Hacer corriente
29 Junio, 2009
No soy fumadora, lo que no me libra de volver muchos días a casa con la ropa oliendo a tabaco. Sinceramente, prefiero otros perfumes, gusto que además comparto con la mayoría de los fumadores que conozco, a quienes esa peste a humo frío también repugna. Y si el tabaco deja ese tenaz rastro en la ropa qué no les hará a los tejidos muchos más frágiles y sutiles de nuestros pulmones. Pregunta ésta puramente retórica, porque de sobra conocemos ya a estas alturas los estragos que causa el tabaco por activa o pasiva. En fin, que el que alguien te esté fumando al lado supone algo más serio que un molesto acompañamiento. Y, sin embargo, pervive entre nosotros la mentalidad -no sé a qué escala pero en cualquier caso con la suficiente amplitud como para hacerse muchas veces evidente-, esa mentalidad que ve en el fumador al agredido, y en el otro, el que se permite decir, incluso del modo más educado o tímido, ¿te importaría no fumar, o echar el humo para otro lado, o alejarte un poco?, al aguafiestas, el borde, o, ya puestos, el intolerante, porque lo progresista debe de ser fumar (p)anchamente.
Tiendo a no plantearme con radicalismo este asunto del tabaco, en el sentido de que prefiero en general excluirme que enredarme en constantes negociaciones o conflictos de intereses; en fin, que procuro evitar los locales y situaciones donde se fuma. Pero sí reconoceré un punto de radicalidad: esa identificación-confusión del agresor con el agredido del tabaco me produce una preocupación radical (seguramente porque en cuestión de responsabilidades confundidas o mal puestas en Euskadi llueve sobre mojado); concentro en ella el signo clave o el resumen de los cambios que hay que acometer y de las decisiones públicas y privadas que hay que adoptar cuanto antes, sencillamente para homologar nuestros ambientes con los del resto de los países de nuestro entorno más natural, donde ya no está permitido fumar en ningún local cerrado.
Ese cambio no va a venir, desde luego, de la actual ley antitabaco, que, a mi juicio, no ayuda en nada, ni en su teoría, que resulta -en esa especie de sí es no, de aquí sí y aquí no o, si se prefiere, de escritura en medias tintas- compleja, confusa, por no decir extravagante, ni, desde luego, en su práctica: es evidente que se trata de una ley mucho más expresiva en sus incumplimientos que en su observancia. En Euskadi, sin ir más lejos, hay más de 250 denuncias que se han quedado en nada porque el anterior Gobierno lo dejó, como tantas cosas, estar. El actual Gobierno, a través de las consejerías de Sanidad y Asuntos Sociales, acaba de anunciar que va a replantear el debate. Lo que personalmente celebro como una apertura de ventanas para que circule el aire, la corriente que se lleve de aquí los humos y los miedos. Y es que la experiencia de todos los países donde ya no se fuma es que el ocio no va a menos sino a más, que no languidece sino que se acomoda, imaginativamente, al aire libre.
Lavadero
22 Junio, 2009
Recuerdo el lavadero que existía, cuando yo era niña, detrás del antiguo mercado del barrio de Gros. Lo recuerdo muy bien porque allí, en verano, solían representarse funciones de guiñol. Y a mí me encantaban las aventuras de Colorín y compañía, me fascinaban aquellas voces grandes que surgían de los cuerpos diminutos de las marionetas. Y es muy posible que allí mismo empezara yo a interrogarme sobre cuáles son los lugares más propios de la cultura, y a comprender que éstos no siempre se sitúan donde parece. La vida me ha llevado a frecuentar, casi por las mismas razones, otro lavadero, el de Loiola, donde hoy se ubica la Casa de Cultura de ese barrio, que se ha ido convirtiendo con los años en un entorno de privilegio para la poesía. Allí hemos tenido la oportunidad de escuchar, muchas veces, palabras esenciales, en el sentido de vigentes, relucientes, capaces de comunicar sin desfallecimiento ni desgaste. Palabras de verdad. Allí, hace muy pocos días, un joven poeta, Claudiu Komartin, recitaba en rumano a Gabriel Aresti -precisamente Egia bat esateagatik- en uno de los actos más emocionantes de Literaktum,
Volvemos a necesitar expresarnos contra el terrorismo. El asesinato de Eduardo Puelles García nos devuelve a ETA en su macabra repetición; y nos obliga a conjugar en presente lo que queríamos (tanto) que fuera definitivamente pasado; y a poner una vez más en nuestras mentes y en nuestros labios las mismas emociones y las mismas palabras de rechazo, resistencia, condena. Pero siendo las mismas tienen que ser nuevas, expresarse como recién nacidas, sin desfallecimiento ni desgaste. Porque sin duda ETA siempre tiene eso entre sus intenciones, siempre persigue eso: además del sufrimiento personal y social, el desgaste, la pérdida progresiva de ímpetu, de aliento, de confianza en el valor combativo y movilizador del lenguaje. Como si por decir tantas veces contra el terrorismo pudiera parecernos que todo está ya dicho, que no hay más que decir o que no vale la pena seguir diciendo.
Tal vez por esa razón, al enterarme de este nuevo crimen, se me ha colado, entre los pensamientos tristemente reconocidos y las emociones desgraciadamente familiares, la imagen de esos lavaderos convertidos en escenarios donde resuenan palabras claras y rotundas, inmunes al desaliento, la dejadez, la ambigüedad, la (in)diferencia. Tras el atentado que le ha costado la vida a Eduardo Puelles, el lehendakari ha dicho -entiendo que condenando y ahuyentando a un tiempo fantasmas del pasado- que ETA ha asesinado a “un trabajador de este pueblo; a uno de los nuestros como todas las víctimas del terrorismo”. Y yo he escuchado sus palabras como si hubieran sido dichas en uno de esos lavaderos, o como si representaran el cimiento de un lavadero de lenguaje contra el terrorismo; de un espacio público, decidido y definitivo, de expresiones sin distingos, sin reservas ni ambigüedades, de dichos dispuestos a confirmarse en hechos.
En realidad
15 Junio, 2009
Nahiko es un programa impulsado por Emakunde para sembrar en los escolares vascos (a partir de los 8 años) la semilla del respeto y la igualdad de género, para concienciarles y posicionarles cuanto antes contra la violencia sexista. Hace unos días se presentaron en el auditorio del Kursaal los trabajos que han realizado en estos dos últimos cursos los alumnos participantes (en total 460 de 11 centros). Que en las escuelas se trabaje en y por la igualdad entre hombres y mujeres es elemental y fundamental, e iniciativas como la presentada -que se basa en la reflexión y en la identificación y rectificación de situaciones de maltrato y desigualdad- resultan esenciales y son, sin duda, instrumentos valiosos para despertar conciencias y fundar actitudes anti y contrasexistas.
Pero a estos programas hay que garantizarles una eficacia real, es decir, exterior a sí mismos, de manera que lo allí pensado, comprendido, decidido por los alumnos, pueda traducirse del modo más espontáneo y natural a la vida diaria, y garantizarles además un efecto duradero, de largo, o mejor, de eterno plazo. O lo que es lo mismo, el reto es conseguir que esa cultura de respeto e igualdad no sea sólo teórica sino práctica y, además, irreversible. Y es indudable que esos efectos reales y definitivos sólo pueden alcanzarse desde la más absoluta ausencia de contradicción educativa y desde la más absoluta coherencia social. En fin, con todo y todos mirando en la misma dirección antisexista. Lo que desgraciadamente dista mucho de ser el caso.
Porque en realidad y en la realidad el sexismo se sigue expresando y contagiando a través no sólo de circuitos y medios de una enorme eficacia expresiva (por ejemplo la publicidad, incluida la infantil), de una capacidad persuasivo-mediática colosal (por desgracia, mucho más poderosa que infinidad de nahikos reunidos), sino a través de pasividades o de inercias enquistadas en muchas instancias visibles y fundamentales, representadas incluso en el interior del propio marco educativo.
Leo con confianza, con alegría, la crónica de lo sucedido el otro día en el Kursaal, el testimonio de la claridad y la asertividad con que los niños y niñas que han participado en Nahiko presentaban sus aprendizajes igualitarios. Pero ni mi confianza ni mi alegría pueden ser completas; están heridas o empañadas por temores generales y ejemplos concretos. Como éste que ahora mismo veo por la ventana: la misma escena escolar que he contemplado tantas veces, a lo largo de este curso, y del anterior y del anterior: unos niños jugando al fútbol, ocupando a sus anchas casi todo el patio de recreo, y a su lado, unas niñas agrupadas en los márgenes, como en el arcén de ese terreno ¿común? La educación en valores igualitarios y contrasexistas necesita, sin duda, una pedagogía específica, que se pongan en marcha programas como el citado, que se hagan cosas. Pero también exige que otras cosas se dejen, definitivamente, de hacer.
Reciclado vital
8 Junio, 2009
“Hay nuevos comienzos, en el lugar apropiado”, dice Nadine Gordimer en Atrapa la vida, y esas palabras podrían haber sido escritas para ilustrar el sentido del trasplante de órganos, porque eso supone la donación: un nuevo comienzo en el sitio más apropiado, más vital. Se acaba de celebrar el Día del Donante con el recordatorio de que más de 2.200 vascos viven gracias a un trasplante y de que Euskadi está a la cabeza no sólo de España, sino del mundo, en tasa de donación de órganos (40,7 por millón de habitantes). Pero las organizaciones e instituciones implicadas insisten en que no hay que dormirse en los laureles de esas buenas noticias, que se siguen necesitando órganos (sólo en Euskadi hay 250 personas esperando un trasplante) y que además en 2008 se produjo un ligero aumento (del 12% al 13,8%) en el número de familias que se negaron a donar los órganos de sus parientes fallecidos. Hay, por lo tanto, que persistir en los debates y las campañas de información y concienciación.
Y en ese sentido se nos recuerda que es fundamental que nuestro entorno conozca cuáles son nuestras disposiciones al respecto, que tenga claro que queremos donar, llegado el caso, nuestros órganos. Yo acabo de recibir mi tarjeta ONA, esa txartela sanitaria de segunda generación que nos va a permitir gestionar nuestros datos y relacionarnos con la Administración electrónicamente, vía Internet. Entre las informaciones sanitarias que incorpora esta nueva tarjeta podría incluirse nuestra decisión donante. ONA se convertiría de ese modo en un registro actualizado y autogestionado de nuestra voluntad, y además de fácil acceso, es decir, transparente para nuestros familiares, llegado el caso.
En cuanto a la concienciación, quisiera aportar a este proceso colectivo dos granitos de arena argumentales. El primero tiene que ver con la sostenibilidad. No se me ocurre nada más radical, esencial, espléndidamente sostenible que la donación de órganos. Nada más coherente con la responsabilidad ecológica, con el aprovechamiento civilizado y humanista de los recursos naturales que ese reciclado vital. Nada más esperanzador que esa recuperación de la materia de la vida. El segundo argumento tiene que ver con el hecho innegable de que todos somos trasplantados, de que todos vivimos gracias a aportaciones generadas y desarrolladas en otros cuerpos. Que la cultura, entendida en su sentido más extenso, más unánime, es un constante pasar de órganos (ideas, sentimientos, códigos, gestos, hábitos, pactos, enseñanzas, imaginaciones) de unas personas a otras, de unas generaciones a otras. Que no habría vida humana sin todos esos trasplantes que vamos recibiendo desde que empezamos a vivir. Las lenguas, sin ir más lejos, son un trasplante, una unidad entera de trasplantes que acogemos, alimentamos y transmitimos sin cesar, reciclada, maravillosamente.
De “ochomiles”
1 Junio, 2009
Conmueve ver a Edurne Pasaban terminando el descenso del Kangchenjunga al límite de sus fuerzas, aunque tal vez sea más justo decir al filo de sus fuerzas para significar lo lacerante de esa experiencia extrema. Se trata, en mi caso, de una conmoción múltiple o compleja, hecha, por un lado, de empatía, por otro, de un punto de desconcierto o interrogación sobre el sentido de tanto riesgo. Y hecha desde luego de admiración por quienes, como ella, ponen todo su talento y empeño para alcanzar esas cumbres desde las que se pueden contemplar, seguro, paisajes de una belleza vertiginosa, transformadora, insustituible. Pero hoy quisiera detenerme en la vertiente más colectiva de esas cimas o en su contribución más social, porque la ascensión hasta lo más alto de Edurne Pasaban también nos hace ascender. Nos obliga a ascender en el sentido de que para acercarnos a su experiencia necesitamos introducir nuevas escalas en nuestra reflexión-imaginación del paisaje, interior y exterior, que hasta-desde allí puede llegar a verse.
Y lo mismo sucede -por referirme a otro alto paisaje de nuestra cultura, literalmente cuajado de estrellas- cuando nuestros grandes cocineros nos proponen sus creaciones: su crecer gastronómico nos crece, nos empuja a introducirnos en otra dimensión del gusto y de la curiosidad cultural; a ligar sensualidad y mentalidad, placer y conocimiento. Y nuestra sociedad va abriéndose cada vez más a esas cumbres, sofisticándose en sus expectativas, volviéndose en determinados ámbitos culturales mucho más exigente. Mucho más dispuesta, en definitiva, a comprender y defender el privilegio que supone poder moverse con libertad y agilidad en diferentes alturas, poder elegir hoy la sencillez, mañana el reto; hoy el terreno cómodo del hábito, mañana el abrupto de la novedad o de la duda; hoy la belleza del nivel del mar, mañana el atractivo radical, desafiante de las cimas más altas.
En fin, que en algunos ámbitos es evidente que nuestras sociedades ascienden, avanzan con decisión hacia los ochomiles. Y por eso resulta aún más desconcertante y preocupante que en otros ámbitos culturales el proceso sea el contrario, que lo que se esté produciendo sea un descenso, una pérdida de habilidades de altura, un adormecimiento de la curiosidad y de la exigencia. Que obras que son, sin duda, ochomiles del patrimonio intelectual (es decir, natural) de la humanidad estén siendo relegadas, borradas del mapa educativo o crítico; que hacia esas cumbres de la literatura o el pensamiento no se organicen ya expediciones didácticas ni mediáticas. Que nos estemos quedando sin sus vistas.
Muchos de nuestros jóvenes manejan ya con soltura los nombres e itinerarios del Kangchenjunga, el Annapurna o el K-2, mientras que de Faulkner, Cortázar, Joyce, Duras, Woolf, Rulfo o Martín-Santos han perdido la ruta, y con ella la belleza vertiginosa, transformadora, irremplazable que (sólo) desde su cima puede abarcarse.