Leyes de carnaval
23 Febrero, 2009
Acaba de anunciar Javier Madrazo su intención de promover en la próxima legislatura una Ley de Transparencia de las Administraciones Públicas y de Derecho del Ciudadano a la Información. Y una se (y le) pregunta ingenuamente por qué ha esperado a acabar su mandato, a que se cerrara el Parlamento y a que entráramos en campaña electoral para hacer esa propuesta. ¿Por qué no lo ha hecho antes? Si ese proyecto se hubiera presentado a su debido tiempo, a lo largo de las últimas legislaturas se habría podido aprobar esa ley (y otras también necesarias y pendientes de ese departamento) y al ciudadano vasco se le habrían podido ahorrar, por esa vía de transparencia, más de un disgusto y sobresalto (pongamos affaires Guggenheim o Balenciaga), junto con un montón de dinero que ahora mismo podría invertirse con mucho más fundamento y provecho social.
En cualquier caso, las leyes hay que promoverlas, aprobarlas, pero luego también respetarlas y, claro está, velar por su cumplimiento. Y es en el manifiesto déficit de observación y observancia de algunas de nuestras leyes donde quisiera detenerme hoy. Las llamaré leyes de Carnaval, aprovechando que estamos en época de disfraces, en el sentido de que su aplicación tiene tanto ropaje de enredos o “descuidos” de cumplimiento, que ya no se las reconoce. Pongamos la ley Antitabaco. Y voy a dejar la ingenuidad e incluso la ironía de lado para preguntar sencillamente ¿cómo hay que entender esto?, ¿cómo es posible que tres años después de la promulgación de la ley aquí siga siendo difícil distinguir con claridad dónde se puede fumar y dónde no?, y ¿por qué se permite en tantos sitios donde en principio está prohibido? Y. fundamentalmente, ¿por qué se deja que se acumulen las denuncias por incumplimiento en Euskadi y no se sancionan?; es decir, ¿qué modelo de responsabilidad y de credibilidad institucionales representa semejante dejadez?
O pongamos la ley que prohíbe vender alcohol a menores y cuya aplicación es un “coladero”, como indican los estudios sobre hábitos de consumo en los adolescentes; las voces de alarma de los servicios de asistencia que atienden los comas etílicos (nos llegará una nueva actualización de datos después de Carnaval). O la simple observación de la calle, donde reinan los botellones, claro, pero también consumos bajo techo, en locales donde pedir el DNI antes de poner la consumición no es precisamente la más habitual de las prácticas (estas navidades se han celebrado entre nosotros fiestas, ampliamente publicitadas, en las que se controlaba en la entrada el traje, pero no la edad, y a las que han acudido por ello montones de menores a ponerse “hasta arriba”, por no utilizar la expresión de uso corriente entre el chavalerío).
Este año los carnavales se sitúan en el centro de la campaña electoral, como una juiciosa alerta del calendario, digna de tenerse muy en cuenta.
Educación socio-sentimental
16 Febrero, 2009
Llegan estas fechas de San Valentín y las noticias, que casi siempre tienen que ver con los estragos que causan por el mundo los malos sentimientos, le hacen sitio al amor. Al amor entendido en sus vertientes más clásicas y tradicionales, pero también en sus formatos más contemporáneos. Y lo más fashion en materia amorosa, lo que se dice el último grito, es la píldora del amor, la oxitocina: un compuesto (dicho sea a bulto por carecer de los conocimientos científicos necesarios para el detalle) de neurotransmisores, materiales genéticos y hormonas, que unos investigadores americanos están poniendo a punto con el noble fin de provocar en los humanos emociones tan amorosas como la atracción y la confianza.
Es muy propio de nuestra época imaginar y desear que las cosas se hagan sin esfuerzo y que todo consista en tragarse algo y ya está. Por lo que a esa píldora del amor se le podría augurar, para el día en que saliera al mercado, un gran éxito comercial. Sin embargo, no creo que lo alcance, ni siquiera que llegue a comercializarse con fundamento. Seguro que hay gente poderosa que repara enseguida en la escasa rentabilidad de un mundo plagado de buenos sentimientos y le para los pies a esa píldora o enreda tanto su expansión que su amor ni se nota. (Ya sabemos lo que cuesta poner donde se necesita medicamentos y vacunas que, bien mirados, son como píldoras de amor, es decir, de apego y confianza en la humanidad). También dudo del triunfo de la oxitocina porque no creo que pueda reducirse a biología ese barullo de figuraciones y sentimientos que llamamos amor. En fin, que, aun suponiendo que el amor fuera efectivamente químico, nosotros nos tragaríamos su píldora e inmediatamente nos sumiríamos en la desorientación. En un desconcierto de efectos que, sobre todo si son claros y estables, no seríamos capaces de reconocer. Porque ignoro cómo es el amor en el ADN, pero en la experiencia humana -intensa y extensamente documentada- es variación, vértigo, torbellino, claroscuro, polisemia, duda cobijada en la esperanza y viceversa.
En cualquier caso todavía no ha llegado esa píldora; aún tenemos que abordar el amor por nuestra cuenta y riesgo. Y definirlo con ingredientes tan propios como la atención, el respeto y la empatía; elementos todos culturales, que pueden aprenderse y enseñarse. Y por mantener hasta el final el tono afectivo de estas líneas, una les pediría desde aquí a los partidos en campaña algún pronunciamiento sobre la educación socio-sentimental de nuestra juventud, que necesita, según dicen los estudios, renovada atención. Uno reciente revelaba, por ejemplo, que muchos jóvenes vascos tienen dificultades para distinguir en qué consiste realmente el maltrato en una relación, dónde se sitúa las líneas demarcadoras de la violencia de género. Como para ponerse a ello pedagógica y urgentemente.
Datos fiables
9 Febrero, 2009
“Sencillamente posarme sobre una verdad clara, es decir que permanece en un solo filo”, escribió Antonin Artaud. Y el paro es, desde luego, un filo que corta de raíz proyectos personales y familiares, que tiene capacidad para descalabrar el bienestar y la tranquilidad de las personas afectadas y de su entorno. Es un filo que crea además otro corte, dentro de la propia sociedad: la división entre quienes mantienen su trabajo y van a poder capear el temporal de la crisis en relativamente buenas condiciones y los otros, los que por haberse quedado en el paro van a vivirla en estado de precariedad y de alerta permanente. El desempleo es el efecto más negro de la crisis, su filo social más hiriente. Y es imprescindible abordarlo con absoluta seriedad y transparencia, es decir, desde su realidad más literal, evitando cualquier tipo de recubrimiento, distorsión o ficcionalización. Desde “una verdad clara”.
Y, sin embargo, los datos que recibimos no son claros. Como tantas veces sucede en Euskadi, estamos sumidos en una doble interpretación de nuestra posición en la crisis (el “hemos sido los últimos en entrar y seremos los primeros en salir” del lehendakari es cuestionado por economistas de nuestras propias universidades) y en una doble “contabilidad”: no coinciden las cifras que desde aquí se presentan con las calculadas en el ámbito estatal. Y leía aquí mismo hace unos días cómo el presidente del Consejo Económico y Social vasco pedía a los responsables del Instituto Vasco de Estadística-Eustat que revisaran la metodología que emplean para calcular las cifras del paro en Euskadi, porque era notable la discrepancia de sus cuentas con las del Instituto Nacional de Estadística y, desde luego, con las del Inem (cuyos cálculos no se basan en encuestas, sino en datos reales). Por ejemplo, de enero a diciembre, había 46.400 parados en Euskadi según el Eustat, 88.600 según el INE, y 100.637 de acuerdo con los inscritos en el Inem.
Evidentemente, esa diferencia no puede darse, porque los parados no son entidades abstractas ni hipótesis de cálculo, sino seres concretos, personas de carne y hueso perfectamente visibles y cuantificables. Los parados son reales y, por lo tanto, no puede haber confusión ni discrepancia en la medida de su situación. De su dura situación, que el Gobierno vasco no debería en ningún caso tratar de ficcionalizar ni de difuminar ni de recubrir con su habitual tendencia a las pátinas autocomplacientes. La crisis es lo que es, y hay que mirarla de frente y no sesgadamente desde el interés partidista y/o electoral. Y entiendo que deberían aprovecharse los informativos de EITB para tener a la ciudadanía vasca debida y puntualmente informada, a través de análisis de expertos y no de anuncios institucionales. De manera que situarse frente a la crisis no tenga que ser un acto de fe, sino de puro y útil conocimiento.
Monopopulismo
2 Febrero, 2009
Subirse a un autobús o a un metro, o simplemente pasearse por las calles de muchas ciudades europeas -y no sólo las de mayor tamaño como Londres, Berlín o París- supone acercarse a la realidad de sociedades visiblemente heterogéneas, compuestas por personas de distintos orígenes y pertenencias culturales. A la luz de esa explícita multiculturalidad, la sociedad vasca se representa aún de un modo extremadamente homogéneo, lo que suele llamar enseguida la atención de quienes nos visitan o nos observan con ojos curiosos y a la vez desprejuciados, es decir, libres de apriorismos o condicionamientos. Y así nos ven como lo que somos: una sociedad (aún) de semejantes, de parecidos. Pongamos, por ejemplo, a Ibarretxe, Basagoiti, López, Madrazo o Ziarreta en mitad de Picadilly Circus, o en el centro de cualquier debate auténticamente pluriidentitario y veremos lo poco evidentes que le resultan a todo el mundo esas “diferencias esenciales” que tanto, y a mi entender tan deprimentemente, le gusta jalear al lehendakari. En fin, que somos todavía una sociedad marcadamente monocultural, en una Europa que se culturiza ya en estéreo, en varias pistas.
Horizonte imparable, y en mi opinión, apetecible. Y hacía allí avanza todo el mundo, también la sociedad vasca, aunque nosotros vayamos todavía por detrás y, si atendemos al discurso del nacionalismo gobernante, además hacia atrás: hacia reivindicaciones de esencialismo identitario peor que obsoletas, ancladas en el etnocentrismo de un modo más o menos velado, o con más o menos recubrimiento mítico-sentimental. Porque ¿qué significa exactamente “este Pueblo”, señor Ibarretxe? ¿En base a qué estarían excluidos de él Patxi López o Antonio Basagoiti? ¿En qué lugar deja esa exclusión, decretada por usted, a la mitad de la población vasca que les considera y les vota como sus representantes?
Todas esas preguntas deberían tener para ahora una respuesta precisa. El lehendakari debería poner en las afirmaciones que lanza subtítulos muy claros, como para que los entendiera cualquiera, incluso aquellos que, en su opinión, tienen comprometido el entendimiento. Y para que lo entendieran también fuera de nuestras fronteras. El nacionalismo gobernante gusta de representarse puenteando a España y conectándose directamente con Europa. Pues debería probar qué efecto produce su discurso este-pueblista en las más significativas instancias europeas (de institución y de reflexión), cómo se interpreta allí en estos tiempos o a estas alturas multiculturales, y cómo le sitúa políticamente y en qué compañía, ese monopopulismo identitario con el que, además de dividir a la sociedad vasca y de agraviar a una mitad, retrasa en todo y para todos la comprensión y la preparación para lo esencial: el paso de una sociedad monocolor a otra felizmente multicromática y mestiza.