Género de terror

30 Noviembre, 2009

“En el fondo un nuevo significado equivale a una nueva palabra”, escribió Wallace Stevens. Nada que tenga que ver con la violencia de género es nuevo, al contrario, es tan viejo como la humanidad misma; no le corresponden pues palabras nuevas, sino las más ranciamente convencionales. Sólo si desapareciera esa violencia adquiriría su cuestión lingüística un auténtico protagonismo; encontrar una nueva palabra para ese nuevo y pacífico significado de las relaciones de género sería una tarea felizmente prioritaria. Pero estamos muy lejos de ese guión. En éste de la vida misma, la violencia machista no para (en lo que va de año ha aumentado un 2% en Euskadi, con 4.078 mujeres atendidas y dos asesinadas).

Palabras viejas entonces, ¿pero cuáles?, para referirse a esta lacra, dando cuenta no sólo del alcance de su destrucción (una media de 60 mujeres asesinadas cada año y cientos de miles de maltratadas), sino de la energía y la determinación que la sociedad necesita asumir para erradicarla. Me sitúo entre quienes consideran que hablar de terrorismo de género es el modo más adecuado de expresar los dos aspectos: tanto la dimensión del crimen (¿qué mata y hiere y amenaza y amedrenta en nuestro país más que el machismo?), como la conciencia social imprescindible (ninguna violencia preocupa, (con)mueve más que la terrorista) para erradicarlo.

No todo el mundo está de acuerdo, como es natural, con esta terminología. Hay quien considera impropio hablar de terrorismo de género sobre la base argumental (que Belén Altuna expresaba perfectamente en su interesante columna del 25 de noviembre) de que la tipología de ambas violencias no es la misma; de que terrorismo equivale sólo a violencia pública con fines políticos. No voy a insistir en que considero que lo privado es político no sólo en el concepto, sino en la práctica más extendida (innumerables son las regulaciones que afectan a decisiones, en principio, íntimas). Ni en que, a mi juicio, no hay violencia más pública que la de género, no sólo porque es la más presente y encontrable en los edificios, patios, calles de nuestra vida social; sino porque es la primera contra-escuela de valores democráticos o la primera escuela de comportamientos anti-cívicos a la que asisten muchos niños (basta con representarse los cientos de miles de hogares españoles donde eso pasa, donde de eso se aprende) con las nefastas consecuencias sociales previsibles. Y no insisto en ello porque creo que la pertinencia terminológica no la marca en este caso la acción descrita sino la reacción buscada. Entiendo que se habla de terrorismo de género no para confundir los rasgos o las condiciones de ambas violencias, sino para recuperar la indignación y el rechazo ciudadanos que provoca una de ellas y aplicarlos igualmente a la otra. Y creo que hay que seguir diciendo terrorismo doméstico, buscando así no la sinonimia en el crimen sino el compromiso social para erradicarlo.

Nanolingüismo

24 Noviembre, 2009

Es la famosa escena de Roma de Fellini, cuando los frescos que se acaban de descubrir en una cámara subterránea empiezan a desmoronarse. Esas pinturas se han mantenido ahí casi dos mil años y ahora el simple contacto con el aire las reduce a polvo. Y la evoco no para significar el riesgo que suponen las corrientes de aire, sino para lo contrario, para subrayar el peligro que hacemos correr a las cosas cuando no las aireamos lo suficiente, cuando no las contrastamos con las condiciones de la realidad.

Una de las estrategias del nacionalismo para gobernar durante decenios con un bajo cuestionamiento público de sus resultados de gestión ha sido la de convertir la crítica en sacrilegio; la de vallar ciertos temas y poner en la valla el cartel de prohibido el paso intelectual, el paso al debate, a la libre circulación de ideas y opiniones. Frente a esos temas tabú o sagrados el margen de maniobra crítica se reducía al mínimo. El tema intocable por excelencia ha sido el euskera. Y el nacionalismo ha conseguido durante años no sólo apropiárselo, sino encerrarlo en una especie de cámara hermética, sin más aire que el de sus propias políticas. Y así criticar su política lingüística se presentaba no como un simple discrepar de la gestión de gobierno, sino como un auténtico ataque a la lengua misma, como un desapego del euskera, cuando no como un euskericidio. Afortunadamente estamos en otro momento político, y el cambio debe significar también que no hay temas tabú para nuestro debate público, que la corriente del pensamiento circula por todas partes, incluidos los territorios cerrados, hasta ahora, a la más desacomplejada exploración intelectual.

Lo que destruye el fresco de Fellini no es el contacto con la realidad, sino su aislamiento de ella, lo que, trasladado a lo propiamente lingüístico, daría que la ausencia de aire de debate no protege a una lengua sino que la fragiliza, porque le impide atender a sus retos puntuales y defenderse de sus amenazas reales. Ha sido otro hermético lugar común el considerar que la principal amenaza para el euskera es el castellano. No he compartido jamás ese diagnóstico, porque entiendo que la fortaleza de una lengua no depende de la cantidad de sus hablantes sino de la calidad y la anchura de la expresión de éstos; lo considero no sólo una reducción improcedente sino una distracción irresponsable del verdadero asunto: de la obvia y progresiva pérdida de competencias lingüísticas en los más jóvenes. De la insuficiencia del sistema educativo para remediar este desagüe, entre otras razones porque la escuela está muy sola en esa tarea, desatendida desde el exterior, cuando no rodeada de enemigos contra-pedagógicos. La principal amenaza para nuestras lenguas no está fuera de ellas, en la otra o lo otro, sino dentro, en el terreno que gana su desertización; no tiene que ver con el bilingüismo sino con ese avanzar hacia el microlingüismo, hacia el nanolingüismo.

Sueña que es hermoso

16 Noviembre, 2009

Quisiera empezar con un verso de la escritora mexicana Gloria Gervitz (que este mismo miércoles dará una conferencia en San Sebastián). En su espléndido libro Migraciones dice: “Sueña que es hermoso el sueño de la vida, muchacha”. Y resulta insoportable la limpidez de este verso, su belleza, cuando lo cotejamos con los sueños rotos de la joven Nagore Laffage, por ejemplo, cuyo asesinato se juzgó la pasada semana. O con los de la joven Marta del Castillo, cuyo cadáver sigue sin aparecer. O con los de la joven a quien su compañero disparó e hirió de gravedad, también esta semana pasada, en Jaén. O con los de tantísimas jóvenes maltratadas de palabra y de obra por quienes se nombran o nombramos, malamente, compañeros, novios, maridos, amantes o amigos.

Resultan insoportables la confianza, el optimismo asertivo de los versos de Gloria Gervitz si pensamos en el peligro cierto que hoy todavía puede correr una chica que viaja sola o anda sola por un lugar no demasiado concurrido; si recordamos que llegan las fiestas populares y la posibilidad de que haya chicas agredidas sexualmente es tan real que las autoridades tienen que subir el nivel de vigilancia (durante la pasada Semana Grande el Ayuntamiento de San Sebastián llenó la ciudad de carteles contra la violencia de género y repartió kits de autodefensa). En qué clase de mundo vivimos aún; qué credibilidad, qué confianza deben merecernos los discursos sobre valores civilizados (por ejemplo, ahora mismo el de la libertad recobrada tras la caída del Muro), qué sentido tienen cuando ser mujer implica todavía, en nuestras sociedades, un plus de peligrosidad que coarta, inhibe o amarga la libertad de elección y de movimientos, la libertad de andar por la vida sin temor y sin riesgo a una agresión (el número de mujeres que a cada minuto son violadas por el mundo es tan alto que parece una exageración para escandalizar; y sin embargo los datos son ciertos y, con toda seguridad, inferiores a los reales; y obviamente no escandalizan).

Víctimas de género las hay de todas las edades, pero si en estas líneas estoy insistiendo en las más jóvenes es porque resulta especialmente insoportable constatar que las nuevas generaciones no sólo no se libran, sino que se siguen hundiendo en esa miseria de la violencia de género. La ministra de Igualdad acaba de hacer público que un tercio de las órdenes de protección dictadas y de las llamadas de auxilio al 016 corresponden a mujeres menores de 30 años. Y que un tercio de las asesinadas eran mujeres jóvenes. “Sueña que es hermoso el sueño de la vida, muchacha”. ¿Dónde cabe ese verso? ¿Qué sociedad permite ahora mismo su traducción exacta?

Y, sin embargo, nada tendrá verdadero sentido, todos los discursos sonarán a hueco, a falso, hasta que esa traducción no se complete; hasta que el sueño de la vida pueda ser hermoso para cualquier muchacha, y más que un sueño, sencillamente la realidad.

Hamlet en verde

9 Noviembre, 2009

Me sitúo desde luego entre quienes piensan que el siglo XXI será ecológico o no será. Y el que esta afirmación aún pueda sonar grandilocuente, desproporcionada o incluso impertinente, o si se prefiere, el que muchas personas se resistan todavía a aceptar que lo del calentamiento global va peor que en serio, tiene que ver precisamente con el hecho de que estamos confrontados con algo que hasta ahora, en lo que llevamos de historia del mundo, ha sido inimaginable: la posibilidad de que los seres humanos destruyamos nuestro propio hábitat de un modo radical, irreversible, invivible. Se entiende que cueste entender lo que hasta ahora parecía impensable.

Pero hoy lo impensable se ha vuelto no sólo concebible sino posible, e incluso probable. El planeta se nos va de las manos, se nos evapora como el agua de un puchero puesta a hervir. Y esa ebullición hay que pararla; hay que bajarle radicalmente el fuego al calentamiento global, cortar por lo sano las emisiones de CO2. Porque lo que se está cociendo es el desastre; o porque el resto, hasta el desastre, es sólo cuestión de tiempo, de plazos que tampoco poseen ya una escala cósmica, de ésas que el pensamiento no tutea (que imagina pero no mide) sino que se trata de plazos que se cuentan como la vida misma, en los tramos de unas cuantas, pocas, generaciones. El desastre está a la vuelta de la esquina: desaparecerán las nieves del Kilimanajaro, se fundirá del todo el casquete polar, islas enteras serán tragadas por el océano… y nosotros mismos lo veremos; o alguien que conocemos, alguien ya nacido, lo verá.

A menos que… Y no sigo la frase porque todo el mundo sabe ya lo imprescindible: reducir drástica y definitivamente las emisiones nocivas, etcétera. O lo que es lo mismo cambiar de modelo, de noción de desarrollo. “Algo huele a podrido en el reino de Dinamarca” escribió Shakespeare en una época en que el mundo estaba aún cubierto de bosques, de especies innombrables, de ríos limpios, de cumbres nevadas, de estaciones que se sucedían puntualmente en la belleza de su previsibilidad y sus entretiempos. En el reino de Dinamarca hay también ahora un olor preocupante; la cumbre climática de Copenhagen no ha nacido aún y su atmósfera ya es de funeral. Ya se va sabiendo que las posibilidades de que los países más concernidos (los más contaminantes) asuman allí un compromiso de recorte de emisiones, real y rotundo, son casi nulas. En fin, que se va sabiendo que los discursos verdes van a quedarse en eso, sin actos (y no digamos hechos) que los respalden; que al amor planetario le van a faltar obras, aunque le sobren razones.

Y entonces a los ciudadanos ¿qué nos queda además de protestar por ello? Pues, entiendo, que actuar por la base, o hacernos cada uno nuestra nanocumbre de Copenhagen, asumir cada uno el hamletiano ser o no ser responsable contra el cambio climático. Y optar por lo primero, sin duda, (con la imagen de la calavera del planeta en la mano).

El último mono

2 Noviembre, 2009

Estupenda la noticia del reciente hallazgo, en la cueva Astigarraga de Deba, de unos restos prehistóricos de gran valor. Por un lado, huesos clavados en grietas de las paredes, lo que de acuerdo con los especialistas constituye un testimonio nada frecuente y por ello de enorme significación; por otro, las pinturas rupestres más antiguas de Guipúzcoa: dieciséis pares de trazos de color rojo, cuya antigüedad puede estimarse, al parecer de un modo muy fiable, en más de 20.000 años. Y la noticia resulta especialmente valiosa porque contribuye a represtigiar el paisaje arqueológico vasco al que el affaire Iruña-Veleia había dejado un tanto magullado. En la misma línea, estos días hemos conocido también que Ekainberri, la réplica de la cueva de Ekain situada cerca del enclave, se ha convertido en el cuarto museo más importante de Guipúzcoa, al haber recibido más de 40.000 visitas en su primer año de actividad.

Confieso sentir hacia esos seres humanos prehistóricos una emocionada y agradecida inclinación. Por múltiples razones. Una básica podría ser que suelen proporcionarnos casi siempre buenas noticias (hace poco otro hallazgo en Atapuerca permitió determinar que aquellos primerísimos humanos eran capaces de cuidar a los individuos menos capacitados o más frágiles del grupo, de garantizarles de ese modo la supervivencia), en todo caso mejores noticias que muchos de nuestros contemporáneos. Otra fundamental razón tiene que ver con su cultura, es decir, con su capacidad inmediata para distanciarse de su propia -y hay que imaginar que apabullante- realidad. Porque entiendo que es ahí donde se desarrolla o define la cultura: en el terreno de lo otro de la realidad, en las miradas sobre lo real puesto a distancia.

Los hallazgos de las cuevas de Astigarraga o de Ekain o de tantos otros templos del arte rupestre hablan de esa relación íntima, siamesa, entre humanidad y cultura; entre una realidad y una inteligencia que se coloca en perspectiva para (re)pensarla. Con unos antecedentes así, y después de miles de años, la cultura en su acepción más ajustada debería ocupar en las sociedades modernas un lugar estelar. Y sin embargo, incluso en su definición más generalista, la cultura anda de capa caída: se usa su nombre en vano, se desaguan o se reducen a materialidad sus objetivos, se coloca entre los productos (y no por cierto entre los de primera necesidad), en los presupuestos políticos (y a los ejemplos y recortes me remito) suele protagonizar el grupo de cola. En fin, que la cultura se ha vuelto el último mono, expresión que utilizo en su sentido más corriente; y más sangrante cuando se lo compara con la noticia que ha abierto estas líneas, con aquellos últimos monos que se iban volviendo humanos a medida que (o fundamentalmente porque) llenaban las paredes de los lugares que habitaban con los trazos de una intuición, de una ambición de más y más anchura para su experiencia y su inteligencia.