De menores y catedrales
30 Marzo, 2009
Escribió Heine que “las catedrales no fueron construidas porque los hombres tuvieran opiniones sino porque tenían convicciones”. Y si tuviera que elegir una única manera de distinguirlas, diría que mientras las opiniones pueden (y suelen) quedarse en la teoría, las convicciones llevan dentro de sí como un movimiento o un anhelo de aplicación práctica, se reconocen en una mayor implicación de lo personal en lo colectivo. Tiendo a pensar que la crisis en la que estamos sumidos se debe también o en gran medida a que vivimos tiempos individualistas, esto es, de poca convicción; o donde se expresan muchas más opiniones particulares que convicciones sociales. Tiempos, además, donde junto con las opiniones formadas conviven, bajo el mismo nombre, manifestaciones mucho menos consistentes, expresiones apresuradas o determinadas por la oportunidad, el cortoplacismo o ese horror a la pausa, la meditación y el silencio que también parece presidir nuestra época. Lo que conduce a menudo a la cacofonía, a un tirar las voces cada una por su lado, incluso a la hora de encarar los asuntos más relevantes y más necesitados de un abordaje “convencido”, es decir, de un tratamiento social inteligible y armónico.
Se está hablando mucho de los menores inmigrantes no acompañados, de las dificultades que plantea su integración. Y lo que destaca como clave del asunto es la ausencia, en las instituciones responsables de su acogida, de un proyecto educativo claro y global. Pero, y sin negar las especificidades de estos casos, creo que esa falta es sólo una parte pequeña de otra mucho mayor: la ausencia o abandono de un proyecto educativo (de valores y conocimientos) general, de un sistema socializado de relaciones y transmisiones intergeneracionales. Creo que estas y otras tensiones juveniles sólo se resolverán o encauzaran debidamente en dentro de un nuevo pacto social, de una convicción educativa que recomponga reglas comunes, despeje malentendidos (como la confusión de la autoridad con el poder), y distribuya con claridad los espacios de decisión de cada cual (los profesores no pueden ser desautorizados y/o sustituidos por los padres ni viceversa).
Seguros/as
23 Marzo, 2009
Dedicaba Pedro Ugarte su columna del sábado 14 de marzo a la seguridad en las calles, cuestión fundamental que concentra inquietudes ciudadanas de y en todo el mundo. Allí decía que “la preocupación por la seguridad siempre ha tenido un cariz conservador”, lo que conecto con la idea, de una manera general compartible, de que la izquierda se ha sentido incómoda a la hora de luchar contra la inseguridad en las calles; que, mientras la derecha se muestra en este campo decidida y asertiva, la izquierda ha abordado el asunto con cierta desorientación o complejo. Lo que creo que puede explicarse por la dificultad de trenzar justamente, en la teoría y en la práctica, libertad y seguridad, o los tiempos necesariamente largos de la prevención y la educación con los necesariamente cortos o instantáneos del remedio de situaciones puntuales de inseguridad. Pero si esa “incomodidad” ha podido estar en el pasado de la izquierda, entiendo que allí debe quedar. El derecho de las personas a sentirse seguras en la calle tiene que ser, desde la izquierda, bien atendido, es decir, con determinación y eficacia, y, al mismo tiempo, con acciones e inversiones fundamentadas en la irrenunciable convicción de que la prevención definitiva de la inseguridad se sitúa del lado de la educación cívica y de la justicia en el reparto de los espacios y recursos sociales.
Pero la citada columna contenía otro planteamiento con el que tengo una fundamental discrepancia, en realidad dos. Escribía Pedro Ugarte: “Son incomprensibles los esfuerzos que invierte el feminismo en separar la seguridad de las mujeres de la seguridad a secas”. Lo que equivale, en mi opinión, a negar la especificidad de la violencia de género, o, por decirlo de una manera más transeúnte, a negar que las mujeres puedan tener, cuando van por la calle en ciertos lugares u horarios, un miedo que va más allá del simple temor a que les roben el reloj o el bolso. Un miedo propio, específico, esencial, y por desgracia abrumadora, atrozmente justificado. Abordar por separado, por colectivos, las necesidades de seguridad no sólo ayuda a tratarlas con auténtica eficacia (no hay que asegurar igual las ventanas de un parvulario que las de un edificio de oficinas, o los andamios que las piscinas), sino a comprender las razones que provocan esa inseguridad.
Y aquí sitúo mi segunda discrepancia: en la división, que parece desprenderse de la columna de Pedro Ugarte, entre las feministas y el resto de la sociedad. Como si aún de eso se tratara, de distinguir entre ellas y nosotros; como si el feminismo, es decir, la causa de la igualdad de las mujeres, fuera aún asunto de bandos y no estuviera (o tuviera que estar) metabolizado ya por la sociedad, integrado en todas sus capas -desde la mentalidad a la institución-, y empeñado en la única separación que aún cuenta, la que distingue entre el todos y el “esos”, esos energúmenos que aún las asesinan, las maltratan, las violan por la calle.
Defender las lenguas
16 Marzo, 2009
Me han coincidido en el tiempo la noticia de que cuatro carreras de Filología están ahora mismo amenazadas de desaparición en la UPV y un encuentro literario sobre El primer hombre, de Albert Camus. Y, como tantas veces sucede entre la literatura y la vida, los dos hechos se me representan, profunda, esencialmente unidos, porque El primer hombre es la novela autobiográfica del propio Camus, esto es, la historia de alguien que nació en un ambiente de absoluta pobreza material e intelectual (su familia era analfabeta) y al que la escuela pública francesa de aquellos años permitió convertirse en uno de los escritores-pensadores más influyentes del siglo XX, además de en Premio Nobel de Literatura.
Y la pregunta es si hoy los sistemas educativos son auténticos igualadores de oportunidades. Si garantizan que cualquier alumno, sea cual sea su entorno sociocultural de entrada, tenga a la salida un nivel de formación (de conocimientos, metodologías y curiosidad) que le abra el/al mundo con oportunidades equilibradas y posibilidades ciertas de elegir su futuro, y que le permita disfrutar plenamente del extraordinario patrimonio cultural de la humanidad. La respuesta negativa me parece, por desgracia, más que evidente. Y podríamos llegar muy lejos en la argumentación de esa evidencia, pero aquí cerca tenemos, por ejemplo, los informes oficiales. De acuerdo con la evaluación del último PISA, más del 40% de los alumnos vascos de ESO se sitúan en los niveles más bajos de competencia lectora (entre el 1 y el 2 de 5 niveles), es decir, casi uno de cada dos tiene serias dificultades para comprender lo que lee, lo que compromete seriamente las oportunidades futuras de todos esos alumnos y el porvenir de nuestras humanidades.
Por eso decía al principio que las dos noticias estaban íntimamente unidas, porque la eliminación de las filologías no es sólo cosa de la Universidad, sino también de la escuela; no se inicia con un decreto del Departamento de Educación, sino que empieza a fraguarse mucho antes, en el creciente abandono o en el progresivo desinterés de nuestro sistema educativo por las disciplinas humanísticas.
Vivimos seguramente en el país del mundo que más recursos personales, materiales y mediáticos destina al tema lingüístico, pero toda esa energía se concentra esencialmente en la convivencia entre nuestras dos lenguas. El debate no alcanza a la cuestión que, sin embargo, considero prioritaria, de la alarmante pérdida de capacidad lectora y verbal de los más jóvenes; es decir, de la grave crisis que va destruyendo su (nuestro) patrimonio lingüístico y, a partir de ahí, su capital de cultura, de desarrollo y expresividad de la inteligencia, de comunicación social y personal, de creatividad.
Suprimir las carreras de Filología me parece un disparate educativo al que hay que oponerse con urgencia, pero también con constancia, remontándose al origen del desastre, a su raíz.
Quitar(se) el miedo
9 Marzo, 2009
Dice un personaje de novela: “De una manera u otra siempre aparece el miedo. Siempre acabamos ahí, metidos en él como en un cuarto… miedo es el único aire que hay en este país para respirar”. Desgraciadamente, en Euskadi sabemos mucho de miedo. La gran mayoría de los vascos nos hemos pasado la vida en contextos o climas que lo favorecen. Primero los miedos que se acumulan, que se imantan en una dictadura (y antes, en una guerra); y después de la llegada de la democracia, los miedos que la amenaza de ETA ha sembrado en nuestra sociedad y que de tantas maneras han prendido, arraigado, condicionando nuestros hábitos de ocupación del espacio público y de los territorios de la expresión. Y por si fuera poco, a todos esos miedos propios se le suman ahora los miedos globalmente desatados por la crisis económica internacional.
Y por eso aquí, más que en ningún otro sitio, cabría esperar (y exigir) de los responsables políticos que contribuyeran no a alimentar el miedo de la sociedad sino a remediarlo, a exorcizarlo. Y por eso cuesta aceptar, e incluso concebir, que el PNV alimente ahora temores bajo fórmulas o mensajes del tipo: después de mí o sin mí en el Gobierno sólo cabe esperar una especie de diluvio social. Y se entiende menos aún, porque la perspectiva de un cambio de color de gobierno, después de treinta años ininterrumpidos de nacionalismo en el poder, genera expectativas y fundamenta razones quitamiedos.
La primera es que introduce una forma de normalización en Euskadi, de equiparación con cualquiera de los países de nuestro entorno y de nuestro ámbito natural donde la alternancia en el poder constituye la norma, esto es, la práctica más saludable, habitual y homologada del ejercicio democrático. La segunda razón quitamiedos está íntimamente ligada con la anterior, y es que con un nuevo partido al frente del gobierno vasco se aleja, en quienes lo han ocupado durante tres décadas, la oportunidad y/o la tentación de confundir el estar en el poder por con el ser en el poder o el poder mismo.
La tercera razón quitamiedos es que con la alternancia se anuncia otro cambio fundamental: va a concluir el ciclo de las divisiones, de la desoladora separación mantenida por Ibarretxe entre los nuestros y los demás, entre los que sí y los que no entienden Euskadi, en definitiva, entre los incluidos y los excluidos o exiliados de su proyecto de país. Va a cerrarse el conocido ciclo de la división y abrirse el de la condición ciudadana: el de la consideración de Euskadi como un conjunto de personas, de ciudadanos sin más, es decir, ni más ni menos. El PNV debería asumirlo y también que la transversalidad no es un parche que se coloca deprisa y corriendo ante el vértigo de pasar a la oposición, sino una actitud que se predica con el ejemplo constante, es decir, con lo contrario de lo que han (re)presentado sus gobiernos en los últimos años. Debería asumirlo y dejar de proponernos miedo, más miedo.
Escuela elctoral
2 Marzo, 2009
Escribe Witold Gombrowicz en su extraordinaria novela Ferdydurke: “Sólo con ayuda de un personal adecuado podremos conseguir que el mundo entero vuelva a la infancia”. Frase que, además de presagiar el presente (salta a la vista que en el mundo se invierten ya muchas energías personales y materiales en ese empeño), contiene una ironía de las que sacuden y agudizan las interrogaciones sociales. Y quisiera relacionarla con un mensaje electoral que me parece muy ilustrativo de la manera en que aquí nos han mirado y considerado nuestros gobernantes durante mucho (demasiado) tiempo. Me refiero a la campaña institucional diseñada por el Gobierno vasco para animarnos a participar en las elecciones de ayer: ese anuncio en el que una voz nos explicaba que el uno de marzo los vascos íbamos a volver al colegio, mientras se veía a unos adultos en clase, sentados frente a sus pupitres y muy atentos a los movimientos de una mano que les iba trazando en la pizarra el elemental dibujo de una urna. Como si los vascos fuéramos párvulos democráticos que aún necesitáramos cursos de voto tan básicos o simplistas como el allí impartido.
No me ha gustado nada esa infantilizadora campaña, sobre todo porque la he visto no como una excepción sino como un llover sobre mojado, como un ejemplo más del trato de menores de edad que durante años nos ha dispensado el Gobierno vasco, esencialmente por la vía de controlar, cocinar, corta-pegar, recubrir y/o difuminar la información desde y sobre lo público, hasta dejarla reducida a veces a una sustancia papillosa (lista para tragar con docilidad no para masticar críticamente); a veces, a una baraja de propagandas, titulares o envoltorios con la que no es posible jugar a otra cosa que no sean clichés, generalidades o superficies; y con la que el abordaje de los asuntos queda reducido a una cuestión de confianza o de fe, y no de entendimiento.
No sabemos aún cómo se va a configurar el nuevo Gobierno. Pero, sea cual sea su composición, entiendo que las crisis y las cosas han llegado en Euskadi a tal punto de saturación que hacen necesario el despertar de una ciudadanía vasca más crítica, más activamente atenta al poder. Que les exija a los gobernantes que la mantengan debidamente informada de la gestión pública, no sólo con veracidad, puntualidad y transparencia, sino además con sustancia, es decir, con datos fiables y argumentos consistentes sobre los que cada cual pueda fundar su análisis y su opinión. Y que exija también a los medios de comunicación públicos que no sean eco sino contraste del ejercicio del poder; que se llenen de preguntas clave y no de respuestas formateadas institucionalmente. Y que multipliquen las voces y los puntos de vista solventes y expertos, es decir, los debates sobre los asuntos y los retos sociales, culturales y políticos más, y más candentemente, contemporáneos.