Lectores, no temores

28 Septiembre, 2009

Supongamos que uno se encuentra por la calle, escrita en una pared, esta frase de Milan Kundera: “El verdadero mar sólo está ahí donde hay profundidad”. O ésta de Marguerite Yourcenar: “El amor sabe: deletrea la carne”. O este verso de Antonio Porchia: “No comprendes el río del llanto porque le falta una lágrima tuya”. Supongamos que los lee. Sea cual sea el efecto que estas palabras le producen, ¿sería diferente si en lugar de haberlas recogido de una pared, le hubieran llegado escritas en la palma de una mano, un pergamino, una servilleta, una hoja de periódico, la página de un libro o la pantalla de un reproductor multimedia? No me parece. Creo que la diferencia no está en la superficie que contiene la escritura, sino en el antes y el después de su lectura. Por eso confieso no entender las inquietudes que está suscitando la llegada del libro electrónico, el alarmismo ligado a la posibilidad de que acabe con el libro de papel. No comparto ese temor. Lo veo, además, como insertado en un falso debate, o en un debate-espejismo, de ésos que parecen representar otro paisaje cuando en realidad sólo distraen del desierto o lo posponen. Y si utilizo la imagen de desertización es porque no me parece exagerada a la hora de abordar la situación actual de la lectura y el futuro del libro. Como en tantos otros asuntos, lo que está en juego es lo suficientemente importante como para que el debate no sea sólo de forma o formato sino de fondo; para que no se apoye en hipótesis sino en realidades. Y la realidad, abundantemente acreditada, indica, por un lado, que nuestros índices de lectura nunca han llegado a despegar, y, por otro, que las capacidades lectoras de los más jóvenes se debilitan o desaguan.

Y las razones hay que buscarlas dentro de la escuela donde no todo -por decirlo con delicadeza- enseña e incita a leer. Y fuera de ella, en otras instancias que son implícitamente educativas, que también transmiten modos y modelos: la televisión, la publicidad, las poderosas estructuras de entretenimiento y socialización. Desde ahí, ¿qué alimenta o alienta la lectura? La verdad es que más bien poco, por no decir que casi nada. Y entiendo que ésa es la clave del asunto, que ésa es la llaga donde hay que poner el dedo del debate. El libro no desaparecerá de la mano de los adelantos tecnológicos, sino por culpa del retroceso en las competencias e ilusiones lectoras, y en su renovación generacional.

Si se quiere que el libro no muera hay que sembrar lectores, no temores. Y dada la popularidad que entre los más jóvenes tienen hoy los gadgets multimedia, lejos de ver en la llegada del libro electrónico una amenaza, la veo como una magnífica oportunidad de invertir la tendencia; como un formidable aliado en la tarea de formarles en el hábito de la lectura, para que vayan no sólo encontrando, sino comprendiendo el sentido y el valor de leer: las innumerables felicidades que proporciona, la libertad que garantiza.

Dominó (des)educativo

21 Septiembre, 2009

Leo que los padres de los jóvenes implicados en los incidentes de Pozuelo han apelado la sentencia que condenaba a sus hijos a tres meses sin salir por la noche. Si estuviéramos en otro tiempo o en el interior de uno de esos monólogos humorísticos de la televisión, podríamos pensar que los padres han recurrido esa decisión judicial porque les parece blanda, porque quieren un castigo más serio: una buena temporada de trabajo en favor de la comunidad, o al menos un periodo más largo sin juergas nocturnas para esas criaturas suyas, convertidas esa noche de autos en auténticos vándalos. Pero lejos del humor, y en este presente, sabemos que esa hipótesis no tiene sentido; que si hay recurso es porque los padres estiman que la sentencia es excesiva, injusta por arriba; que quemar coches, destruir el mobiliario urbano o atacar una comisaría, no es para tanto, no merece tantos meses sin salir. Aunque tampoco parece del todo descabellado imaginarle al asunto otra razón, tan poco tranquilizadora como la anterior, y es que esos padres hayan interpuesto el recurso mayormente forzados, impulsados por el temor a la reacción de sus hijos, al “calentamiento global” que éstos pudieran organizarles a domicilio (donde el mobiliario no es común sino privativo, o donde la autoridad agredida no es la pública sino la propia); obedeciendo, en fin, al práctico principio de dejar que en la calle hagan lo quieran con tal de tener en casa “la fiesta en paz”.

Sea cual sea la razón última, la sentencia ha sido recurrida, y ese recurso constituye un ejemplo más de que la educación de los más jóvenes necesita, tanto en lo teórico como en lo práctico, reconsideraciones y reparaciones urgentes, porque está tan averiada que anda dando tumbos, por no decir que en muchos casos ha dejado de andar. Toparse aquí con menores asilvestrados, que no sólo no respetan sino que no (re)conocen ningún tipo de norma, límite, criterio de autoridad, o de empatía o consideración por el otro, no constituye un fenómeno aislado ni periférico (atribuible a la exclusión social), sino continuo y central. Y tan amplio que forma parte de la experiencia de cualquier día y casi de cualquier lugar.

Es seguro que las causas y las responsabilidades no son únicas, que este descalabro educativo tan extenso y explícito sigue una lógica en dominó, con derrumbes encadenados y sucesivos. Pero parece evidente que la primera pieza, la que origina las demás caídas, hay que buscarla en la familia. En tantos padres y madres, desentendidos (término que elijo porque abarca tanto lo consciente como lo involuntario) de la tarea de educar a sus hijos. Remediar este guión es imprescindible y pasa, en mi opinión, por un urgente debate-pacto de re-definición de las responsabilidades parentales y de regulación de estas responsabilidades, es decir, de establecimiento de criterios y mecanismos actualizados para su cumplimiento y exigencia.

Como otras pintadas

14 Septiembre, 2009

El reportaje de la prostitución ejerciéndose en público y en directo en la Boquería barcelonesa ha trascendido nuestras fronteras. Los medios de comunicación y la Red lo han difundido ampliamente, con el consiguiente e imaginable impacto sobre la imagen de esa ciudad y de su atractivo (también, pero no sólo) turístico. Porque me parece evidente que sobre esas tristes imágenes, que para ahora ya han dado la vuelta al mundo, se pueden sustentar muchos debates y muchas interrogaciones dramáticas acerca del modelo de sociedad en el que se insertan.

Dejo hoy al margen el tema de la prostitución -resumiré en cualquier caso mi postura diciendo que me sitúo en el lado de los abolicionistas, término éste de abolicionismo que evoca, creo que con la mayor pertinencia y justicia, lo que de esclavismo encierra ahora mismo esa práctica; y la noticia reciente de que en unos locales de Castelldefells se hormonaba a las mujeres para que “trabajaran más y mejor” resulta en su escalofriante expresividad una prueba más que elocuente-, pero dejo hoy este tema de lado para centrarme en las imágenes que pueden ser diagnóstico o reflejo de un modelo de sociedad, o al menos de una variable de la convivencia social que merece ser atendida e interrogada.

Y no me voy a ir muy lejos, ni en el espacio ni en el tiempo, porque sucede aquí mismo cualquier día, y especialmente en fines de semana, fiestas o similares. Y es que las calles de los barrios más concurridos, por ejemplo de San Sebastián, acaban convertidas en auténticos vertederos de basura y secreciones humanas. Yo no creo que la ética y la estética estén nunca demasiado lejos; pienso por el contrario que el trenzado que reflejan sus nombres es también el de su fundamento. Y, por ello, que hay fealdades sociales que son maldades de la misma naturaleza. O lo que es lo mismo, que una calle cubierta de papeles, de bolsas o de vasos de plástico, y apestada de orines, es la repulsiva forma que adopta un inquietante fondo social, construido en ausencias, en carencias cívicas.

No pretendo comparar lo incomparable, ni desde luego disparatar la escala de las cosas, pero creo que a estos signos de irrespeto e incivilidad debería aplicárseles algo o bastante de la atención que se les está dedicando a las pintadas y carteles violentos; algo o bastante de esa tolerancia cero con la que se busca hacerlos desaparecer de nuestros espacios públicos. Y por razones o argumentos parecidos. Desde el más básico respeto por la legalidad (las ordenanzas municipales suelen ser claras y detalladas al respecto), hasta la más sutil correspondencia entre la estética y la ética urbanas. Pasando por la consideración de que acabar con el aquí te pillo aquí te mato de las ganas de orinar o de tirar al suelo lo que ya no me sirve, acabar con ese contraejemplo constante, es, no sé si la única, pero sí una excelente manera de asentar los cimientos y la pedagogía de una auténtica cultura del civismo.

Cada uno y todos

7 Septiembre, 2009

Para ahora ya sabemos bastantes cosas acerca de la gripe A. Esencialmente, que es muy contagiosa pero no muy grave; y que es muy probable que alcance su pico, o uno de sus picos de expansión, antes de que contemos con un número significativo de vacunas, dado que éstas necesitan tiempo para fabricarse y, sobre todo, para probarse con garantías, para evitar que el remedio sea literalmente peor que la enfermedad. En estas circunstancias, el que esta epidemia se extienda entre nosotros sin desbocarse y sin desbordar las capacidades de los servicios sanitarios va a depender, en mucho, del comportamiento ciudadano, de la capacidad que tengamos, al primer síntoma real, no sólo de reacción sino de protección de quienes nos rodean o se nos arriman.

Todo parece indicar que una de las piezas clave de este asunto pandémico va a ser ésa: la actitud que la gente adopte tanto para protegerse como para preservar a los demás. Las autoridades sanitarias de muchos países ya están insistiendo en ello, aquí también; y esas consignas escritas deberían estar perfecta y constantemente visibles, animando a cuidarse y a cuidar al prójimo, aunque no se tengan síntomas, por la vía de aumentar las medidas de higiene (como lavarse las manos) y de reducir algunos gestos o hábitos de contacto. Y el cartel colgado de la fachada del Colegio de Médicos de Madrid lo resume perfectamente: “No beses, no des la mano, di hola”.

No parece complicado y sobre todo parece razonable hasta que escampe. Por eso confieso no entender las reacciones de insumisión que han cosechado este consejo médico y las recomendaciones del Gobierno en el mismo sentido de guardar las distancias. Una encuesta reciente señalaba que el 64% de los españoles es contrario a dejar de dar besos o apretones de manos, es decir, que está dispuesto a seguir haciéndolo a diestro y siniestro. ¿Aunque el otro pertenezca al 36%? ¿Imponiéndole entonces la proximidad, el contacto o el beso? ¿O forzándole a una descortés o incómoda negativa? He empujado intencionadamente la interrogación en este caso para significar de manera general lo que de inconsciente o irresponsable o incluso de agresivo podrían tener algunas actitudes desconsideradas (como escupir al suelo o estornudar a cara descubierta, como lamentablemente aún se ve); de incompatibles con la madurez que se espera de una sociedad enfrentada a una situación delicada y extraordinaria.

Pero esperemos que sólo se trate de actitudes teóricas o pasadas, que cuando en la práctica la gripe se instale aquí, las desconsideraciones se dejen de lado y todo el mundo se ponga con sensatez y solidaridad a capear el temporal epidémico. Siguiendo ese lema público tan fácil de retener como el estribillo de una canción pegadiza, que ya circula por muchos lados antes o más que el propio virus, y que dice en distintas versiones (ésta que cito es la francesa) lo mismo: “los gestos de cada uno hacen la salud de todos”.