Por ejemplo
6 Septiembre, 2010
En estos tiempos en que lo habitual es que se olviden o se aparten palabras, que el vocabulario de uso y de pensamiento vaya perdiendo cuerpo y sustancia (en muchos casos está ya en los huesos), en estos tiempos pues de escualidez lingüística, el que nazca una palabra nueva podría verse como una buena noticia sin más; o podríamos de la manera más simple y natural alegrarnos de ese “experiendizaje” que Baketik, rompiendo, insisto, la tendencia a las bajas lingüísticas, acaba de poner en circulación entre nosotros.
Y, sin embargo, creo que la recepción de este nuevo vocablo tiene que ser menos espontánea o más matizada. Y quisiera decir en primer lugar que “experiendizaje” no me resulta una palabra particularmente atractiva. Por un lado, por su radical simplicidad: una elemental composición en cortapega. Por el otro, porque, a pesar de lo anterior es difícil, en el sentido de enmarañada de pronunciación o con un toque de trabalenguas. Y en cualquier caso su aportación conceptual no (se) abre a lo inédito (se espera de una palabra nueva que inaugure un nuevo territorio de significación); no es un umbral hacia lo inédito, insisto, sino que se mantiene en el recinto del lugar y del sentido comunes. Porque lo que Baketik nos dice, en realidad nos recuerda, con esta palabra es que “cualquier experiencia puede servirnos de aprendizaje”. En fin, que de la experiencia se aprende, sobre todo si se quiere aprender. No creo que haga falta una palabra nueva para decir esto tan clásico, o tan arraigado en la vivencia y en la conciencia humanas, desde que el mundo es mundo.
Tanto se aprende de la experiencia que en Euskadi sabemos ya un montón de cosas. Sabemos, por ejemplo, lo penoso y peligroso que es jugar con el lenguaje; forzar o retorcer el valor de las palabras; sembrar en su campo de sentido las hierbas invasoras de la ambigüedad o la manipulación. Conocemos de primera mano la tragedia que supone para la convivencia social y para la transmisión de valores cívicos a las nuevas generaciones, las apropiaciones indebidas de conceptos que durante décadas hemos padecido; el que enarbolen causas de palabra quienes de hecho nos las representan. Y sabemos, sobre todo, que en Euskadi tenemos un superávit de discursos y un déficit de gestos. O que en ese otro clásico de la sabiduría popular que dice que “obras son amores y no buenas razones”, nosotros estamos aún en el desapacible territorio del desamor.
Aprecio la voluntad de Baketik que busca con esta iniciativa dotarnos de una herramienta “para vivir mejor”. Necesitamos desde luego vivir mejor, pero no creo que para ello haga falta un “experiendizaje”, sino devolverle al vocabulario ya existente su sentido propio, pleno, claro, libre de colonizaciones desvirtuadoras. Y, sobre todo, necesitamos hechos; una infinidad de exámenes y gestos de conciencia; una abundancia de eso que la experiencia enseña a valorar y que se llama, desde siempre, predicar con el ejemplo.
Periferia con sentido
30 Agosto, 2010
En relación con la próxima negociación de los Presupuestos Generales del Estado, el PNV ha declarado recientemente que en el PSOE hay centro y periferia, y que el lehendakari, Patxi López, es periferia. Entiendo que los portavoces nacionalistas no lo han dicho en tono apreciativo sino al contrario, dándole a lo periférico un sentido minusvalorador o ninguneante. Lo que me lleva a dos reflexiones. La primera es que resulta paradójico que el partido nacionalista vasco defensor, en principio, de estructuras políticas como mínimo descentralizadas, utilice el término de periferia para desacreditar. Tan paradójico me resulta, que lo considero un signo más, entre tantos perfectamente observables, de que el PNV no entiende la periferia como una fuente de oportunidades y de alegrías, o lo que es lo mismo, que en realidad lo que defiende es un modelo centralizador, sólo que “a escala”, esto es, circunscrito a los límites de Euskadi.
Estas declaraciones que rebajan el valor de lo periférico me llevan también a una segunda reflexión. Y es la de que la política, sobre todo entendida y aplicada por algunos partidos, es definitivamente “otro mundo” con propensión a situarse por ello en otro tiempo o en tiempos de poca actualidad. Porque en el mundo más real, en la lógica de la vida misma y del arte y las ciencias sociales o de la creación y el pensamiento más contemporáneos, lo que sucede es que la consideración por la periferia no deja de crecer. Que no deja de aumentar el interés que suscita y el valor que se le atribuye como generadora de interrogaciones fundamentales y, a partir de ahí, de respuestas imprescindibles para la buena salud de nuestros tiempos. El valor de la periferia como territorio crítico, es decir, de cuestionamiento del monopensamiento, de la voz única. Como escenario de nuevos diseños y equilibrios identitarios. Como oportunidad y alimento de una coralidad social cada vez mejor entendida, más capaz por ello de igualdades y de inclusiones. En fin, que en el mundo más real y más puntual, la periferia se presenta mayormente como un concentrado de estímulos para el pensamiento exigente, para la creatividad significativa y, me atrevería a decir, que para la esperanza social.
En ese sentido, considero que el PNV ha cometido un error tachando al lehendakari de “periferia”; si lo que quería era rebajarle ante los ojos de la sociedad vasca, me parece que no ha acertado con el título, porque, ahora mismo, ser periférico no es un signo de menos, sino de más. Significa más polifonía, más contraste, más despertar y activación sociales. Y la prueba más evidente de todo ello es el cambio político en Euskadi, la alternancia, por fin, al frente del Gobierno vasco, que ha quebrado una inercia sucesoria de más de treinta años, instalada en nuestra vida política como un fatalismo. Las periferias son ahora mismo los centros del sentido del mundo; un sentido, como en este caso nuestro, liberador.
Picadillo
23 Agosto, 2010
Estudié de niña en un colegio que quedaba cerca de la Tabakalera donostiarra, cuando aún era una fábrica de tabaco. A menudo, cuando allí efectuaban alguna de las tareas propias del proceso -alguien me dijo que se trataba de la picadura-, salía del edificio un olor penetrante que llegaba hasta nosotros. No recuerdo si entonces ese olor me gustaba, pero, en cualquier caso, lo consideraba una parte valiosa del paisaje. Y estoy segura de que si hoy volviera a encontrármelo sería para mí una forma de magdalena proustiana, un potente agitador de recuerdos, sensaciones y metáforas. E insisto en la metáfora, porque aquel olor del colegio me ha hecho crecer asociando el tabaco a la materia educativa.
Nadie nace fumando; o a fumar se aprende, es decir, que se enseña. Quienes se inician en el hábito lo hacen por imitación u obedeciendo a lógicas de contagio más activas y organizadas. Hay una “educación” social y empresarial hacia el consumo, pero el tabaco también está relacionado con la educación cívica. Entiendo que fumar o no hacerlo constituye, en todas las ocasiones en que ese acto es público, una expresión de (des)consideración hacia los demás. Acabo de leer que, según un reciente sondeo, el 61% de los vascos aprueba la prohibición de fumar en lugares cerrados. Me incluyo en ese grupo. Y creo que el oponerse a esa medida se podrá argumentar, tal vez, sobre la base de los intereses, pero, desde luego, no se puede justificar sobre la de los principios. Sabemos de sobra que fumar es nocivo y que hacerlo al lado de otro es mucho más que molestarle -que también-; es perjudicar su salud, es decir, poner en riesgo su vida.
El debate sobre el tabaco se está centrando en esa medida que afecta a los locales públicos -y que ya es norma en la mayoría de países de la UE, incluso en algunos, como Italia, con quien compartimos muchos hábitos de ocio- y ese enfoque puntual hace que otros aspectos, tanto o más serios, de la cuestión queden en segundo plano. Me refiero fundamentalmente a la renovación generacional del consumo de tabaco. No sé si en alguna de esas encuestas de opinión se ha tratado de averiguar alguna vez cuántos ciudadanos preferirían que los jóvenes no empezaran a fumar; cuántos consideran lamentable, tanto en lo individual como en lo social, que lo hagan. Estoy convencida de que la inmensa mayoría de la gente, mucho más de ese 61% citado, desearía que los jóvenes no se iniciaran en ese hábito (un hábito del que, por otra parte, la mayoría de los practicantes adultos quiere escapar). La noticia de que las tabacaleras han rebajado el tabaco de liar hasta un nivel que casi no les aporta beneficio merece, en ese sentido, ocupar la portada del debate sobre el tabaco y mantenerse ahí. Esa picadura barata puede ser para muchos jóvenes una atractiva puerta de entrada en el consumo de tabaco, esto es, en el proceso de hacer con su propia salud a la larga (y a veces no tanto) una forma de picadillo.
Dosis de instalación
16 Agosto, 2010
Hace un año por estas fechas, medio mundo andaba protegiéndose la cara con una mascarilla o haciendo acopio de ellas, y en cualquier caso inquietándose ante la llegada de lo que se presentaba como la primera pandemia del siglo XXI. A la supuesta plaga primero se la llamó gripe porcina, y después gripe A o del virus H1N1. Su denominación pasó así de lo concreto a lo abstracto, del acceso libre al restringido, o, si se prefiere, de estar al alcance del entendimiento de cualquiera (el que más y el que menos sabe lo que es un cerdo), a entrar en una zona de comprensión reservada al conocimiento científico y/o experto.
Este desplazamiento del nombre de lo común a lo privativo debería habernos alertado desde el principio; deberíamos haberlo visto como un signo inequívoco de que todo el asunto se encaminaba hacia un terreno codificado, encriptado; viajaba, como quien dice, hacia la oscuridad. Pero no hubo alerta o si la hubo, no se atendió. Lo que en cambio los Gobiernos siguieron a pies juntillas y al unísono fue el consejo de los expertos de la OMS, y compraron dosis ingentes de antivirales y vacunas, la inmensa mayoría de las cuales no se han usado, porque no ha hecho falta, ni se van a usar, ya que la misma organización que declaró en junio de 2009 el inicio de la pandemia acaba de decretar hace unos días su fin.
La gripe A no pasará pues a la historia como la primera pandemia del siglo XXI, pero creo que su gestión por parte de la OMS ha hecho méritos suficientes para integrarse en la historia literaria contemporánea, en el apartado, por ejemplo, de la ciencia ficción o de la novela gótica y/o de vampiros. Puede calificarse de auténtica sangría el gasto que el “episodio” ha supuesto para las arcas públicas, en plena crisis además, cuando el ahorro farmacéutico es una realidad exprimidora y el copago un horizonte cercano. Y, sin duda, en el de la novela negra. Recientemente se ha sabido que algunos de los científicos que declararon la pandemia y aconsejaron las compras multimillonarias de antivirales y vacunas habían, en el pasado, mantenido vínculos con y recibido remuneraciones de las industrias farmacéuticas productoras de esos mismos productos, “detalle” que la OMS no había tenido a bien hacer público.
No sé lo que las autoridades sanitarias europeas piensan hacer con ese “material” ahora sin objetivo, pero el destruirlo sin más acentuaría, sin duda, la sensación de fiasco y/o de fraude que el tema ha provocado. Me permito proponer que a esos millones de frasquitos de vacuna se les dé un nuevo sentido, que se incorporen al patrimonio cultural, que se encargue a artistas de los distintos países que compongan, con ellos, obras e instalaciones a situar después en plazas y museos. Cosa de mantener las dosis de vacuna al alcance de la mirada crítica, como una auténtica alerta sanitaria (me refiero a la salud ciudadana), como un verdadero antídoto contra el olvido y la repetición.
Solas
9 Agosto, 2010
Según ibas entrando en el centro de Bayona en fiestas, te encontrabas hace unos días, con este cartel en francés: “Fiestas sí; violencia sexista, no”, como medio para recordar lo sucedido en el pasado y prevenir, para el presente, nuevas agresiones sexuales a mujeres. En el mismo sentido, el departamento de igualdad del Ayuntamiento de San Sebastián acaba de presentar, con la llegada de Semana Grande, su campaña contra el acoso y las agresiones sexistas, en la que se incluyen, en soportes bien visibles, mensajes como “no significa no”, un kit de supervivencia y hasta un cursillo de defensa personal. Y se podrían citar más iniciativas de este tipo que recuerdan que las fiestas, como tantas otras actividades comunes, aún comportan un plus de peligrosidad para las mujeres.
Constantemente se están haciendo encuestas de opinión. No sé si en alguna se ha incluido este tema alguna vez; si a alguien se le ha ocurrido preguntar cosas como ¿de quién es la culpa de que a las chicas las agredan durante las fiestas? Con la inclusión, entre las respuestas imaginables, la de que la culpa es de ellas por acudir. Porque está claro, es de una lógica aplastante, que si las mujeres no fueran a fiestas, no habría agresiones sexuales, por lo menos no de género. Del mismo modo que si las mujeres no trabajaran, no sufrirían las actuales discriminaciones laborales ni salariales (ganan un 20% menos, de media, por el mismo trabajo)… Y si me permito este recurso al sarcasmo y/o a la reducción al absurdo, es porque la violencia de género está adquiriendo una escala y una significación que, a mi juicio, exigen replanteamientos radicales y múltiples, de fondo, forma y tono.
El ministerio de Igualdad acaba de hacer pública una encuesta de resultados escalofríantes porque reflejan una mentalidad social que, frente a las víctimas de la violencia de género, se muestra severa e incluso recelosa. Tanto que tiende a invertir la culpa, la responsabilidad en el maltrato. Así, el 40% de los encuestados culpa a la maltratada por no irse de su casa; y en torno al 70% encuentra alguna forma de “justificación” en el maltratador, o al menos, de amortiguación de la pura y dura intencionalidad (o problemas psicológicos; o una “naturaleza” violenta o alcoholismo o tal vez haber sufrido, o presenciado, agresiones en la infancia). Mientras esa mentalidad no cambie, mientras no se abra a la pura empatía, a la simple justicia; no asuma que la lucha contra la violencia de género es una prioridad de interés general, habrá poco que hacer frente a la magnitud colosal, demoledora, de una violencia que ha asesinado ya a 42 mujeres este año. Mientras esa mentalidad no cambie, las mujeres maltratadas, presentes y futuras, seguirán desprotegidas, en peligro de más o de peor, porque a pesar de las medidas de protección, las órdenes de alejamiento y los discursos, estarán fundamental, socialmente, solas.
Expectativa
2 Agosto, 2010
Hace unos años acudí a la Love Parade de Berlín. No soy particularmente aficionada a los eventos multitudinarios, pero en aquello quería participar, o al menos, quería presenciarlo. Ahora, tras lo sucedido en Duisburgo, he sentido la necesidad de repasar las fotografías que saqué entonces; de buscar entre el gentío, el colorido, los paisajes repletos, algo como un signo o como un agarradero de sentido. Porque hace falta alguna forma de apoyo para enfrentarse a la idea y sobre todo a la realidad de que el argumento de una fiesta tenga como desenlace 21 personas muertas y centenares de heridas. Y me apoyo en la noción de expectativa. La expectativa que creo distinguir en muchos rostros que aparecen en mis fotografías, y que probablemente también en aquel momento me habitaba. La expectativa de que algo (bueno) suceda en ese evento que es, y por eso se acude, excepcional; de que una emoción inédita pueda conquistarnos, de que entre tanta gente surjan mimbres para un tejido fresco de relaciones, intercambios, comunicación. Que el encuentro permita, en fin, relaciones, aprendizajes y por qué no, una felicidad que dure más de un día.
Me sigue pareciendo emocionante esa capacidad de la juventud -dicho sea en el sentido del ánimo y no de la estricta cronología-, o mejor, esa ausencia de pereza de la juventud para acudir a un concierto o a un festival, aunque estos se celebren a cientos de kilómetros de distancia y los medios de transporte haya que improvisarlos o bricolearlos. Para hacer colas de horas y a veces hasta de días. Para parecer inmunes o, más elegantemente, indiferentes a las incomodidades, las apreturas, los alojamientos precarios, el frío o el calor. Me emociona esa disponibilidad, tanto que la identifico con la juventud misma. Y creo, en cualquier caso, que merece ser tratada no sólo con consideración sino además con curiosidad.
Vivimos tiempos en que, demasiadas veces, la cultura se confunde con o se extravía en el mero entretenimiento. Tiempos también en que el concepto de fiesta vive avasallado, colonizado, por el de simple juerga. Que divertirse se presenta mayormente como sinónimo de evadirse, a base de alcohol o de lo que sea, hasta el derrumbe. O, si se prefiere, que divertirse equivale a irse, ruidosa y progresivamente, durmiendo. Yo dudo de que los jóvenes quieran eso; en cualquier caso, creo que la juventud -como sensación, como experiencia- no lo quiere. Que la juventud no se mueve, no se junta, para dormirse sino para despertar. No por la anestesia sino por la expectativa. Que se meten en los conciertos, los festivales, los love desfiles, no como quien se encierra en un cuarto sino como quien se dibuja, lo más lejos posible, otra línea de horizonte.
A quienes acudieron a la Love Parade de Druisburgo, les metieron, al parecer para ahorrar costes de seguridad, en una explanada-encerrona mortal. Está, aunque falten aún pronunciamientos jurídicos y políticos, todo dicho.
Batasuna (in)creíble
27 Julio, 2010
Según los datos del último euskobarómetro, publicados hace unos días, dos de cada tres ciudadanos vascos perciben “poca o ninguna” voluntad democrática en el entorno de Batasuna. La misma encuesta señala que también ha aumentado el número de quienes creen en su desmarque de la violencia; pero con todo, es evidente que lo que prima es la incredulidad, que el proceso -si proceso hay- de “transformación” de la izquierda abertzale está muy lejos de resultarle creíble a la sociedad vasca, que la desconfianza le gana en este caso a la confianza por abrumadora mayoría, o por mucho más que una mayoría absoluta.
En mi opinión, lo que estos resultados revelan es la necesidad de introducir en el debate sobre la izquierda abertzale y sus “procesos” un nuevo ingrediente, o mejor, un nuevo protagonismo. En el pasado y en esa parte del presente que aún está obligada a mirar hacia atrás, ese debate se ha centrado esencialmente en las relaciones de la izquierda abertzale con ETA y su entorno. Entiendo que a partir de ahora -sea cual sea el momento por el que esté pasando Batasuna- el debate va a adquirir otro rumbo; que de ahora en adelante ese debate va a tener como eje las relaciones de la izquierda abertzale con la sociedad vasca. Que el tema central va a ser precisamente la “cuestión de confianza” apuntada, la credibilidad que a la ciudadanía vasca le inspire el nuevo “activismo” de Batasuna, la asunción efectiva y exclusiva, por parte de ésta, de los principios fundamentales del juego democrático.
Que el camino hacia esa credibilidad va a ser largo lo están diciendo desde ahora mismo los resultados del último euskobarómetro. Que la confianza de la sociedad vasca, Batasuna va a tener que ganársela lo vaticinan no sólo esos mismos datos de encuesta, sino la propia naturaleza de la confianza que, de todos los sentimientos humanos es, sin duda, el más exigente, el que necesita más cimiento para elevarse, mejor alimento para mantenerse en pie. He utilizado la palabra cimiento para insistir en la idea de que la confianza es algo que se construye, que se gana nivel a nivel; y que la izquierda abertzale si quiere resultar confiable, va a tener que involucrarse en lo que llamaré una “arquitectura de la credibilidad”, y elegir para ello un diseño verosímil, materiales concluyentes; y desde luego los cimientos que mejor y más significativamente puedan sostener el edificio.
No hay cimiento más fiable que el de la pedagogía democrática. Hay que recordar que en Euskadi casi un tercio de los jóvenes o justifica la violencia terrorista o se muestra frente a ella indiferente; y que esos jóvenes han sido o son particularmente permeables al mensaje de la izquierda abertzale. El que ésta se involucrara, con decisión, en la tarea común de recomponer la educación democrática de esos jóvenes sería, a mi juicio, una buena metodología para construir confianza, para pasar de lo increíble a lo aceptable.
Fútbol de valor
27 Julio, 2010
La final del Mundial es el primer partido de fútbol que he visto entero en mi vida. Me pareció que el suceso merecía esa atención por lo que tenía de excepcional; y al mismo tiempo de conector con un sentimiento rotundamente colectivo. Me resultó interesante, incluso emocionante, alejarme de mi estricta subjetividad - de aquello de que no me gusta el fútbol- para adentrarme en esa casi objetividad que supone hacer en común, lo más común. Hacer y sentir: porque yo también estaba a favor de la roja.
Me abstendré de hacer cualquier análisis futbolístico del partido; ya he dicho que me faltan conocimientos en la materia. Pero lo extradeportivo sí me siento capaz de observarlo, y lo menos que se puede decir del juego de los holandeses es que fue muy duro, o que se mantuvo en la frontera, en ocasiones traspasada, entre la dureza y la agresividad. Recuerdo particularmente una patada al pecho de Xabi Alonso que más que de un evento deportivo parecía propia de una secuencia de malos de Karate Kid. Y no creo que sea pecar de parcialidad ni de chovinismo considerar que España merecía ganar ese partido no sólo en el capítulo del más juego, sino también en el del juego más limpio; o dicho de otro modo, que de haber ganado Holanda el Mundial con o por gestos como el citado, esa victoria hubiera contenido también una parte de derrota de la deportividad. Porque el mensaje que se hubiera difundido a través de la colosal, vertiginosa, estructura mediática puesta en marcha para la ocasión; el mensaje transmitido hubiera sido el de una forma de “todo vale”, con tal de ganar. Fórmula que no puede ser de recibo deportivo.
Unir un evento como un Mundial con una reflexión sobre valores me parece, más que inevitable, imprescindible. Su cobertura es tan gigantesca, se retransmite tanto y hacia tantos lugares que es fundamental interrogarse sobre lo que transmite. Sobre cuáles son las visiones, representaciones, principios que prioriza; cuáles son también los que despierta. Y voy a detenerme en lo segundo, en ese “despertar” de valores y emociones. Se recordará sin duda el Mundial de Sudáfrica como el del primer triunfo de una selección española. Creo que en Euskadi lo recordaremos también por algo mucho más importante (me van a perdonar) que el fútbol: por la naturalidad y la visibilidad del apoyo a la roja; por las banderas de España colgadas de algunos balcones; por las bocinas y los jolgorios en la calle. Por, en definitiva, lo nunca visto, visto por fin. Por el despertar de lo que llevaba mucho tiempo dormido o encogido. Por la exteriorización espontánea, alegre, de lo muy sabido pero poco “escenificado”: que la sociedad vasca es, de verdad, un conjunto de pertenencias múltiples. Creo que este Mundial merece ser recordado por ese apunte o despunte de libertad; por esa imagen -naciente pero con todo el futuro por delante- de lo que significa ser todos y estar todos, con naturalidad, es decir, democráticamente.
Rectificación universal
12 Julio, 2010
Las noticias sobre educación acostumbran a llegarnos a goteo, a distancia unas de otras, como piezas, sueltas, desprendidas de un puzzle. Y así es muy difícil representarse entero el panorama, hacerse cargo de la situación. Creo que siempre, pero particularmente en asuntos del calado de éste, conviene mantener junta toda la información; arrimados y combinados todos los datos.
Hace unos días se hizo público que en Euskadi un 97,63% de los alumnos había aprobado la selectividad, y que en el resto de España se habían obtenido cifras parecidamente altas. Considerada así, en solitario, esta noticia invita al optimismo, a pensar que estamos ante un rotundo éxito educativo. Pero el optimismo se agrieta y las dudas surgen cuando estos resultados se acompañan de otros, cuando se los colocan al lado, por ejemplo, de los que arroja la última Evaluación Diagnóstica (llamada el Pisa español) y que sitúan las competencias educativas básicas de los alumnos vascos (matemáticas o comunicación lingüística…) en una posición media-baja dentro de la tabla de las Comunidades Autónomas. Y cuando ponemos este dato, a su vez, en contacto con los que revelan los sucesivos informes Pisa y que no dejan de colocar a España muy lejos de la excelencia educativa, a demasiada distancia de los países de referencia en esta materia.
Desde una perspectiva global, surgen interrogaciones más que razonables; ese abultadísimo aprobado deja de aparecer como un éxito y empieza a permitir que se le considere un indicador de que nuestra selectividad es una forma de “coladero”, o mejor, de que es una tendencia clara_ y entiendo que lamentable_ de nuestros sistemas de enseñanza, el colocar el listón de la exigencia a no demasiada altura del suelo educativo, o a homologar a los alumnos y sus competencias más bien por lo bajo. Impresión que se ve reforzada cuando se piensa que la selectividad es la puerta de acceso a la universidad, y se recuerda que no hay ninguna universidad española en la lista de las 150 mejores del mundo (sea cual sea el evaluador elegido).
Acabo de regresar de una breve estancia en Perú. Allí a las academias de enseñanza privada, que están fuera del sistema educativo oficial, las llaman “colegios no escolarizados”. Vista desde aquí, esa denominación parece una graciosa ocurrencia. Menos gracia tiene imaginarla como una metáfora perfecta de lo que nos sucede en materia educativa; de esa impresión de “desescolarización” que tantas veces producen nuestros escolarizados, y que tan crudamente reflejan los informes pertinentes y las constataciones que la simple observación permite.
Lo menos que se puede decir de nuestro sistema educativo es que tiene averías: de diseño, de motor y de ruta hacia la excelencia -entiendo que la democracia educativa es sólo la que impulsa hacia arriba-; y que necesita una urgente reparación, o mejor una sabia “rectificación universal” (como la que en Perú ofrecen los garajes).
Dar la cara
5 Julio, 2010
Quisiera decir desde el principio que estoy en contra del uso del burka en lugares públicos. En cuanto a que la mejor manera de oponerse a ese uso sea la promulgación de una ley específica, tengo serias dudas; considero que es necesario, en este caso, explorar otras posibilidades de regulación que sean no sólo generales, sino que estén inscritas ya en los principios de nuestras normas jurídicas. Pero para explorarlas haría falta ensanchar un debate que en nuestro país se está planteando, incluso cuando consigue escapar del pulso entre partidos, de un modo a mi entender demasiado limitado, por excesivamente circunscrito a una cuestión de pertenencia cultural. El enfoque “culturalista” o comunitarista no me parece el más adecuado. Porque entiendo que aceptar o no el burka en lugares públicos no tiene que ver con una determinada actitud hacia el Islam, sino con la relación que se mantiene con la noción misma de espacio público, es decir, de todos, donde estamos y cabemos todos; y a partir de esa noción, con el sentido mismo de la democracia.
En mi opinión el espacio público es en esencia el lugar donde uno da la cara, expresión que, en su sentido más corriente, significa asumir una responsabilidad para con los demás, y que por eso a mí me vale como definición de ciudadanía, de pertenencia cívica. Ciudadano es aquel que, reconociéndose como tal, actúa públicamente a cara descubierta, es decir, asume la responsabilidad de estar con otros en el territorio común y en un plano de igualdad. El que alguien en un espacio público pueda observar sin ser observado, identificar sin ser identificado, entiendo que rompe esa igualdad y que atenta contra la propia noción de ciudadanía. Ver a una persona con burka me produce el mismo efecto que me produciría encontrarme en un autobús, en la cola del cine, en un mercado o en un ambulatorio con alguien que llevara, como algo natural, la cabeza cubierta con un pasamontañas o una de esas capuchas (de lamentable evocación) que sólo dejan unas aberturas mínimas para los ojos y la boca. No veo la diferencia entre un pasamontañas - cuyo uso civil y público no creo que encontrara muchos defensores ni sumara muchos argumentos a favor- y un burka. En ambos casos lo esencial es que ocultan el rostro y al hacerlo rompen el equilibrio ciudadano. Y ese desequilibrio que se instaura, ese poder ver a los demás sin que los demás puedan vernos, equivale, en mi opinión, a una forma de espionaje privado; o a la escritura de un anónimo que se pone a circular por ahí. En cualquier caso, rompe con los principios de equivalencia y transparencia que de tantas maneras son sinónimos, y anhelos, de una auténtica vida democrática.
No creo que el debate en torno al uso del burka en lugares públicos deba centrarse en cuestiones de pertenencia cultural- haciéndolo se corre el riesgo además de generar tensiones entre comunidades- sino en consideraciones de pura definición y convicción ciudadanas.