Juntos y revueltos
25 Mayo, 2009
Circula de nuevo en el ambiente, por aquí y por allá, con más o menos intensidad y acogida, el viejo debate acerca de la conveniencia de que niños y niñas, chicos y chicas se escolaricen por separado. Los partidarios (serios) de ese plan suelen aducir razones de “rendimiento”: separadamente los alumnos aprenderían mejor, los programas podrían ajustarse con mayor precisión a la edad y a los procesos de madurez, y se desactivarían prejuicios o estereotipos arraigados como el de considerar que hay materias masculinas y otras femeninas, lo que en la práctica puede cohibir ciertas opciones de aprendizaje o incluso dañarlas permanentemente. En fin, que en el seno de una clase mixta, la persistencia de este tipo de prejuicios podría hacer, por ejemplo, que una chica no sacara buenas notas en matemáticas, no quisiera sacarlas, por temor a que destacar en ese territorio ajeno la perjudicara dentro del grupo, la convirtiera en diferente o menos popular. Y lo mismo a los chicos en el caso de las asignaturas consideradas femeninas.
No soy en absoluto partidaria de esa opción segregada, entre otras razones porque la escuela debe ser anticipo de la vida y (buen) augurio de la sociedad; es decir, debe fundar adquisiciones fundamentales, capaces de orientar en la edad adulta; y entre esas adquisiciones esenciales se encuentra la de aprender a estar juntos, a convivir, hombres y mujeres, en equilibrio, respeto e igualdad. Instaurar esos valores educativos desde el principio, desde el parvulario mixto, me parece la mejor manera, por no decir la única, de erradicar prejuicios, de liberar a las generaciones futuras de la aún pesadísima carga de las discriminaciones y discordias de género. La mejor manera también de desactivar en vivo y en directo cualquier inhibición o penalización basada en obsoletas cantinelas del tipo: “los chicos son de ciencias y las chicas de letras, y los trasvases entre ambas tienen que considerarse excepcionales cuando no anómalos”.
Esta preferencia por la escolarización mixta es la mayoritaria y la oficial en nuestra sociedad, y la ola segregacionista no tiene empuje para amenazarla. Pero no creo que haya que dejar pasar esta ola (por pequeña que sea) sin más, sino aprovecharla, orientar su debate hacia el interior de nuestro sistema educativo mixto no para cuestionarlo pero sí para revisarlo e interrogarlo a fondo, para evidenciar sus (posibles) contradicciones de género; o lo que es lo mismo, para poner de manifiesto las segregaciones que aún pueden agazaparse y perpetuarse bajo la tranquilizadora superficie de la igualdad, de la mixtura educativa formal. Para comprobar, en definitiva, si o qué o cuánto falta aún (y me temo que aún falta) para que nuestros niños y niñas, chicos y chicas, se escolaricen no sólo juntos sino además revueltos, en contextos educativos definitivamente superadores de los estereotipos de género, inmunizadores contra cualquier deriva sexista.
Europa a los ojos
18 Mayo, 2009
Se acaba de celebrar en San Sebastián, propiciada por el diputado general de Gipuzkoa, una interesante jornada sobre los retos que ahora mismo plantea y tiene que enfrentar la Unión Europea. En un contexto de crisis global, con el horizonte aún incierto del Tratado de Lisboa, y en vísperas de unas elecciones al Parlamento de Estrasburgo, esa jornada y ese debate no pueden parecerme más pertinentes. De un modo general, porque la construcción europea necesita más que nunca abrirse de par en par a la comunicación ciudadana, liberarse mediante el intercambio de proyectos, conceptos y sentimientos de su ensimismamiento institucional cronificado. Y de una manera más singular y puntual porque estas próximas elecciones concentran el justificado temor a una desbandada -más o menos pronunciada según los países-del electorado, a que los índices de participación precipiten su caída. Porque la realidad es que no dejan de caer, como si el interés ciudadano por la UE se hubiera dejado hace tiempo el grifo abierto.
Y entiendo que lo general y lo particular están aquí también significativamente unidos, que estos lodos del desinterés o el desafecto, vienen de aquellos polvos del ensimismamiento; de esa polvareda de tecnicismos, opacidades, medias o cuartas tintas, de decisiones definitivas presentadas sin previos de debate, como caídas del cielo a menudo nuboso de Bruselas, que al ciudadano europeo le ha distorsionado o impedido la visión clara de su Unión. En fin, que la UE no se ha caracterizado en sus procesos ni por la transparencia ni por la comunicabilidad con su ciudadanía, sino por el recurso -en mi opinión, exagerado, temerario- a fórmulas más propias del despotismo ilustrado, del tipo: nosotros, los constructores políticos y técnicos, vamos haciendo las cosas, tú europeo/a de a pie limítate a confiar y a decir que sí cuando se te pregunte, a decir que bien. Y ese formulario ha podido funcionar porque la Unión era primero un sueño imprescindible después de tanta pesadilla bélica y, además, un proyecto a escala y rentable, presidido por criterios de eficacia económica.
Pero ahora corren otros tiempos. El pasado sangriento está mucho más lejos que el futuro inquietante. Y Europa ya no es un diseño a escala manejable sino a tamaño prácticamente natural (decir 27 países es apegar geografía e historia comunes). Y sobre todo hoy, el motor económico, además de estar averiado, es insuficiente para tirar del carro de la Unión. Hoy el reto es político. Y no hay política que se sostenga sin el apoyo ciudadano. Y no hay apoyo que se consiga durablemente sin atenciones claras y respuestas fiables, factibles. La Unión Europea se ha ido construyendo mayormente como en un reservado, de espaldas a su ciudadanía; y ahora ésta le va volviendo la espalda. Si la UE da un giro radical de orientación, si empieza a mirar a su gente a la cara, a los ojos, sin duda, la ciudadanía europea hará lo propio.
Poética política
11 Mayo, 2009
Aprovechando la (buena) idea que ha tenido el lehendakari de acabar su toma de posesión en Gernika con la lectura de dos poemas -de Wislawa Szymborska y Kirmen Uribe-, voy a unir también poesía y política, recordando, esta vez, a Antonio Machado: el famoso episodio de Juan de Mairena en el que éste saca a un alumno a la pizarra y le dicta lo siguiente: “Los sucesos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Mairena le pide luego a su alumno que vaya traduciendo la frase al “lenguaje poético”. Y el maestro acepta como buena esta versión: “Lo que pasa en la calle”. Ni más ni menos. Es una lección como una aspiración poética: decir mucho con las palabras justas, para que cada una tenga suficiente espacio, se exprese a sus anchas, o evocar la máxima profundidad desde una superficie clara, sin estorbos ni artificios como de agua. Pero esa lección de bondad poética creo que vale también para la política, en fondo y forma.
Siempre me ha gustado la expresión “voz y voto”, que implica que decir y decidir deben ir juntos, o que su mejor sentido es el ligado: los dichos desembocando en hechos; éstos fundamentándose transparente y libremente en su concepto. Y entiendo que esa expresión significa también que la forma de la política no está sólo en el entramado de su poder, en el diseño de sus competencias o en la numérica de sus decisiones; que la forma de la política es también lenguaje. Un lenguaje que debería alejarse siempre de los discursos endogámicos, ésos que incesante, vorazmente se nutren de sus propios productos, de su propia retórica; ésos que se contentan con aparentar, subiendo el volumen o el escándalo de sus enunciados, una expresividad que en realidad no tienen; ésos que no han puesto nunca o desde hace mucho tiempo un pie en la calle. Y podríamos seguir nombrando rasgos de esa verbo-endogamia porque, por desgracia, en Euskadi la conocemos bien. Confiemos entonces en que esa superación de tradiciones envejecidas que ha marcado el ceremonial de cambio de Gobierno acabe con la “tradición” del discurso endogámico. Que el cambio llegue a la política vasca por la vía también de la poética, de esa poética machadiana de la palabra auténtica, hecha para informar con transparencia al ciudadano, y para atenderle y responderle del modo más claro, es decir, más profundo.
Pero esa máxima poética del “lo que pasa en la calle” es también una cuestión de fondo, de argumento y responsabilidad fundamentales de la gestión pública. No voy a abrumar(me) con el recordatorio del pasado, con el repaso de la etapa que precisamente ahora ha concluido. Sólo insistiré en que la política vasca lleva demasiado tiempo desactivada en abstracciones y que necesita cuanto antes ponerse a pie de obra, ajustarse con las necesidades concretas (que ahora son como nunca urgentes) de la ciudadanía. En definitiva, sincronizarse con “lo que pasa en la calle”, con una poética-política fundada en el realismo y la realidad.
Moverse de pie
4 Mayo, 2009
Acabo de ver en Bilbao, en La Fundición, un magnífico espectáculo. Se trata de dos piezas escénicas que podríamos denominar de sola o pura humanidad. Fabrice Lambert está solo sobre el escenario: en A comme à venir (traducible por P de por venir) sin otra compañía o vestimenta que la tenue luz que proporcionan unos focos colocados a ras de suelo; en Gravité, solo también, desplazándose sobre un enorme charco o diminuto lago cuyas aguas se despliegan en vertical en una pantalla iluminada, produciendo un efecto visual más que intenso, sobrecogedor de emoción y sentido. De búsqueda y propuesta de sentido.
Dice Tobias Wolf en su novela Vieja escuela que sin relatos los seres humanos no sabríamos quiénes somos. Lo he recordado mientras seguía la evolución de Lambert sobre el escenario, porque sus movimientos se me representaban como un relato, precisamente un relato de evolución: al principio, la gestualidad de un homínido, arrastrada, instintiva, marcada sólo por la supervivencia. Y, poco a poco, el impulso de erguirse: primero involuntario o padecido y, de repente, lúcido o, lo que es lo mismo, alcanzado por la interrogación. Y, por eso, la soledad que Lambert expresa en el escenario, porque imagino que los animales nunca están solos, que son y se pertenecen sin duda, mientras que a los seres humanos todo se nos manifiesta con la posibilidad o la inexorabilidad de su contrario: la vida con la muerte, la felicidad con el dolor, la pertenencia con la exclusión.
Y este relato viene a cuento del presente que nos está tocando vivir y que parece construido como una tira de piezas de dominó, en la que la caída de una arrastra una larga serie de derrumbes. Empezamos en las hipotecas basura y estamos ya en la gripe porcina, que es algo así como una forma de basura gripal. Con, en el centro, la escalofriante progresión del desempleo, es decir, de dramas ciudadanos desarrollándose en directo y a diario. Es un panorama que deja muy poco margen para el optimismo y menos aún para el error. Donde cada movimiento tiene que estar muy bien decidido, perfectamente ajustado al proyecto (como en las coreografías de Lambert). La cuestión primordial es entonces definir los objetivos, lo que a estas alturas de globalización y de problemas, equivale a elegir en qué mundo queremos vivir, con qué valores.
Sobre la escena parece muy claro un objetivo: pasar del ir arrastrado al ir erguido, del instinto a la conciencia. Que nuestro mundo lleva demasiado tiempo rigiéndose por instintos lo demuestra el estado en que va quedando: injusto, tóxico, tambaleante, minado de contradicciones (en vísperas de unas elecciones europeas, por ejemplo, el último pronunciamiento de Bruselas es que en materia de gripe porcina de unión nada; que cada Estado aguante su vela). Entiendo que hay urgencia de dejarse de instintos, de moverse de nuevo de pie o de reactivar la conciencia de lo humano, en su más justo sentido de voluntad solidaria aplicada.