(Des)amor político

28 Diciembre, 2009

Los mandatarios de medio mundo, incluida la porción que nos corresponde, están preocupados por el alejamiento, desinterés e incluso antipatía crecientes que los ciudadanos muestran por la política. Les inquieta y están investigando sus motivos. No parece que vayan a tener que indagar mucho, porque las razones de este desapego se sitúan más bien en el terreno de lo evidente. Y en dos planos, uno general y otro de cercanías.

Empezando por el primero, creo que el desamor ciudadano por la política se corresponde punto por punto con el que la política ha mostrado por sí misma durante mucho tiempo. Los últimos decenios han estado marcados por la sumisión de lo político a lo económico. Las (auto)reglas del mercado financiero se nos han presentado como un fatalismo, como un orden o destino inevitables, con los resultados que conocemos y ahora mismo padecemos. Difícilmente se va a entusiasmar a los ciudadanos con la política si ella misma se acompleja, si no se reconoce la responsabilidad y la capacidad de protagonizar, en la teoría y en la práctica, construcciones y rumbos sociales justos, sostenibles, participables.

Vistas de cerca, con el zoom de la proximidad, las razones del desamor ciudadano por la política tampoco tienen pérdida. Empezando por la propia noción de mandatario que, aunque a algunos les cueste creerlo, no se refiere al que manda sino al que obedece, al que actúa en representación e interés de otro, en este caso, del ciudadano. Si se quiere que la gente vuelva a acercarse a la política, que no la reniegue sino que la alimente con su participación, hay que visibilizar del modo más explícito que un político es, por definición o como condición, un servidor público. Darle la vuelta al desamor político pasa por hacer brillar en presencias, en actos, gestos y actitudes perfectamente reconocibles, el principio de que un mandatario se debe al interés común. (Así, interpreto los resultados del último Euskobarómetro más que como una valoración crítica del aún joven gobierno, como una declaración de expectativas ciudadanas; creo que señalan una exigencia nueva y alta que hay que atender).

Y luego están los contenidos y la sustancia. Los ciudadanos se apartan de la política muy probablemente porque no la encuentran, y con razón, en ese mero, vano circuito cerrado de estribillos de oposición, de latiguillos de confrontación, de titulares sin continuación o argumento que van de un dirigente a otro y viceversa y vuelta a empezar, en que se ha convertido o se expresa mayormente el mal llamado “debate” político. La gente se aparta de la política porque en ese trasiego insustancial no la reconoce, no quiere reconocerla; ni quiere tampoco reconocerse: desaguar, desperdiciar, desvirtuar ahí su condición de ciudadano. Dejemos en el viejo año los obvios diagnósticos del desamor político; esperemos, exijamos ciudadanamente en el nuevo, los remedios. Feliz 2010.

¿Luces? de la ciudad

21 Diciembre, 2009

Estoy bastante de acuerdo con la decisión del Ayuntamiento donostiarra de reducir a su mínima expresión la iluminación navideña de la ciudad. Y digo sólo bastante porque, aunque comparto el resultado final, mis argumentos se sitúan en otra parte, aunque tal vez haya que decir en otra “partida”. Porque allí se ha hablado sobre todo de dinero: estamos en crisis, hay que ajustar al máximo los gastos municipales, y ese dinero de las luces corresponde destinarlo a asuntos de primera necesidad. Además, las actuales circunstancias imponen una austeridad que invita, como también se ha señalado, a recuperar el sentido más propio, más íntimo de la Navidad.

Hasta ahí, naturalmente, nada que objetar. Las crisis obligan, en lo social como en lo particular, a reconsiderar lo principal y lo accesorio, y las luces navideñas pertenecen sin duda a lo segundo. Pero creo que hubiera debido aprovecharse la ocasión para introducir en el debate otros argumentos más sostenibles y menos reversibles. Tal y como se han planteado las cosas, esta rebaja de la iluminación de las calles se presenta sólo como una fruta de temporada, como un apagón coyuntural que perderá su razón de ser en cuanto cambien las circunstancias y vuelvan unas vacas si no gordas (que ésas seguro que tardan en volver) al menos mejor musculadas que las que ahora mismo nos preocupan.

Y es precisamente en esa reversibilidad donde voy a situar mis reservas. Pienso que la decisión de rebajar la iluminación callejera no debe ser puntual sino constante, permanente; y extenderse además en el calendario, no afectar sólo a las navidades sino aplicarse al día a día. El argumento económico no es que sea importante es que es evidente, cae por su peso, o peor, por su lastre. Y por eso mismo corre el riesgo de hundir el debate en el presente, cuando lo que cuenta es el futuro. Para ahora ya sabemos que el futuro es esencialmente una actitud; que no consiste en esperar o en ahorrar hasta que esta crisis escampe y se pueda volver a las andadas; sino en lo contrario, en no volver a andar por ahí, en ensayar a conciencia otro rumbo de vida, un nuevo código de instrucciones para el uso del planeta y sus recursos; y para distinguir, en el terreno de nuestras necesidades, entre la realidad y la ficción.

Creo que la primera razón para preferir unas calles más sobriamente iluminadas, siempre, tiene que ser la ecológica, la empeñada en reducir no sólo el gasto energético (es verdad que hay adornos que consumen poco) sino la contaminación lumínica; ese derroche de luz -esa luz para nada o para poco más que su propio reclamo- que es característica e ironía de nuestras ciudades (dicho sea a escala general, aunque algunos países se nos adelantan mucho en lo que llamaré conciencia luminosa). Lo primero se aprecia sobre lo visible; lo irónico, por debajo: en el deslumbramiento cegador que produce tanto brillo; en lo que distrae o impide ver y prever tanta luz.

Campo de descarga

14 Diciembre, 2009

Dice Piglia agudamente que “no hay como el latín para calmar los ánimos”. Por lo menos se puede intentar, ahora que el proyecto de regulación de las descargas en Internet anunciado o asomado por el Ministerio de Cultura ha puesto el ambiente al rojo vivo, aquello de in medio stat virtus; no para incitar a dejar el asunto en unas estáticas e indefinidas tablas, sino como una manera de subrayar la necesidad de que ambos lados se alejen, en fondo y forma, de su extremo (casi dan ganas de decir de su extremidad, dada la poca cabeza de algunos de los planteamientos implicados). Y se puede imaginar una entrada en materia más desafortunada por parte del ministerio, un abordaje más torpe del asunto, pero cuesta. Creo que se ha intentado surfear sobre la ola creada por otras legislaciones europeas pero sin la debida tabla y sobre todo sin el conocimiento y/o la consideración suficientes del contexto en el que esa norma reguladora deberá aplicarse. España es uno los países donde más y más alegremente han florecido las descargas ilegales. Estamos, como es bien sabido, a la cabeza de Europa en piratería. Es esa cultura la que hay que regular y sobre todo reconducir, reconvertir al respeto por una propiedad intelectual que también debe actualizarse. Y entiendo que al Ministerio debe exigírsele no sólo que presente un proyecto con una argumentación jurídica irreprochable, coherente con nuestras garantías fundamentales, sino además un conjunto de pedagogías y medidas que sirvan para acercar posturas y diseñar nuevos escenarios y espacios de legalización de descargas, para cambiar así la mentalidad de barra libre de la que hoy participan tantos y tantos usuarios de Internet, que no es en absoluto defendible.

“Querer es poder”, decía el refrán cuando aún no existían Internet ni Photoshop ni gadgets que copian la intimidad y la creatividad de cualquiera en cualquier parte. Hoy ese inmenso poder no debe traducirse automáticamente por quererlo todo, sino por un equilibrio entre las posibilidades y los límites, como los que marca el respeto por los derechos de autor. Y ese equilibrio pasa, a mi juicio, por la imaginación y el pacto. Imaginación para multiplicar y abaratar en la Red las descargas legales; y para complementar los bienes culturales descargables con otros que vivan (y permitan vivir) fuera del trajín cibernáutico, en la materialidad de otros formatos, de otros escenarios, de otras relaciones de los artistas con su público. El pacto es, como su nombre indica, un compromiso de diseño y respeto de reglas dúctiles -pero reglas- para delimitar esa infinita libertad de juego que es Internet. Hay quien piensa que querer regularla es como pretender ponerle puertas al campo. Al campo no se le pueden ni se le deben poner puertas. Pero sí sendas balizadas que orienten justamente la marcha, que alejen al caminante de los despeñaderos de la propiedad intelectual, de los abismos.

Islas educativas

7 Diciembre, 2009

En uno de nuestros centros de interpretación de la naturaleza fui a ver, no hace mucho, una exposición sobre el agua, en la que se insistía en su valor y en la necesidad de usarla con cuidado y cabeza. Moviéndonos por el agua. Cada gota cuenta se titulaba la muestra. Acabé de verla y me dirigí hacia la salida, atravesando el parque que rodea el edificio. Cerca de la entrada principal hay una zona con juegos infantiles, además de una fuente de las que tienen un chorro (abundante) que se abre apretando un botón. En la fuente estaba jugando un niño bastante pequeño, pero que tenía la fuerza suficiente para hacer correr el agua; y en el tiempo que tardé en llegar a su altura lo hizo no sé cuantas veces, diez, doce, tal vez más; desperdiciando así un montón litros y no digamos de gotas. Hay que decir que el niño estaba rodeado de gente que le dejaba hacer; y acompañado de alguien que presumiblemente era su padre y que se levantó del banco donde estaba sentado cuando yo me volví hacia el niño para decirle que el agua no había que desperdiciarla. La cosa quedó ahí. El padre no se movió más y yo salí del parque, dándole vueltas en mi cabeza a la imagen de esa agua gastada inútilmente, bajo el subtítulo luminoso de “cada gota cuenta”. Una ironía poco risible y desde luego nada reconfortante.

Si he contado esta anécdota con detalle es porque creo que contiene elementos que pueden servir para abordar el tema -prioritario y urgente donde los haya- de la transmisión de valores a nuestros jóvenes. El primero tiene que ver con el sentido de la propia exposición, y de otros esfuerzos didácticos parecidos. ¿Sirven realmente para algo; tienen realmente capacidad para sembrar pedagogías sostenibles, es decir, para corregir los insostenibles contraejemplos de la realidad? ¿No convendría más, en lugar de multiplicar esas iniciativas de efecto relativo y/o incierto, concentrarse en dividir las que sí contagian conductas poco o nada civilizadas? El segundo elemento es el de la no intervención de los adultos. Ya (casi) nadie les dice nada a los chavales cuando hunden los zapatos en el asiento de enfrente, o llenan de cáscaras y envoltorios el suelo, o surfean en bicicleta por las aceras, o peor.

Y entonces lo que hay que preguntarse es cómo vamos a ponerle remedio, por ejemplo, al diagnóstico que de la juventud nos presentan los sucesivos informes del Ararteko (y que es sin duda el de una enfermedad social); cómo vamos a darle la vuelta a esa extensión en los jóvenes del apoyo a la violencia, el sexismo o la xenofobia, si todo se lo dejamos a la familia y a la escuela; si la escuela y la familia son islas (a veces desiertas), rodeadas de un océano de contraejemplos que llegan poderosos y sin freno desde la Red, la tele o la vida misma; y rodeadas de un mar de no intervención por parte de unos adultos que, distraídos, inhibidos o indiferentes, dejan que cualquier cosa pase ante sus ojos, como si no pasara nada.