuerdo ahora esta escena porque, en su aguda inversión de lo principal y lo accesorio, me parece de total actualidad. Hoy, en los aeropuertos, volar se ha vuelto lo de menos, lo accesorio. Lo principal, el auténtico viaje se produce antes de subirse al avión, en toda una sucesión de trámites y brusquedades que te dirigen, te obligan a sacar y a mostrar, te medio desvisten, te descalzan, te desplazan de aquí para allá, como si buscaran deslocalizarte de alguna de las nociones que tienes de ti mismo. Y es en esto último donde creo que reside la clave del asunto.

Y es que los tiempos que nos está tocando vivir pueden representarse como en las escenas patas arriba de Tip y Coll: antes lo normal era que al pasajero le diera miedo el vuelo; hoy es al vuelo al que le da miedo el pasajero. Y quien dice al vuelo, dice también a los bancos, a los edificios públicos, a los museos, a las grandes tiendas o a las mismísimas calles, que tienen miedo de la gente corriente y se pertrechan de cámaras, detectores, alarmas, dispositivos cada vez más sofisticados. Hoy, el ciudadano de a pie va por ahí (cuando entra en un banco a depositar dinero o a unos almacenes a lo propio o a una sala de exposiciones a lo natural o cuando se va de vacaciones aéreas), al parecer, metiendo miedo. Y por eso se le vigila y se le hace pasar por detectores (incluso en las bibliotecas cuando sale, es un decir, con un Quijote debajo del brazo), y se le monitoriza y se le filma; como si cada uno encerrara dentro de sí un ogro dispuesto a armarla en cualquier momento.

La última moda en vigilancia son los escáners que se van a instalar en los aeropuertos, supuestamente para garantizar nuestra seguridad, para tranquilizarnos. Y para tranquilizarnos se nos dice también que, a pesar de que nos van a rastrear de arriba abajo, nuestra intimidad va a estar preservada, salvaguardada. A mí no es la intimidad lo que más me preocupa en este caso (las imágenes pueden ser hechas y después destruidas con garantías); lo que más me inquieta es lo que esas máquinas, que van a desnudarte no sólo sistemática sino rutinariamente, suponen de renuncia al principio de presunción de inocencia; o de instauración normalizada del principio de presunción de culpabilidad, de consolidación banalizada de la idea de que todos debemos quedar bajo sospecha, pasar por el aro del recelo, por nuestro bien y por si acaso. Frente al riesgo que supone vivir en un mundo que renuncia o no defiende la inocencia supuesta, la confianza previa, que acepta sumirse en la sospecha total, el riesgo de volar sin escáner me parece menos, mucho menos, que una menudencia.

El homenaje

18 Enero, 2010

Me cuesta sumarme a la conmemoración del fallecimiento, hace ahora cincuenta años, de Albert Camus. La razón es muy sencilla: no consigo representármelo muerto. Por un lado, porque los autores que sigues leyendo viven contigo en igual realidad y a veces en más estrecha intimidad que los seres de carne y hueso. Por otro, porque la obra de Camus brilla ahora mismo por su vigencia -como se ha señalado estos días, también con mucho acierto en estas mismas páginas-, contiene interrogaciones exactamente contemporáneas y respuestas de las que necesita, al milímetro, el presente.

Y se ha insistido, y con razón, en el compromiso ético de Camus, que creo que ilustra perfectamente la postura que asume Kaliayev, uno de los protagonistas de Los Justos: la justicia no puede invocarse en la violencia; en nombre de la abolición de un despotismo no puede instaurarse otro mayor, no puede legitimarse la radical dictadura del terrorismo y el asesinato. Pero quisiera subrayar también el compromiso sensual de Albert Camus que es, como pocos, un escritor de la felicidad, del gozo de estar vivo, en contacto con el mar, con el sol, con la naturaleza “gratuita” que nos rodea. Y elijo el adjetivo a conciencia porque Camus vivió su infancia en Argel, en “un mundo de pobreza y de luz”.

De extrema precariedad no sólo material, también intelectual; su madre, por ejemplo, era analfabeta y casi no hablaba. Y, sin embargo, él llegó a convertirse en un pensador de referencia, en un artista imprescindible, en la figura que ahora mismo, desde tantos ángulos, desde tantos lugares, el mundo siente el deber y el deseo de homenajear. Y yo creo que no hay mejor homenaje para Camus que el de vincularlo con la escuela. Porque fue la escuela pública la que le rescató de la pobreza y de la ignorancia. Y por eso, en 1957, cuando recogió el premio Nobel de Literatura, Camus quiso dedicárselo a Louis Germain, su maestro de primaria, que le preparó y le ayudó a proseguir sus estudios.

No sólo está vigente la obra de Camus, también su experiencia se corresponde con el presente. Ambas con sus interrogaciones y convicciones deberían integrarse en nuestra escuela. La lectura acompañada, crítica, de una obra como Los Justos, sería una estupenda aliada para la educación en valores y en debates urgentes y fundamentales; o para preparar a conciencia y en las conciencias, la presencia en las aulas de las víctimas del terrorismo. Y creo que es también un aliado educativo, de primer orden, el no olvidarse del recorrido vital de Camus. El verlo como una referencia de lo que debe ser o conseguir una escuela digna de ese nombre: que cualquier alumno, con independencia de su origen, de la luz o la pobreza (material o moral) de la que provenga, puede salir de ella, formado y despierto, intelectual y éticamente; acostumbrado a pensar y asumir los retos y las responsabilidades de su pensamiento. Capaz de definir y decidir su futuro. Como Camus, todo el futuro.

Guggenheim en blanco

11 Enero, 2010

Es posible que en Nueva York sepan, para ahora, algo preciso acerca del proyecto de construcción de un Guggenheim 2 que la Diputación de Vizcaya promueve en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Es posible que allí sepan más, pero aquí estamos mayormente en blanco, o conocemos del asunto sólo algunas generalidades, la ubicación prevista y el vasto objetivo de aunar con ese proyecto arte y naturaleza. Es posible que los americanos tengan ya, entre sus manos, las concreciones que cabe esperar: informes de impacto ambiental, comparativas con intervenciones parecidas en entornos similarmente delicados, amplios descriptivos conceptuales, esbozos arquitectónicos, mapas de infraestructuras y accesos, nombres de profesionales y/o artistas susceptibles de integrar el proyecto, sondeos de opinión, estudios económicos y presupuestarios, escenarios de afluencia… Es posible que de todo eso sepan ya mucho en Nueva York. En Euskadi, muy poco.

La sociedad vasca, que tendrá que asumir la factura del nuevo museo si finalmente se construye, está sumida en la microinformación (alborotada); es decir, condenada a apoyar o rechazar el proyecto casi como en una cita a ciegas, recurriendo a la emoción, a la (des)confianza o incluso a la intuición. Cuando creo que deberíamos estar ya en condiciones de apoyarlo o no, con los ojos abiertos; crítica y motivadamente, sobre la base de datos y detalles concretos y contrastables. Por otro lado, la oposición del Gobierno vasco al proyecto parece apoyarse esencialmente en cuestiones medioambientales y de acaparamiento del presupuesto cultural. Y digo “parece” porque, de momento, sus objeciones tampoco se caracterizan precisamente por su extensión argumental.

Y, sin embargo, argumentos que oponerle al G2 hay, son de consideración, y entiendo que deberían integrar ya el patrimonio informativo de la sociedad vasca. Hoy quisiera esbozar tres. En primer lugar, el crítico estado de nuestras costas. Euskadi posee el porcentaje de litoral protegido más bajo de toda España (inferior al 15%). En este contexto, la intervención prevista en Urdaibai tiene todo de temeridad ecológica, de despilfarro injustificable de la escuálida herencia costera que vamos a legarles a las generaciones futuras. El segundo y el tercer argumento se apoyan en lo que llamaré la antigüedad turística y artística del concepto del G2. Imaginar que a los turistas de mañana les va a resultar más atractiva la visita a un enésimo museo que la experiencia de un enclave natural singular, supone, en mi opinión, pensar en sentido contrario de la flecha del tiempo. Y también considero anacrónico, obsoleto, plantear la relación entre arte y naturaleza en términos museísticos; o dicho de otro modo, pensar la naturaleza entre cuatro paredes, volverla un contenido cultural, en lugar de respetar y de ensalzar su continentalidad, su condición ilimitable de espacio de acogida para un arte fluido en ella, fundido en ella.

Realidad sobre reality

4 Enero, 2010

Todos los traedores de regalos tienen su encanto, naturalmente, pero yo prefiero a los Reyes Magos. Les veo muchas ventajas. Para empezar son tres y diferentes, lo que no sólo le permite a uno elegir, sino hacerlo con una anchura de criterios que incluye la multiculturalidad. Por otro lado, su fiesta se sitúa al comienzo del año, es decir, lo inaugura con una representación de generosidades. Además, cualquiera que haya olvidado el aspecto que tiene la confianza pura puede acercarse a la cabalgata (que presenta el atractivo añadido de ser lenta, esto es, de introducir en la expectativa el impagable alimento de la espera) observar los rostros de los más pequeños e inmediatamente recobrar su imagen, y su aliento.

Porque situarse en el vecindario de la confianza anima la esperanza y airea la responsabilidad. En fin, que te hace desear que a esos niños, tan atentos, los Reyes no les traigan nada decepcionante; que los adultos que somos sus reyes les propongamos sólo lo que vale la pena, sólo piezas para un futuro digno y feliz. Y habrá muchos modos de representarse esa dignidad y esa felicidad, pero hoy voy a resumirlas en el compromiso de ofrecerles un mundo en el que la realidad no sea degradada, devorada, por lo reality.

Lo menos que se puede decir es que la cumbre sobre seguridad alimentaria, también llamada del hambre, celebrada el pasado noviembre en Roma, ha despertado muy poco interés mediático y político (los líderes de los países más ricos de la tierra ni siquiera han acudido). Comparar los medios materiales e informativos que se la han destinado con los dedicados a la cumbre climática de Copenhague evidencia lo poco que el hambre importa y conmueve ahora mismo. No voy a detenerme en esa comparación para centrarme en otra mucho más sangrante. Porque otra de las noticias de fin de año ha sido la de esos concursantes de un reality de supervivencia, denunciados por una organización protectora de animales por haberse comido, en uno de los episodios del programa, una rata. Con la ayuda de los amplificadores de Internet, el asunto ha dado la vuelta al mundo, provocando indignaciones por aquí, adhesiones por allá; en cualquier caso una activación ciudadana considerable.

El que un hambre ficticia, diseñada y exhibida como entretenimiento, buscada por juego o por dinero, pueda movilizar o indignar más que el hambre real, es un signo del presente que desvirtúa el mañana, que lo destruye. Una actitud del presente que creo que hay que colocar no sólo entre lo inaceptable, sino también entre lo intransmisible. A los niños y niñas que esperan confiados la llegada de un regalo tenemos que ofrecerles lo contrario de esa ruina. Proponerles la realidad y lo que los seres humanos poseemos para transformarla y trascenderla, desde la conciencia hasta el deseo. La realidad y todo lo que puede superarla; no degradarla, hundirla en la miseria sin fondo y sin sentido del reality.