Sujetando el hilo

31 Agosto, 2009

“Se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”. Julio Cortázar se está refiriendo aquí al “cielo”, a la última casilla de la rayuela, ese juego cuyo escenario se pinta con tiza en el suelo y que aquí llamamos txingos. Pero su frase abarca mucho más sentido, en ese recordarnos que cualquier altura está al alcance del esfuerzo humano, o que no hay “cielo” que no se pueda conseguir, siempre y cuando, eso sí, uno ponga de su parte o uno se ponga manos a la obra. E interpreto que Cortázar quiere recordarnos también, con esta frase de Rayuela, que las más altas aspiraciones deben pensarse y activarse siempre con los pies en el suelo, en la realidad de gestos auténticos, concretos, cotidianos.

Como broche a las fiestas de Semana Grande, y como manifestación además de la candidatura de San Sebastián a la capitalidad cultural europea en 2016, el Ayuntamiento donostiarra organizó en la playa de la Zurriola un encuentro de cometas por la paz. Mucha gente se reunió allí para echarlas a volar y entiendo que para poner en el aire también, junto con esas alas, las de la ambición de una convivencia libre de crímenes y de intolerancias, basada en la consideración del otro y en el respeto de las reglas del juego democrático. He escrito “ambición”, pero creo que es más apropiado decir “intención”, palabra que va más lejos, que anuncia un compromiso activo y por ahí se encarrila, porque la paz no está en la cometa ni en el cielo por el que discurre, sino en las manos que, sujetando el hilo, orientan su vuelo. En las manos de cada cual.

Por eso pensé entonces y pienso ahora en Cortázar, en su cielo terrestre, conseguido a pasos ciertos, sostenidos. La paz no es una abstracción, sino el resultado de gestos democráticos constantes, particulares y colectivos, íntimos y sociales. Y en Euskadi esa gestualidad necesita ponerse al aire y al día. Se necesita imprimir voces donde ha habido silencios, por ejemplo, o presencias en las ausencias. Y romper inercias o resignaciones que han “naturalizado” lo antinatural. Se necesitan, en definitiva, cada vez más manos que cojan el hilo de la cometa del civismo y la hagan volar decidida, expresivamente, por todo lo alto.

Y lo que vale para la convivencia democrática vale igualmente para la cultura (motivo también del encuentro de la Zurriola) y hasta ella quiero llevar esta reflexión de hilo. Vivimos tiempos de confusionismos y de reduccionismos culturales. Demasiado a menudo en el discurso político-cultural los continentes aplastan a los contenidos, como si la cultura fuera cuestión de solares y no de cimientos. Con excesiva frecuencia la cultura se mal traduce al mero entretenimiento y se confunde con lo que a la gente se le da a ver, con la cometa llamativa. Pero la cultura no está ahí sino, de nuevo, en la mano que, sujetando el hilo, diseña y recoge su vuelo, crea y “lee” su vuelo en una comunicación transformadora.

Simplemente esenciales

24 Agosto, 2009

Se han cumplido cien días de la llegada de Patxi López a Ajuria Enea y se han multiplicado los análisis y los comentarios a la acción del nuevo Gobierno, sobre todo, los del PNV. Quisiera detenerme hoy en unas declaraciones del líder de ese partido en Vizcaya, publicadas en este diario hace unos días. Afirmaba Andoni Ortuzar que antes del cambio las cosas se hacían en Euskadi “con un umbral democrático envidiable” y reprochaba al nuevo Ejecutivo estar “más dedicado a lo simbólico que a gobernar el país”.

Es difícil entrar en el desglose de un término tan subjetivo como “envidiable”. Ignoro quién o desde dónde nos han envidiado nuestro umbral democrático. Sólo sé lo que, durante años, he visto aquí: la expropiación continuada, “normalizada”, del espacio público de todos por parte de los intolerantes; homenajes consentidos a terroristas; pintadas y carteles amenazadores o enaltecedores de la violencia, exhibiéndose a sus anchas; ambigüedades o esquinamientos varios a la hora de considerar a las víctimas del terrorismo (y su presencia, por ejemplo, en las aulas); confusionismo más o menos público, explícito (o subvencionado como en el caso de las ayudas a las familias de los presos) entre víctimas y verdugos. Me gustaría saber dónde resulta envidiable este panorama. No estaría mal que el PNV además de declararlo lo detallara. En cuanto a la segunda declaración, que reprocha al nuevo Gobierno el dedicarse a lo “simbólico”, resulta cuando menos paradójica viniendo del dirigente de un partido que, sobre todo en los últimos años, ha conducido sus gobiernos por la senda, estrecha y unidireccional, de las abstracciones identitarias y de las “esencias”; un partido mucho más apegado a las simbologías de un pueblo vasco fijo que a las dinámicas de una sociedad vasca no sólo plural, sino en continua y necesaria transformación. Interminable es la lista de las referencias, apelaciones u objetivos etnocéntricos que han marcado los últimos gobiernos nacionalistas.

Pero, en mi opinión, el citado comentario del señor Ortuzar encierra, además de esa paradoja, una confusión entre los símbolos y los principios. Velar por el cumplimiento de la legalidad; definir con meridiana claridad, con inconfundible transparencia, los límites de lo inaceptable; defender a las víctimas; limpiar las paredes de nuestros espacios públicos de pintadas violentas; todas estas cuestiones, mejor dicho, todas estas acciones no pertenecen a la categoría de lo simbólico, sino de lo práctico, esto es, de lo palpablemente traducible a la convivencia de todos los días (traducible y traducido ya, porque sólo han transcurrido unos pocos meses y en Euskadi se percibe otro ambiente social, se respira otra atmósfera). No son gestos simbólicos, sino actos concretos; de pura concreción de la responsabilidad política, de pura aplicación de principios democráticos que no creo que haya que considerar envidiables, sino simplemente esenciales.

Sin comparación

17 Agosto, 2009

Las comparaciones tienen fama de odiosas. A menudo esto se debe a que calientan el ambiente, porque hay cuestiones que son como de pedernal: sueltas no producen efecto o sentido, pero basta con ponerlas juntas para que saquen chispas. Pero, en ocasiones, lo odioso de la comparación está precisamente en lo contrario, no en que aumentan la tensión del debate, la comprensión o la alerta, sino en que pueden rebajarlas o incluso desactivarlas (como las del tipo “tú más” o “tú peor”, que parecen querer decir algo cuando en realidad lo que buscan es no explicar nada). Creo que entre esas comparaciones enfriadoras hay que situar las que se aplican cada vez más al tráfico. Se ha vuelto corriente comparar los muertos más recientes de la carretera con los del año pasado, por las mismas fechas, o con los de periodos anteriores. Se nos informa con puntualidad (es casi la información pública que los ciudadanos recibimos más en tiempo real) del último cómputo de fallecidos y de que éstos van, estadística y afortunadamente, a menos.

Tengo mis dudas acerca del sentido de esta metodología comparativa; no acabo de convencerme de su utilidad. O, mejor dicho, su utilidad política me parece evidente: se trata de expresar ante la opinión pública que las medidas que se están adoptando -mayor rigor en las leyes y en las sanciones, carné por puntos, más y más sofisticados controles de velocidad, campañas institucionales que buscan despertar en los conductores no sólo la inhibición de ciertos comportamientos, sino la concienciación-, expresar que todas esas medidas están dando sus frutos. Lo que, en cualquier caso, resulta evidente. Se le van ganando vidas al asfalto es una proporción (en torno el 15%) si no espectacular al menos valiosa y sostenida.

Pero mis dudas se mantienen más allá de esa expresividad o justificación públicas. Me pregunto si ese comparar muertos con el pasado no será -además de un punto macabro- contraproducente, en el sentido de que permite leer en positivo o en tranquilizador lo que, por el contrario, habría que seguir mirando con horror, considerando con una alarma y una alerta máximas. Y es que la cruda realidad es que son multitud las personas que aún pierden la vida en el asfalto (en torno a 1.200 en lo que va de año). Y si no habría, por ello, que dejarse de comparaciones confortadoras e insistir sólo en lo peor, en todo lo que aún falta por conseguir, en todas las vidas que aún van a perderse, con lo que eso conlleva de tragedia personal y social.

Ese planteamiento en negativo actuaría, en lo privado, como un recordatorio de responsabilidad y prudencia (igual que el pitido que se activa en el coche si te olvidas de ponerte el cinturón), y en lo público impediría que las medidas institucionales se durmieran en los laureles o bajaran la guardia o perdieran tonicidad y actualidad; imprimiría a todas esas medidas y a sus impulsores una exigencia de auto-cuestionamiento y de autoevaluación permanentes.

Altos vuelos

10 Agosto, 2009

Quisiera, siguiendo la ambientación de las fechas, darle a la columna de hoy un aire turístico, en la estela de la noticia de que se ha decidido la ampliación del aeropuerto de Hondarribia. Dejando a un lado otras consideraciones, como los escollos que esta decisión tendrá que salvar para llevarse efectivamente a la práctica (desde el visto bueno medioambiental hasta el acuerdo con Francia), voy a centrarme en su vecindario. Porque justo al lado del aeropuerto se encuentra el parque ecológico de Plaiaundi, ubicado en la única ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) de Guipúzcoa, que es un auténtico tesoro ornitológico. Para subrayar con algún detalle esta afirmación diré que es uno de los pasos migratorios más importantes de Europa, donde pueden verse cientos de especies (el acumulado de observaciones indica más de 250). Que los carrizales de Jaizubia son probablemente los más extensos de todo el País Vasco. Y que toda la zona es uno de los mejores lugares con los que contamos para observar rarezas, es decir, esas aves que literalmente brillan por su ausencia y cuyo avistamiento constituye un acicate y un triunfo para cualquier observador científico o aficionado.

Todos estos valores de Plaiaundi podrían defenderse sólo con argumentaciones ecológicas, estéticas, incluso románticas, pero vivimos tiempos en que resulta definitivamente más persuasivo lo material. Así que insistiré en que las condiciones del parque y de su entorno son extremadamente atractivas desde el punto de vista económico. Que los turistas ornitológicos son una especie que, lejos de estar en extinción, aumenta cada día y protagoniza en consecuencia uno de los booms turísticos más significativos del momento. Como ya han comprendido comunidades autónomas como Extremadura, que ha convertido el birding en una de las estrellas de su oferta turístico-cultural. O la vecina Navarra, que está organizando y expresando brillantemente su riquísimo patrimonio ornitológico.

No es un nuevo o un más aeropuerto lo que necesitamos. Los tenemos de sobra, se mire por donde se mire, como quien dice, por los cuatro costados. En un área de 100 kilómetros a la redonda: Bilbao, Biarritz, Foronda, Pamplona y éste de Hondarribia que hoy nos ocupa. Plaiaundi, en cambio, es un entorno único y excepcional. Y creo que la auténtica apuesta de futuro pasa por ahí, por darle al parque cada vez más sitio, por ir convirtiendo lo aeroportuario en ecológico, al tiempo que se desarrollan y racionalizan sosteniblemente las comunicaciones con el resto de aeropuertos vecinos. Debidamente acondicionado (inexplicablemente el parque se ve obligado a convivir con unas instalaciones deportivas), este espacio puede convertirse en un auténtico santuario ornitológico, en una referencia internacional, en una cita obligada y apreciada. O lo que es lo mismo, en un proyecto-motor económico, científico y cultural para la zona y para Euskadi, con una rentabilidad de altos vuelos.

Hace poco, en un bar del centro de San Sebastián, me encontré ante una escena muy inhabitual, una rareza: en torno a una mesa estaban reunidos varios tunos, con su atuendo y sus instrumentos más tradicionales. Me acerqué a charlar con ellos. Me contaron que solían juntarse en ese local para ensayar y que, efectivamente, esa tuna donostiarra actuaba por aquí y por allá, en fiestas, despedidas e incluso rondas. También me llamó la atención que no estuvieran ensayando canciones del repertorio típico, sino uno de esos clásicos de la canción protesta latino-americana que para muchos adolescentes de mi generación significaron el primer motor y el primer catón ideológico, un despertar o un contagio de preocupaciones y solidaridades sociales no por elementales menos fundamentales. Todavía aún, cuando las escucho, siento que encierran en su voluntarismo lírico-político (”la vida es eterna es cinco minutos”), mucha más verdad y más capacidad de motivación y movilización que las que se pretenden en la mayoría de los discursos públicos, orientados, en principio, a la consecución de los mismos fines.

Ese encuentro con la tuna me alegró, aunque tal vez sea más preciso y más justo decir que me animó, que me hizo recuperar un punto o un tramo nuevos de confianza. Y pensé entonces y pienso ahora mismo que hay pocas canciones vascas de protesta contra la barbarie de ETA, desatada otra vez en estos entristecidos días de verano; que no estaría nada mal que nuestros jóvenes cantaran más contra ella, como cantamos contra las dictaduras de todas partes o contra los salvajes dictados de la discriminación y la miseria. No estaría nada mal que se pusieran a esa labor, que cogieran las guitarras y compusieran textos decididos y emocionantes contra el terrorismo; con mensajes capaces de contagiar aliento, exigencia solidaria, compromiso empático y moral. Capaces de situar con toda claridad las líneas de la infamia, las fronteras de lo infranqueable (”perfecto distingo lo negro del blanco”).

Se han subrayado, y con razón, las conclusiones del último informe del Ararteko según el cual el 15% de los adolescentes vascos justifican la violencia etarra y otro 14% se muestra ante ella indiferente. En estos días, después del atentado que ha costado la vida a Diego Salvá Lezaún y Carlos Sáenz de Tejada, no puedo dejar de pensar en todos esos adolescentes a los que estos asesinatos no van a conmover o que no van a poder expresar públicamente sus, ojalá, nacientes interrogaciones. Pero quiero pensar sobre todo en los otros jóvenes vascos, en ese 70% que condena el terrorismo. Quiero pensar en ellos e imaginarlos haciendo oír con fuerza su protesta; su canción vasca de protesta, emocionante y contagiosa. Muy contagiosa, como aquella que decía: “para hacer esa muralla tráiganme todas las manos”. Una muralla abierta al “corazón”, cerrada al “veneno, al puñal, al diente de la serpiente”.