Libros y suelas
27 Abril, 2009
Si el Día del Libro fuera un par de zapatos, tendría las suelas desigualmente gastadas por pisar demasiado en el mismo sitio. Y es que cada año se celebra casi con el mismo guión: trajín de venta en la calle, parecidos reportajes en la televisión, con niños representados con un libro en las manos y el testimonio de su afición por la lectura, algunos datos estadísticos, e intervenciones de profesionales del sector editorial que sitúan el estado de la cuestión más o menos en el punto de siempre, sin hecatombes ni despegues significativos. Luego se echan las cuentas, se levantan los puestos y se pliegan las carpas hasta el año que viene. Dejando, por lo menos en mí, la sensación de un reactualizado déjà vu, de una celebración clonada, de un pisar que sólo desgasta por un lado la suela de la lectura, mientras deja intocado o al aire el otro lado. El lado fundamental o el que concentra, en mi opinión, las interrogaciones más decisivas y urgentes en torno a la lectura y el verdadero valor que hoy o aún le concede nuestra sociedad.
Son interrogaciones que merecerían ser atendidas con absoluta sinceridad, porque entre los dichos y los hechos del amor por los libros (amor entendido en sus acepciones privada y pública) media un gran trecho o hay demasiadas cosas que no acaban de encajar. ¿Cómo es posible -por empezar por la base- que en un mundo donde se pueden sacar fotos de Marte, comunicarse en vivo y tiempo real con las antípodas u operar con éxito el corazón de un feto, no se consiga enseñar a leer a un niño en una escuela de un país tan rico como el nuestro (y conviene recordar que prácticamente la mitad de nuestros alumnos de últimos años de ESO lee fatal, y la mayoría del resto sólo regular)? Así las cosas, ¿qué porvenir puede esperarles (además de a esos niños) a los libros, incluso en sus versiones más simplificadas, más trituradas por las industrias de la facilidad que todo lo venden convertido en puré (de novela, de película, de espectáculo multimedia) o que todo lo convierten en puré para venderlo? Ni siquiera los libros papilla tendrán la menor posibilidad de futuro si las escuelas no fundan lectores. Y si la sociedad no acaba luego o simultáneamente de alentarlos y de formarlos, con inteligencia y constancia.
Y por ahí tampoco vamos bien. Porque la realidad, aunque el 23 de abril sea el día del año en que menos se note, es que las invitaciones a leer brillan por su ausencia. En un mundo donde se diseñan, alimentan, contagian infinidad de deseos, de infinitas maneras -algunas dotadas de una ingeniería y una eficacia deslumbradoras-, resulta más que excepcional, insólito, ver libros o gente leyendo, por ejemplo, en la televisión, incorporados al argumento de programas o series de gran aceptación.
En los medios de mayor impacto o audiencia, formadores de gustos o dinámicas sociales, nada invita a leer. Todo lo niega. Si el Día del Libro fuera en serio, por ese terreno también pisaría.
Pruebas de actitud
20 Abril, 2009
Hace unas semanas se hizo público un estudio_ realizado por la Universidad de Valencia, en colaboración con la Confederación Nacional de Autoescuelas y la compañía de seguros Zürich_ según el cual el 96,5% de los conductores españoles suspendería el examen teórico del permiso si hoy tuviera que volverlo a pasar. Se trata desde luego de una proporción abrumadora, donde se incluyen prácticamente todos los conductores, es decir, también muchísimos de los más atentos o comprometidos con la seguridad vial, de ésos que no sólo no han perdido puntos sino que han ganado alguno desde la instauración del sistema; ésos a los que el seguro reduce o no incrementa la cuota por su inmaculado historial de accidentes.
De ahí que pueda pensarse que el citado estudio, más que poner en entredicho a los conductores, lo que pone en cuestión o al menos en seria interrogación es al examen mismo. Porque parece evidente que algo obsoleto o desfasado debe de estar el test si nadie, ni siquiera los conductores más aplicados, es capaz de contestarlo como es debido; y sobre todo, si esa ignorancia teórica de casi todo el mundo no impide que las cosas del tráfico vayan a mejor, que en nuestras carreteras el número de siniestros mortales tienda significativa y afortunadamente a la baja (esta Semana Santa la cifra ha caído un 27% con respecto al año pasado), aunque menos muertos de tráfico sigan siendo demasiados muertos. El citado estudio invita a pensar que el actual examen de conducir necesita a su vez ser examinado, que debe desprenderse de algunas preguntas teóricas que, según se aprecia, resultan poco relevantes, e incorporar otras interrogaciones, nuevos parámetros de evaluación más subjetivos y sutiles.
Porque, sobre la base adquirida de un cierto nivel teórico imprescindible, la seguridad vial no depende tanto de los conocimientos de los conductores como de su actitud. Quien bebe y luego se pone al volante; quien desafía y/o sortea a los peatones en los pasos de cebra; quien adelanta en línea continua, multiplica la velocidad permitida o conduce zigzagueando a centímetros del coche que tiene delante, quien hace ésas u otras barbaridades semejantes no actúa por ignorancia de las normas de tráfico sino por desprecio o absoluta dejadez de otra clase de reglas y principios: los del civismo, la ética de las relaciones sociales, la más básica consideración por el valor de la vida de los demás y la propia.
A manejar un coche se aprende pronto, también a orientarse debidamente en el código de la circulación; ninguna de las dos cosas exige talentos especiales ni esfuerzos extraordinarios. Saber conducirse en la carretera, al mando de una máquina potencialmente letal, forma parte de un programa educativo mucho más complejo y responsable. Los exámenes de conducir deberían no sólo tenerlo en cuenta sino subrayarlo, centrar sus exigencias en el factor humano, volverse determinantes pruebas de actitud.
Crítica de valor
13 Abril, 2009
A los nuevos gobiernos se les suele conceder un respiro al comienzo de su andadura, una forma de tregua crítica de unos pocos meses que puede entenderse como voto de confianza o signo de cortesía democrática. Yo lo veo mayormente como una expresión de respeto por el sentido mismo de la crítica: se espera para poder fundamentarla en hechos y datos concretos y no sólo en suposiciones o impresiones más o menos emocionadas. En Euskadi, el Gobierno del cambio no ha empezado aún a empezar y ya se oyen alarmas, cuestionamientos y/o repudios, críticas al fin que, dado que ese Gobierno aún no existe, resultan “insustanciales” y que expresan una voluntad resumible en “sea como sea, pase lo que pase, hagan lo que hagan, desde esta oposición a ese Ejecutivo ni agua”; voluntad a la que tal vez alguien pueda encontrarle algún recorrido político, pero que desde un punto de vista estrictamente intelectual y ciudadano resulta más bien decepcionante. Sobre todo, porque vivimos tiempos duros que van a prolongarse y que necesitan esa forma de generosidad sociopolítica que consiste en pensar sobre los intereses propios y esa forma de talento colectivo que consiste en aprovechar las energías surjan de donde surjan, y las buenas ideas vengan de quien vengan, por encima de los títulos o los hábitos.
Euskadi no está sobrada de críticas a la gestión pública; yo diría que más bien está a falta. Lo que a mi juicio explica, por ejemplo, que tengamos los transportes que tenemos (y que tantas veces convierten al coche en la única e insostenible opción); que la escuela vaya como va (el consuelo del mal de muchas otras comunidades merece interpretarse según el dicho); que nuestros medios de comunicación públicos sean “incomparables” con los de los países de nuestro entorno de referencia en revisión o réplica de la acción de gobierno, y un largo etcétera de asuntos que necesitan repaso y remedio porque van mal. Porque han sido mal abordados desde el poder y, además, poco contestados desde una sociedad fundamentalmente orientada hacia el tema nacional. En definitiva, porque la cuestión identitaria le ha permitido al gobierno vasco irse, durante años, “de rositas”, por la vía de deslocalizar la crítica social, de concentrarla en la irrealidad mientras la dura realidad pasaba a un segundo o irrelevante plano, que no puntuaba para la (des)calificación de la gestión pública. Y el resultado son tantos problemas aún irremediados, tantos asuntos pendientes de solución, que ahora le toca heredar al nuevo Gobierno, lo que no es poca carga añadida a las pesadas cargas del momento.
En este contexto es fundamental resucitar la crítica; la crítica de valor, en su sentido más formado, fundamentado y fértil (criticar debería equivaler a proponer otra visión, otra vía) y más apegado a la responsabilidad colectiva. En decir, en un sentido lo más alejado posible del jaleo apriorístico, de la objeción desargumentada, del ruido político sin nueces.
Gobernar con preguntas
6 Abril, 2009
Hace unos días, la 2 de TVE emitió un interesante documental sobre la muerte de Allende que incluía imágenes de su toma de posesión. En aquel acto dijo que se encontraba ante el “enorme desafío de ponerlo todo en entredicho”. Más allá de una declaración de intenciones concretas y limitadas a aquel tiempo y a ese país, veo en esas palabras una “poética” de gobierno más aplicable que nunca o más necesaria de aplicación que nunca a las maneras de gobernar de nuestra época. Una poética basada en la interrogación o en el principio de que un buen Gobierno debe componerse naturalmente de respuestas (puntuales y de alcance), pero también de preguntas. Gobernar poniendo en entredicho, como una manera de revisar interrogando no sólo el pasado, sino el presente, no sólo lo que han hecho los predecesores, sino, autocríticamente, lo que se va haciendo. Para así remediar, al máximo y en tiempo real, errores, insuficiencias o ineficacias, y reducir al mínimo la superficie del conformismo en el poder, de la autocomplacencia, de los gestos automatizados, desconectados del ritmo de las exigencias sociales; en definitiva, las posibilidades de que las dinámicas de gobierno se vuelvan simples inercias, movimientos sin avance.
El recordatorio de Allende ha coincidido en el tiempo con la celebración de la cumbre del G-20 y aún más cerca de nosotros con la firma del acuerdo entre el PSE y el PP vasco. Y decía que sus palabras son más aplicables que nunca a la actualidad, porque es evidente que la eficacia de lo decidido en la cumbre de Londres no va a depender tanto de las respuestas puntuales (inyecciones de fondos o estímulos fiscales) de esos dirigentes, como de lo auténtica y decidida que sea su voluntad “de ponerlo todo en entredicho”, de lo lejos que estén dispuestos a llevar las preguntas el cuestionamiento político y ético de un sistema socioeconómico mundial basado en la desigualdad, la opacidad, la avidez y la consiguiente depredación de recursos, y que al ritmo actual sólo va a heredar a las futuras generaciones un planeta devorado y tóxico.
En cuanto al nuevo ciclo político en Euskadi, es evidente también que tendrá que partir de más de una revisión, porque 30 años de un mismo partido en el Gobierno ha dado aquí (y de principio podría dar en cualquier parte), para mucha desconexión con las necesidades reales de la sociedad, para mucha respuesta anacrónica o desfasada, para mucha inercia conformista y/o autocomplacida, y desde luego para muy poca autocrítica, cuestionamiento o interrogación gubernativa. El nuevo ciclo tendrá pues que poner más de un “entredicho”, abrir más de punto de interrogación sobre el pasado. Pero es de esperar que esos puntos no se cierren ahí, sino que avancen con el presente, paso a paso, decisión a decisión, que el nuevo Ejecutivo vasco lo sea también porque fundamenta respuestas de gobierno eficaces en renovadas preguntas.