Un minuto de silencio

8 Febrero, 2010

He dudado entre titular esta columna según aparece o llamarla “escándalo”, palabra que incluye el ruido entre sus sentidos. Pero elijo Un minuto de silencio por lo que tiene de llamada al homenaje en momentos que son de pérdida. No vivimos buenos tiempos; lo dicen abrumadoramente los datos. Día tras día se nos presenta un panorama económico “tocado” y en muchos ámbitos con el agua al cuello. La vertiente material de la crisis es objeto ahora mismo de una atención constante y justificada. Pero echo de menos, entre tantos diagnósticos y análisis necesarios sin duda, la presencia de lo inmaterial; aproximaciones a lo inmaterial, a las razones impalpables -no traducibles a datos contables o cómputos de (de)crecimiento- que han podido conducirnos hasta donde estamos.

La crisis es producto de muchos factores, entre los que creo que ocupa una posición significativa lo que llamaré la tentación de la irrealidad o la permanente distracción de la realidad a la que de tantas maneras se nos invita, por la vía mayormente de impedirnos u obstaculizarnos lo otro: la atención, la reflexión, la percepción del detalle ilustrativo. Creo, en ese sentido, que la crisis tiene mucho que ver con la ausencia de silencio o con la reducción al máximo de las ocasiones o de las condiciones para pensar. Vivimos rodeados de ruido, de músicas, de interferencias de fondo.

Y citaré algunos ejemplos que tal vez puedan parecer inofensivos y que, sin embargo, son para mí una parte esencial del problema al que nos enfrentamos o un elemento esencial de esta crisis (que es una crisis de modelo de vida y de cultura) por lo que suponen de ataque al pensamiento, a la alerta y a la productividad intelectuales. Espero un tren de cercanías en un apeadero. Estoy en el andén, esto es, al aire libre, y, sin embargo, desde unos altavoces me llega música. Entiendo que esos altavoces son necesarios para proporcionales a los viajeros informaciones puntuales, pero ¿y la música?, ¿es de verdad imprescindible? Me subo a un autobús interurbano, tengo por delante una hora de viaje, es decir, en teoría tiempo para sestear o leer o simplemente meditar, cerrando los ojos o sin cerrarlos, mirando por la ventana. Pero el chofer tiene, como suele ser habitual, la radio encendida en el programa de su predilección: noticias, deportes, música; lo que él ha decidido que oigamos todos, porque, desde luego, no oírlo, dado el volumen seleccionado, no resulta posible. No resulta posible nada que no sea esa distracción. Y podría seguir multiplicando los ejemplos y los contextos en los que los sonidos de fondo se hacen dueños de la situación, la parasitan.

Se insiste en que la crisis necesita soluciones más que puntuales, estructurales. En mi opinión éstas pasan también por bajar el nivel y el protagonismo de los ruidos ambientes, por restaurar las condiciones de la atención y el pensamiento, por institucionalizar los minutos de silencio.

Slow Euskadi

1 Febrero, 2010

Hace poco viajé de San Sebastián a Bilbao en tren. Salí de la plaza Easo a las diez y cuarenta y siete de la mañana y llegué a la estación de Atxuri casi a la una y media. Este encabezamiento podría servir para abordar, en un tono indignado, el estado de nuestras comunicaciones interurbanas y para reclamar ,entiendo que con razón, que no se escatimen esfuerzos ni decisiones (a alta velocidad) para aumentar los horarios y frecuencias de los autobuses, desdoblar las vías de Euskotren y apostar por los semidirectos de cercanías, no sólo hasta que llegue el TAV (que sabemos que aún va a tardar) sino para asegurarnos mientras llega y después, unos transportes colectivos realmente operativos y dignos de ese nombre.

Pero hoy evoco ese viaje de más de dos horas y media en buen plan o como un buen plan, porque la verdad es que fue una delicia. Me llevó por lugares por los que me parecía que nunca había pasado o que no recordaba haber visto jamás desde aquellos ángulos. O lo que es lo mismo, me permitió un forma de aventura en lo conocido, y me actualizó el refrescante pensamiento de que un paisaje, incluso el más familiar, encierra por dentro otro distinto, otro nuevo, otro impensado y así… en una organización como de cajas chinas o de muñecas rusas, atesoradas una en el interior de la otra, invitando a la apertura y el descubrimiento. Dado el ritmo (decimonónico) del viaje tuve tiempo además para observarlo y pensarlo todo con cierto detalle, reparando en matices que habitualmente, a la velocidad normal de la vida y sus desplazamientos, pasan inadvertidos.

Y quiero enlazar ahora las virtudes de este slow viaje con el lema promocional “Euskadi, saboréala” que el gobierno vasco acaba de presentar y que ha levantado no sé si polémica, pero al menos una evidente división de opiniones. Que el enunciado en cuestión no tiene nada de original, está claro. También, que evoca en exceso la_ entiendo que a estas alturas ya saturada_ vertiente gastronómica de nuestra cultura y nuestra imagen. Y sin embargo, con todo y en un sentido muy conectado con el de mi viaje en tren, ese lema me gusta, me parece una más que oportuna invitación a mirarnos, a mirar hacia nuestro país, despacio.

Porque eso significa saborear, tomarse su tiempo, regalarse la posibilidad del detalle, del matiz; de la comprensión por esa vía de que un país encierra dentro de sí otros, de rasgos insólitos, imágenes imprevistas, emociones recién estrenadas. Y creo que esa invitación a mirarnos lentamente, píxel a píxel, es una excelente propuesta para Euskadi. Para esta Euskadi nuestra tantas veces resumida en enunciados a bulto, en retratos hechos a brocha gorda, en visiones tan precipitadas que sólo dan para recoger el estereotipo y luego propagarlo. En “Euskadi saboréala” que no es desde luego un lema original, veo sin embargo una invitación a mirar a nuestro país originalmente; a conocerlo de una manera lenta y argumentadamente anticonvencional.

Bajo sospecha

25 Enero, 2010

Han pasado muchos años pero me acuerdo perfectamente del diálogo que mantenían Tip y Coll, en uno de aquellos gags suyos, de antología. Se trataba de volar a América: “Pero ese viaje nos va a salir muy caro. Que no; porque no nos tomamos nada en la cafetería de Barajas. Ah, bueno, entonces sí”. Y recuerdo ahora esta escena porque, en su aguda inversión de lo principal y lo accesorio, me parece de total actualidad. Hoy, en los aeropuertos, volar se ha vuelto lo de menos, lo accesorio. Lo principal, el auténtico viaje se produce antes de subirse al avión, en toda una sucesión de trámites y brusquedades que te dirigen, te obligan a sacar y a mostrar, te medio desvisten, te descalzan, te desplazan de aquí para allá, como si buscaran deslocalizarte de alguna de las nociones que tienes de ti mismo. Y es en esto último donde creo que reside la clave del asunto.

Y es que los tiempos que nos está tocando vivir pueden representarse como en las escenas patas arriba de Tip y Coll: antes lo normal era que al pasajero le diera miedo el vuelo; hoy es al vuelo al que le da miedo el pasajero. Y quien dice al vuelo, dice también a los bancos, a los edificios públicos, a los museos, a las grandes tiendas o a las mismísimas calles, que tienen miedo de la gente corriente y se pertrechan de cámaras, detectores, alarmas, dispositivos cada vez más sofisticados. Hoy, el ciudadano de a pie va por ahí (cuando entra en un banco a depositar dinero o a unos almacenes a lo propio o a una sala de exposiciones a lo natural o cuando se va de vacaciones aéreas), al parecer, metiendo miedo. Y por eso se le vigila y se le hace pasar por detectores (incluso en las bibliotecas cuando sale, es un decir, con un Quijote debajo del brazo), y se le monitoriza y se le filma; como si cada uno encerrara dentro de sí un ogro dispuesto a armarla en cualquier momento.

La última moda en vigilancia son los escáners que se van a instalar en los aeropuertos, supuestamente para garantizar nuestra seguridad, para tranquilizarnos. Y para tranquilizarnos se nos dice también que, a pesar de que nos van a rastrear de arriba abajo, nuestra intimidad va a estar preservada, salvaguardada. A mí no es la intimidad lo que más me preocupa en este caso (las imágenes pueden ser hechas y después destruidas con garantías); lo que más me inquieta es lo que esas máquinas, que van a desnudarte no sólo sistemática sino rutinariamente, suponen de renuncia al principio de presunción de inocencia; o de instauración normalizada del principio de presunción de culpabilidad, de consolidación banalizada de la idea de que todos debemos quedar bajo sospecha, pasar por el aro del recelo, por nuestro bien y por si acaso. Frente al riesgo que supone vivir en un mundo que renuncia o no defiende la inocencia supuesta, la confianza previa, que acepta sumirse en la sospecha total, el riesgo de volar sin escáner me parece menos, mucho menos, que una menudencia.

El homenaje

18 Enero, 2010

Me cuesta sumarme a la conmemoración del fallecimiento, hace ahora cincuenta años, de Albert Camus. La razón es muy sencilla: no consigo representármelo muerto. Por un lado, porque los autores que sigues leyendo viven contigo en igual realidad y a veces en más estrecha intimidad que los seres de carne y hueso. Por otro, porque la obra de Camus brilla ahora mismo por su vigencia -como se ha señalado estos días, también con mucho acierto en estas mismas páginas-, contiene interrogaciones exactamente contemporáneas y respuestas de las que necesita, al milímetro, el presente.

Y se ha insistido, y con razón, en el compromiso ético de Camus, que creo que ilustra perfectamente la postura que asume Kaliayev, uno de los protagonistas de Los Justos: la justicia no puede invocarse en la violencia; en nombre de la abolición de un despotismo no puede instaurarse otro mayor, no puede legitimarse la radical dictadura del terrorismo y el asesinato. Pero quisiera subrayar también el compromiso sensual de Albert Camus que es, como pocos, un escritor de la felicidad, del gozo de estar vivo, en contacto con el mar, con el sol, con la naturaleza “gratuita” que nos rodea. Y elijo el adjetivo a conciencia porque Camus vivió su infancia en Argel, en “un mundo de pobreza y de luz”.

De extrema precariedad no sólo material, también intelectual; su madre, por ejemplo, era analfabeta y casi no hablaba. Y, sin embargo, él llegó a convertirse en un pensador de referencia, en un artista imprescindible, en la figura que ahora mismo, desde tantos ángulos, desde tantos lugares, el mundo siente el deber y el deseo de homenajear. Y yo creo que no hay mejor homenaje para Camus que el de vincularlo con la escuela. Porque fue la escuela pública la que le rescató de la pobreza y de la ignorancia. Y por eso, en 1957, cuando recogió el premio Nobel de Literatura, Camus quiso dedicárselo a Louis Germain, su maestro de primaria, que le preparó y le ayudó a proseguir sus estudios.

No sólo está vigente la obra de Camus, también su experiencia se corresponde con el presente. Ambas con sus interrogaciones y convicciones deberían integrarse en nuestra escuela. La lectura acompañada, crítica, de una obra como Los Justos, sería una estupenda aliada para la educación en valores y en debates urgentes y fundamentales; o para preparar a conciencia y en las conciencias, la presencia en las aulas de las víctimas del terrorismo. Y creo que es también un aliado educativo, de primer orden, el no olvidarse del recorrido vital de Camus. El verlo como una referencia de lo que debe ser o conseguir una escuela digna de ese nombre: que cualquier alumno, con independencia de su origen, de la luz o la pobreza (material o moral) de la que provenga, puede salir de ella, formado y despierto, intelectual y éticamente; acostumbrado a pensar y asumir los retos y las responsabilidades de su pensamiento. Capaz de definir y decidir su futuro. Como Camus, todo el futuro.

Guggenheim en blanco

11 Enero, 2010

Es posible que en Nueva York sepan, para ahora, algo preciso acerca del proyecto de construcción de un Guggenheim 2 que la Diputación de Vizcaya promueve en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Es posible que allí sepan más, pero aquí estamos mayormente en blanco, o conocemos del asunto sólo algunas generalidades, la ubicación prevista y el vasto objetivo de aunar con ese proyecto arte y naturaleza. Es posible que los americanos tengan ya, entre sus manos, las concreciones que cabe esperar: informes de impacto ambiental, comparativas con intervenciones parecidas en entornos similarmente delicados, amplios descriptivos conceptuales, esbozos arquitectónicos, mapas de infraestructuras y accesos, nombres de profesionales y/o artistas susceptibles de integrar el proyecto, sondeos de opinión, estudios económicos y presupuestarios, escenarios de afluencia… Es posible que de todo eso sepan ya mucho en Nueva York. En Euskadi, muy poco.

La sociedad vasca, que tendrá que asumir la factura del nuevo museo si finalmente se construye, está sumida en la microinformación (alborotada); es decir, condenada a apoyar o rechazar el proyecto casi como en una cita a ciegas, recurriendo a la emoción, a la (des)confianza o incluso a la intuición. Cuando creo que deberíamos estar ya en condiciones de apoyarlo o no, con los ojos abiertos; crítica y motivadamente, sobre la base de datos y detalles concretos y contrastables. Por otro lado, la oposición del Gobierno vasco al proyecto parece apoyarse esencialmente en cuestiones medioambientales y de acaparamiento del presupuesto cultural. Y digo “parece” porque, de momento, sus objeciones tampoco se caracterizan precisamente por su extensión argumental.

Y, sin embargo, argumentos que oponerle al G2 hay, son de consideración, y entiendo que deberían integrar ya el patrimonio informativo de la sociedad vasca. Hoy quisiera esbozar tres. En primer lugar, el crítico estado de nuestras costas. Euskadi posee el porcentaje de litoral protegido más bajo de toda España (inferior al 15%). En este contexto, la intervención prevista en Urdaibai tiene todo de temeridad ecológica, de despilfarro injustificable de la escuálida herencia costera que vamos a legarles a las generaciones futuras. El segundo y el tercer argumento se apoyan en lo que llamaré la antigüedad turística y artística del concepto del G2. Imaginar que a los turistas de mañana les va a resultar más atractiva la visita a un enésimo museo que la experiencia de un enclave natural singular, supone, en mi opinión, pensar en sentido contrario de la flecha del tiempo. Y también considero anacrónico, obsoleto, plantear la relación entre arte y naturaleza en términos museísticos; o dicho de otro modo, pensar la naturaleza entre cuatro paredes, volverla un contenido cultural, en lugar de respetar y de ensalzar su continentalidad, su condición ilimitable de espacio de acogida para un arte fluido en ella, fundido en ella.

Realidad sobre reality

4 Enero, 2010

Todos los traedores de regalos tienen su encanto, naturalmente, pero yo prefiero a los Reyes Magos. Les veo muchas ventajas. Para empezar son tres y diferentes, lo que no sólo le permite a uno elegir, sino hacerlo con una anchura de criterios que incluye la multiculturalidad. Por otro lado, su fiesta se sitúa al comienzo del año, es decir, lo inaugura con una representación de generosidades. Además, cualquiera que haya olvidado el aspecto que tiene la confianza pura puede acercarse a la cabalgata (que presenta el atractivo añadido de ser lenta, esto es, de introducir en la expectativa el impagable alimento de la espera) observar los rostros de los más pequeños e inmediatamente recobrar su imagen, y su aliento.

Porque situarse en el vecindario de la confianza anima la esperanza y airea la responsabilidad. En fin, que te hace desear que a esos niños, tan atentos, los Reyes no les traigan nada decepcionante; que los adultos que somos sus reyes les propongamos sólo lo que vale la pena, sólo piezas para un futuro digno y feliz. Y habrá muchos modos de representarse esa dignidad y esa felicidad, pero hoy voy a resumirlas en el compromiso de ofrecerles un mundo en el que la realidad no sea degradada, devorada, por lo reality.

Lo menos que se puede decir es que la cumbre sobre seguridad alimentaria, también llamada del hambre, celebrada el pasado noviembre en Roma, ha despertado muy poco interés mediático y político (los líderes de los países más ricos de la tierra ni siquiera han acudido). Comparar los medios materiales e informativos que se la han destinado con los dedicados a la cumbre climática de Copenhague evidencia lo poco que el hambre importa y conmueve ahora mismo. No voy a detenerme en esa comparación para centrarme en otra mucho más sangrante. Porque otra de las noticias de fin de año ha sido la de esos concursantes de un reality de supervivencia, denunciados por una organización protectora de animales por haberse comido, en uno de los episodios del programa, una rata. Con la ayuda de los amplificadores de Internet, el asunto ha dado la vuelta al mundo, provocando indignaciones por aquí, adhesiones por allá; en cualquier caso una activación ciudadana considerable.

El que un hambre ficticia, diseñada y exhibida como entretenimiento, buscada por juego o por dinero, pueda movilizar o indignar más que el hambre real, es un signo del presente que desvirtúa el mañana, que lo destruye. Una actitud del presente que creo que hay que colocar no sólo entre lo inaceptable, sino también entre lo intransmisible. A los niños y niñas que esperan confiados la llegada de un regalo tenemos que ofrecerles lo contrario de esa ruina. Proponerles la realidad y lo que los seres humanos poseemos para transformarla y trascenderla, desde la conciencia hasta el deseo. La realidad y todo lo que puede superarla; no degradarla, hundirla en la miseria sin fondo y sin sentido del reality.

(Des)amor político

28 Diciembre, 2009

Los mandatarios de medio mundo, incluida la porción que nos corresponde, están preocupados por el alejamiento, desinterés e incluso antipatía crecientes que los ciudadanos muestran por la política. Les inquieta y están investigando sus motivos. No parece que vayan a tener que indagar mucho, porque las razones de este desapego se sitúan más bien en el terreno de lo evidente. Y en dos planos, uno general y otro de cercanías.

Empezando por el primero, creo que el desamor ciudadano por la política se corresponde punto por punto con el que la política ha mostrado por sí misma durante mucho tiempo. Los últimos decenios han estado marcados por la sumisión de lo político a lo económico. Las (auto)reglas del mercado financiero se nos han presentado como un fatalismo, como un orden o destino inevitables, con los resultados que conocemos y ahora mismo padecemos. Difícilmente se va a entusiasmar a los ciudadanos con la política si ella misma se acompleja, si no se reconoce la responsabilidad y la capacidad de protagonizar, en la teoría y en la práctica, construcciones y rumbos sociales justos, sostenibles, participables.

Vistas de cerca, con el zoom de la proximidad, las razones del desamor ciudadano por la política tampoco tienen pérdida. Empezando por la propia noción de mandatario que, aunque a algunos les cueste creerlo, no se refiere al que manda sino al que obedece, al que actúa en representación e interés de otro, en este caso, del ciudadano. Si se quiere que la gente vuelva a acercarse a la política, que no la reniegue sino que la alimente con su participación, hay que visibilizar del modo más explícito que un político es, por definición o como condición, un servidor público. Darle la vuelta al desamor político pasa por hacer brillar en presencias, en actos, gestos y actitudes perfectamente reconocibles, el principio de que un mandatario se debe al interés común. (Así, interpreto los resultados del último Euskobarómetro más que como una valoración crítica del aún joven gobierno, como una declaración de expectativas ciudadanas; creo que señalan una exigencia nueva y alta que hay que atender).

Y luego están los contenidos y la sustancia. Los ciudadanos se apartan de la política muy probablemente porque no la encuentran, y con razón, en ese mero, vano circuito cerrado de estribillos de oposición, de latiguillos de confrontación, de titulares sin continuación o argumento que van de un dirigente a otro y viceversa y vuelta a empezar, en que se ha convertido o se expresa mayormente el mal llamado “debate” político. La gente se aparta de la política porque en ese trasiego insustancial no la reconoce, no quiere reconocerla; ni quiere tampoco reconocerse: desaguar, desperdiciar, desvirtuar ahí su condición de ciudadano. Dejemos en el viejo año los obvios diagnósticos del desamor político; esperemos, exijamos ciudadanamente en el nuevo, los remedios. Feliz 2010.

¿Luces? de la ciudad

21 Diciembre, 2009

Estoy bastante de acuerdo con la decisión del Ayuntamiento donostiarra de reducir a su mínima expresión la iluminación navideña de la ciudad. Y digo sólo bastante porque, aunque comparto el resultado final, mis argumentos se sitúan en otra parte, aunque tal vez haya que decir en otra “partida”. Porque allí se ha hablado sobre todo de dinero: estamos en crisis, hay que ajustar al máximo los gastos municipales, y ese dinero de las luces corresponde destinarlo a asuntos de primera necesidad. Además, las actuales circunstancias imponen una austeridad que invita, como también se ha señalado, a recuperar el sentido más propio, más íntimo de la Navidad.

Hasta ahí, naturalmente, nada que objetar. Las crisis obligan, en lo social como en lo particular, a reconsiderar lo principal y lo accesorio, y las luces navideñas pertenecen sin duda a lo segundo. Pero creo que hubiera debido aprovecharse la ocasión para introducir en el debate otros argumentos más sostenibles y menos reversibles. Tal y como se han planteado las cosas, esta rebaja de la iluminación de las calles se presenta sólo como una fruta de temporada, como un apagón coyuntural que perderá su razón de ser en cuanto cambien las circunstancias y vuelvan unas vacas si no gordas (que ésas seguro que tardan en volver) al menos mejor musculadas que las que ahora mismo nos preocupan.

Y es precisamente en esa reversibilidad donde voy a situar mis reservas. Pienso que la decisión de rebajar la iluminación callejera no debe ser puntual sino constante, permanente; y extenderse además en el calendario, no afectar sólo a las navidades sino aplicarse al día a día. El argumento económico no es que sea importante es que es evidente, cae por su peso, o peor, por su lastre. Y por eso mismo corre el riesgo de hundir el debate en el presente, cuando lo que cuenta es el futuro. Para ahora ya sabemos que el futuro es esencialmente una actitud; que no consiste en esperar o en ahorrar hasta que esta crisis escampe y se pueda volver a las andadas; sino en lo contrario, en no volver a andar por ahí, en ensayar a conciencia otro rumbo de vida, un nuevo código de instrucciones para el uso del planeta y sus recursos; y para distinguir, en el terreno de nuestras necesidades, entre la realidad y la ficción.

Creo que la primera razón para preferir unas calles más sobriamente iluminadas, siempre, tiene que ser la ecológica, la empeñada en reducir no sólo el gasto energético (es verdad que hay adornos que consumen poco) sino la contaminación lumínica; ese derroche de luz -esa luz para nada o para poco más que su propio reclamo- que es característica e ironía de nuestras ciudades (dicho sea a escala general, aunque algunos países se nos adelantan mucho en lo que llamaré conciencia luminosa). Lo primero se aprecia sobre lo visible; lo irónico, por debajo: en el deslumbramiento cegador que produce tanto brillo; en lo que distrae o impide ver y prever tanta luz.

Campo de descarga

14 Diciembre, 2009

Dice Piglia agudamente que “no hay como el latín para calmar los ánimos”. Por lo menos se puede intentar, ahora que el proyecto de regulación de las descargas en Internet anunciado o asomado por el Ministerio de Cultura ha puesto el ambiente al rojo vivo, aquello de in medio stat virtus; no para incitar a dejar el asunto en unas estáticas e indefinidas tablas, sino como una manera de subrayar la necesidad de que ambos lados se alejen, en fondo y forma, de su extremo (casi dan ganas de decir de su extremidad, dada la poca cabeza de algunos de los planteamientos implicados). Y se puede imaginar una entrada en materia más desafortunada por parte del ministerio, un abordaje más torpe del asunto, pero cuesta. Creo que se ha intentado surfear sobre la ola creada por otras legislaciones europeas pero sin la debida tabla y sobre todo sin el conocimiento y/o la consideración suficientes del contexto en el que esa norma reguladora deberá aplicarse. España es uno los países donde más y más alegremente han florecido las descargas ilegales. Estamos, como es bien sabido, a la cabeza de Europa en piratería. Es esa cultura la que hay que regular y sobre todo reconducir, reconvertir al respeto por una propiedad intelectual que también debe actualizarse. Y entiendo que al Ministerio debe exigírsele no sólo que presente un proyecto con una argumentación jurídica irreprochable, coherente con nuestras garantías fundamentales, sino además un conjunto de pedagogías y medidas que sirvan para acercar posturas y diseñar nuevos escenarios y espacios de legalización de descargas, para cambiar así la mentalidad de barra libre de la que hoy participan tantos y tantos usuarios de Internet, que no es en absoluto defendible.

“Querer es poder”, decía el refrán cuando aún no existían Internet ni Photoshop ni gadgets que copian la intimidad y la creatividad de cualquiera en cualquier parte. Hoy ese inmenso poder no debe traducirse automáticamente por quererlo todo, sino por un equilibrio entre las posibilidades y los límites, como los que marca el respeto por los derechos de autor. Y ese equilibrio pasa, a mi juicio, por la imaginación y el pacto. Imaginación para multiplicar y abaratar en la Red las descargas legales; y para complementar los bienes culturales descargables con otros que vivan (y permitan vivir) fuera del trajín cibernáutico, en la materialidad de otros formatos, de otros escenarios, de otras relaciones de los artistas con su público. El pacto es, como su nombre indica, un compromiso de diseño y respeto de reglas dúctiles -pero reglas- para delimitar esa infinita libertad de juego que es Internet. Hay quien piensa que querer regularla es como pretender ponerle puertas al campo. Al campo no se le pueden ni se le deben poner puertas. Pero sí sendas balizadas que orienten justamente la marcha, que alejen al caminante de los despeñaderos de la propiedad intelectual, de los abismos.

Islas educativas

7 Diciembre, 2009

En uno de nuestros centros de interpretación de la naturaleza fui a ver, no hace mucho, una exposición sobre el agua, en la que se insistía en su valor y en la necesidad de usarla con cuidado y cabeza. Moviéndonos por el agua. Cada gota cuenta se titulaba la muestra. Acabé de verla y me dirigí hacia la salida, atravesando el parque que rodea el edificio. Cerca de la entrada principal hay una zona con juegos infantiles, además de una fuente de las que tienen un chorro (abundante) que se abre apretando un botón. En la fuente estaba jugando un niño bastante pequeño, pero que tenía la fuerza suficiente para hacer correr el agua; y en el tiempo que tardé en llegar a su altura lo hizo no sé cuantas veces, diez, doce, tal vez más; desperdiciando así un montón litros y no digamos de gotas. Hay que decir que el niño estaba rodeado de gente que le dejaba hacer; y acompañado de alguien que presumiblemente era su padre y que se levantó del banco donde estaba sentado cuando yo me volví hacia el niño para decirle que el agua no había que desperdiciarla. La cosa quedó ahí. El padre no se movió más y yo salí del parque, dándole vueltas en mi cabeza a la imagen de esa agua gastada inútilmente, bajo el subtítulo luminoso de “cada gota cuenta”. Una ironía poco risible y desde luego nada reconfortante.

Si he contado esta anécdota con detalle es porque creo que contiene elementos que pueden servir para abordar el tema -prioritario y urgente donde los haya- de la transmisión de valores a nuestros jóvenes. El primero tiene que ver con el sentido de la propia exposición, y de otros esfuerzos didácticos parecidos. ¿Sirven realmente para algo; tienen realmente capacidad para sembrar pedagogías sostenibles, es decir, para corregir los insostenibles contraejemplos de la realidad? ¿No convendría más, en lugar de multiplicar esas iniciativas de efecto relativo y/o incierto, concentrarse en dividir las que sí contagian conductas poco o nada civilizadas? El segundo elemento es el de la no intervención de los adultos. Ya (casi) nadie les dice nada a los chavales cuando hunden los zapatos en el asiento de enfrente, o llenan de cáscaras y envoltorios el suelo, o surfean en bicicleta por las aceras, o peor.

Y entonces lo que hay que preguntarse es cómo vamos a ponerle remedio, por ejemplo, al diagnóstico que de la juventud nos presentan los sucesivos informes del Ararteko (y que es sin duda el de una enfermedad social); cómo vamos a darle la vuelta a esa extensión en los jóvenes del apoyo a la violencia, el sexismo o la xenofobia, si todo se lo dejamos a la familia y a la escuela; si la escuela y la familia son islas (a veces desiertas), rodeadas de un océano de contraejemplos que llegan poderosos y sin freno desde la Red, la tele o la vida misma; y rodeadas de un mar de no intervención por parte de unos adultos que, distraídos, inhibidos o indiferentes, dejan que cualquier cosa pase ante sus ojos, como si no pasara nada.

Europa a los ojos

18 Mayo, 2009

Se acaba de celebrar en San Sebastián, propiciada por el diputado general de Gipuzkoa, una interesante jornada sobre los retos que ahora mismo plantea y tiene que enfrentar la Unión Europea. En un contexto de crisis global, con el horizonte aún incierto del Tratado de Lisboa, y en vísperas de unas elecciones al Parlamento de Estrasburgo, esa jornada y ese debate no pueden parecerme más pertinentes. De un modo general, porque la construcción europea necesita más que nunca abrirse de par en par a la comunicación ciudadana, liberarse mediante el intercambio de proyectos, conceptos y sentimientos de su ensimismamiento institucional cronificado. Y de una manera más singular y puntual porque estas próximas elecciones concentran el justificado temor a una desbandada -más o menos pronunciada según los países-del electorado, a que los índices de participación precipiten su caída. Porque la realidad es que no dejan de caer, como si el interés ciudadano por la UE se hubiera dejado hace tiempo el grifo abierto.

Y entiendo que lo general y lo particular están aquí también significativamente unidos, que estos lodos del desinterés o el desafecto, vienen de aquellos polvos del ensimismamiento; de esa polvareda de tecnicismos, opacidades, medias o cuartas tintas, de decisiones definitivas presentadas sin previos de debate, como caídas del cielo a menudo nuboso de Bruselas, que al ciudadano europeo le ha distorsionado o impedido la visión clara de su Unión. En fin, que la UE no se ha caracterizado en sus procesos ni por la transparencia ni por la comunicabilidad con su ciudadanía, sino por el recurso -en mi opinión, exagerado, temerario- a fórmulas más propias del despotismo ilustrado, del tipo: nosotros, los constructores políticos y técnicos, vamos haciendo las cosas, tú europeo/a de a pie limítate a confiar y a decir que sí cuando se te pregunte, a decir que bien. Y ese formulario ha podido funcionar porque la Unión era primero un sueño imprescindible después de tanta pesadilla bélica y, además, un proyecto a escala y rentable, presidido por criterios de eficacia económica.

Pero ahora corren otros tiempos. El pasado sangriento está mucho más lejos que el futuro inquietante. Y Europa ya no es un diseño a escala manejable sino a tamaño prácticamente natural (decir 27 países es apegar geografía e historia comunes). Y sobre todo hoy, el motor económico, además de estar averiado, es insuficiente para tirar del carro de la Unión. Hoy el reto es político. Y no hay política que se sostenga sin el apoyo ciudadano. Y no hay apoyo que se consiga durablemente sin atenciones claras y respuestas fiables, factibles. La Unión Europea se ha ido construyendo mayormente como en un reservado, de espaldas a su ciudadanía; y ahora ésta le va volviendo la espalda. Si la UE da un giro radical de orientación, si empieza a mirar a su gente a la cara, a los ojos, sin duda, la ciudadanía europea hará lo propio.

Juntos y revueltos

25 Mayo, 2009

Circula de nuevo en el ambiente, por aquí y por allá, con más o menos intensidad y acogida, el viejo debate acerca de la conveniencia de que niños y niñas, chicos y chicas se escolaricen por separado. Los partidarios (serios) de ese plan suelen aducir razones de “rendimiento”: separadamente los alumnos aprenderían mejor, los programas podrían ajustarse con mayor precisión a la edad y a los procesos de madurez, y se desactivarían prejuicios o estereotipos arraigados como el de considerar que hay materias masculinas y otras femeninas, lo que en la práctica puede cohibir ciertas opciones de aprendizaje o incluso dañarlas permanentemente. En fin, que en el seno de una clase mixta, la persistencia de este tipo de prejuicios podría hacer, por ejemplo, que una chica no sacara buenas notas en matemáticas, no quisiera sacarlas, por temor a que destacar en ese territorio ajeno la perjudicara dentro del grupo, la convirtiera en diferente o menos popular. Y lo mismo a los chicos en el caso de las asignaturas consideradas femeninas.

No soy en absoluto partidaria de esa opción segregada, entre otras razones porque la escuela debe ser anticipo de la vida y (buen) augurio de la sociedad; es decir, debe fundar adquisiciones fundamentales, capaces de orientar en la edad adulta; y entre esas adquisiciones esenciales se encuentra la de aprender a estar juntos, a convivir, hombres y mujeres, en equilibrio, respeto e igualdad. Instaurar esos valores educativos desde el principio, desde el parvulario mixto, me parece la mejor manera, por no decir la única, de erradicar prejuicios, de liberar a las generaciones futuras de la aún pesadísima carga de las discriminaciones y discordias de género. La mejor manera también de desactivar en vivo y en directo cualquier inhibición o penalización basada en obsoletas cantinelas del tipo: “los chicos son de ciencias y las chicas de letras, y los trasvases entre ambas tienen que considerarse excepcionales cuando no anómalos”.

Esta preferencia por la escolarización mixta es la mayoritaria y la oficial en nuestra sociedad, y la ola segregacionista no tiene empuje para amenazarla. Pero no creo que haya que dejar pasar esta ola (por pequeña que sea) sin más, sino aprovecharla, orientar su debate hacia el interior de nuestro sistema educativo mixto no para cuestionarlo pero sí para revisarlo e interrogarlo a fondo, para evidenciar sus (posibles) contradicciones de género; o lo que es lo mismo, para poner de manifiesto las segregaciones que aún pueden agazaparse y perpetuarse bajo la tranquilizadora superficie de la igualdad, de la mixtura educativa formal. Para comprobar, en definitiva, si o qué o cuánto falta aún (y me temo que aún falta) para que nuestros niños y niñas, chicos y chicas, se escolaricen no sólo juntos sino además revueltos, en contextos educativos definitivamente superadores de los estereotipos de género, inmunizadores contra cualquier deriva sexista.

De “ochomiles”

1 Junio, 2009

Conmueve ver a Edurne Pasaban terminando el descenso del Kangchenjunga al límite de sus fuerzas, aunque tal vez sea más justo decir al filo de sus fuerzas para significar lo lacerante de esa experiencia extrema. Se trata, en mi caso, de una conmoción múltiple o compleja, hecha, por un lado, de empatía, por otro, de un punto de desconcierto o interrogación sobre el sentido de tanto riesgo. Y hecha desde luego de admiración por quienes, como ella, ponen todo su talento y empeño para alcanzar esas cumbres desde las que se pueden contemplar, seguro, paisajes de una belleza vertiginosa, transformadora, insustituible. Pero hoy quisiera detenerme en la vertiente más colectiva de esas cimas o en su contribución más social, porque la ascensión hasta lo más alto de Edurne Pasaban también nos hace ascender. Nos obliga a ascender en el sentido de que para acercarnos a su experiencia necesitamos introducir nuevas escalas en nuestra reflexión-imaginación del paisaje, interior y exterior, que hasta-desde allí puede llegar a verse.

Y lo mismo sucede -por referirme a otro alto paisaje de nuestra cultura, literalmente cuajado de estrellas- cuando nuestros grandes cocineros nos proponen sus creaciones: su crecer gastronómico nos crece, nos empuja a introducirnos en otra dimensión del gusto y de la curiosidad cultural; a ligar sensualidad y mentalidad, placer y conocimiento. Y nuestra sociedad va abriéndose cada vez más a esas cumbres, sofisticándose en sus expectativas, volviéndose en determinados ámbitos culturales mucho más exigente. Mucho más dispuesta, en definitiva, a comprender y defender el privilegio que supone poder moverse con libertad y agilidad en diferentes alturas, poder elegir hoy la sencillez, mañana el reto; hoy el terreno cómodo del hábito, mañana el abrupto de la novedad o de la duda; hoy la belleza del nivel del mar, mañana el atractivo radical, desafiante de las cimas más altas.

En fin, que en algunos ámbitos es evidente que nuestras sociedades ascienden, avanzan con decisión hacia los ochomiles. Y por eso resulta aún más desconcertante y preocupante que en otros ámbitos culturales el proceso sea el contrario, que lo que se esté produciendo sea un descenso, una pérdida de habilidades de altura, un adormecimiento de la curiosidad y de la exigencia. Que obras que son, sin duda, ochomiles del patrimonio intelectual (es decir, natural) de la humanidad estén siendo relegadas, borradas del mapa educativo o crítico; que hacia esas cumbres de la literatura o el pensamiento no se organicen ya expediciones didácticas ni mediáticas. Que nos estemos quedando sin sus vistas.

Muchos de nuestros jóvenes manejan ya con soltura los nombres e itinerarios del Kangchenjunga, el Annapurna o el K-2, mientras que de Faulkner, Cortázar, Joyce, Duras, Woolf, Rulfo o Martín-Santos han perdido la ruta, y con ella la belleza vertiginosa, transformadora, irremplazable que (sólo) desde su cima puede abarcarse.

Reciclado vital

8 Junio, 2009

“Hay nuevos comienzos, en el lugar apropiado”, dice Nadine Gordimer en Atrapa la vida, y esas palabras podrían haber sido escritas para ilustrar el sentido del trasplante de órganos, porque eso supone la donación: un nuevo comienzo en el sitio más apropiado, más vital. Se acaba de celebrar el Día del Donante con el recordatorio de que más de 2.200 vascos viven gracias a un trasplante y de que Euskadi está a la cabeza no sólo de España, sino del mundo, en tasa de donación de órganos (40,7 por millón de habitantes). Pero las organizaciones e instituciones implicadas insisten en que no hay que dormirse en los laureles de esas buenas noticias, que se siguen necesitando órganos (sólo en Euskadi hay 250 personas esperando un trasplante) y que además en 2008 se produjo un ligero aumento (del 12% al 13,8%) en el número de familias que se negaron a donar los órganos de sus parientes fallecidos. Hay, por lo tanto, que persistir en los debates y las campañas de información y concienciación.

Y en ese sentido se nos recuerda que es fundamental que nuestro entorno conozca cuáles son nuestras disposiciones al respecto, que tenga claro que queremos donar, llegado el caso, nuestros órganos. Yo acabo de recibir mi tarjeta ONA, esa txartela sanitaria de segunda generación que nos va a permitir gestionar nuestros datos y relacionarnos con la Administración electrónicamente, vía Internet. Entre las informaciones sanitarias que incorpora esta nueva tarjeta podría incluirse nuestra decisión donante. ONA se convertiría de ese modo en un registro actualizado y autogestionado de nuestra voluntad, y además de fácil acceso, es decir, transparente para nuestros familiares, llegado el caso.

En cuanto a la concienciación, quisiera aportar a este proceso colectivo dos granitos de arena argumentales. El primero tiene que ver con la sostenibilidad. No se me ocurre nada más radical, esencial, espléndidamente sostenible que la donación de órganos. Nada más coherente con la responsabilidad ecológica, con el aprovechamiento civilizado y humanista de los recursos naturales que ese reciclado vital. Nada más esperanzador que esa recuperación de la materia de la vida. El segundo argumento tiene que ver con el hecho innegable de que todos somos trasplantados, de que todos vivimos gracias a aportaciones generadas y desarrolladas en otros cuerpos. Que la cultura, entendida en su sentido más extenso, más unánime, es un constante pasar de órganos (ideas, sentimientos, códigos, gestos, hábitos, pactos, enseñanzas, imaginaciones) de unas personas a otras, de unas generaciones a otras. Que no habría vida humana sin todos esos trasplantes que vamos recibiendo desde que empezamos a vivir. Las lenguas, sin ir más lejos, son un trasplante, una unidad entera de trasplantes que acogemos, alimentamos y transmitimos sin cesar, reciclada, maravillosamente.

En realidad

15 Junio, 2009

Nahiko es un programa impulsado por Emakunde para sembrar en los escolares vascos (a partir de los 8 años) la semilla del respeto y la igualdad de género, para concienciarles y posicionarles cuanto antes contra la violencia sexista. Hace unos días se presentaron en el auditorio del Kursaal los trabajos que han realizado en estos dos últimos cursos los alumnos participantes (en total 460 de 11 centros). Que en las escuelas se trabaje en y por la igualdad entre hombres y mujeres es elemental y fundamental, e iniciativas como la presentada -que se basa en la reflexión y en la identificación y rectificación de situaciones de maltrato y desigualdad- resultan esenciales y son, sin duda, instrumentos valiosos para despertar conciencias y fundar actitudes anti y contrasexistas.

Pero a estos programas hay que garantizarles una eficacia real, es decir, exterior a sí mismos, de manera que lo allí pensado, comprendido, decidido por los alumnos, pueda traducirse del modo más espontáneo y natural a la vida diaria, y garantizarles además un efecto duradero, de largo, o mejor, de eterno plazo. O lo que es lo mismo, el reto es conseguir que esa cultura de respeto e igualdad no sea sólo teórica sino práctica y, además, irreversible. Y es indudable que esos efectos reales y definitivos sólo pueden alcanzarse desde la más absoluta ausencia de contradicción educativa y desde la más absoluta coherencia social. En fin, con todo y todos mirando en la misma dirección antisexista. Lo que desgraciadamente dista mucho de ser el caso.

Porque en realidad y en la realidad el sexismo se sigue expresando y contagiando a través no sólo de circuitos y medios de una enorme eficacia expresiva (por ejemplo la publicidad, incluida la infantil), de una capacidad persuasivo-mediática colosal (por desgracia, mucho más poderosa que infinidad de nahikos reunidos), sino a través de pasividades o de inercias enquistadas en muchas instancias visibles y fundamentales, representadas incluso en el interior del propio marco educativo.

Leo con confianza, con alegría, la crónica de lo sucedido el otro día en el Kursaal, el testimonio de la claridad y la asertividad con que los niños y niñas que han participado en Nahiko presentaban sus aprendizajes igualitarios. Pero ni mi confianza ni mi alegría pueden ser completas; están heridas o empañadas por temores generales y ejemplos concretos. Como éste que ahora mismo veo por la ventana: la misma escena escolar que he contemplado tantas veces, a lo largo de este curso, y del anterior y del anterior: unos niños jugando al fútbol, ocupando a sus anchas casi todo el patio de recreo, y a su lado, unas niñas agrupadas en los márgenes, como en el arcén de ese terreno ¿común? La educación en valores igualitarios y contrasexistas necesita, sin duda, una pedagogía específica, que se pongan en marcha programas como el citado, que se hagan cosas. Pero también exige que otras cosas se dejen, definitivamente, de hacer.

Lavadero

22 Junio, 2009

Recuerdo el lavadero que existía, cuando yo era niña, detrás del antiguo mercado del barrio de Gros. Lo recuerdo muy bien porque allí, en verano, solían representarse funciones de guiñol. Y a mí me encantaban las aventuras de Colorín y compañía, me fascinaban aquellas voces grandes que surgían de los cuerpos diminutos de las marionetas. Y es muy posible que allí mismo empezara yo a interrogarme sobre cuáles son los lugares más propios de la cultura, y a comprender que éstos no siempre se sitúan donde parece. La vida me ha llevado a frecuentar, casi por las mismas razones, otro lavadero, el de Loiola, donde hoy se ubica la Casa de Cultura de ese barrio, que se ha ido convirtiendo con los años en un entorno de privilegio para la poesía. Allí hemos tenido la oportunidad de escuchar, muchas veces, palabras esenciales, en el sentido de vigentes, relucientes, capaces de comunicar sin desfallecimiento ni desgaste. Palabras de verdad. Allí, hace muy pocos días, un joven poeta, Claudiu Komartin, recitaba en rumano a Gabriel Aresti -precisamente Egia bat esateagatik- en uno de los actos más emocionantes de Literaktum,

Volvemos a necesitar expresarnos contra el terrorismo. El asesinato de Eduardo Puelles García nos devuelve a ETA en su macabra repetición; y nos obliga a conjugar en presente lo que queríamos (tanto) que fuera definitivamente pasado; y a poner una vez más en nuestras mentes y en nuestros labios las mismas emociones y las mismas palabras de rechazo, resistencia, condena. Pero siendo las mismas tienen que ser nuevas, expresarse como recién nacidas, sin desfallecimiento ni desgaste. Porque sin duda ETA siempre tiene eso entre sus intenciones, siempre persigue eso: además del sufrimiento personal y social, el desgaste, la pérdida progresiva de ímpetu, de aliento, de confianza en el valor combativo y movilizador del lenguaje. Como si por decir tantas veces contra el terrorismo pudiera parecernos que todo está ya dicho, que no hay más que decir o que no vale la pena seguir diciendo.

Tal vez por esa razón, al enterarme de este nuevo crimen, se me ha colado, entre los pensamientos tristemente reconocidos y las emociones desgraciadamente familiares, la imagen de esos lavaderos convertidos en escenarios donde resuenan palabras claras y rotundas, inmunes al desaliento, la dejadez, la ambigüedad, la (in)diferencia. Tras el atentado que le ha costado la vida a Eduardo Puelles, el lehendakari ha dicho -entiendo que condenando y ahuyentando a un tiempo fantasmas del pasado- que ETA ha asesinado a “un trabajador de este pueblo; a uno de los nuestros como todas las víctimas del terrorismo”. Y yo he escuchado sus palabras como si hubieran sido dichas en uno de esos lavaderos, o como si representaran el cimiento de un lavadero de lenguaje contra el terrorismo; de un espacio público, decidido y definitivo, de expresiones sin distingos, sin reservas ni ambigüedades, de dichos dispuestos a confirmarse en hechos.

Hacer corriente

29 Junio, 2009

No soy fumadora, lo que no me libra de volver muchos días a casa con la ropa oliendo a tabaco. Sinceramente, prefiero otros perfumes, gusto que además comparto con la mayoría de los fumadores que conozco, a quienes esa peste a humo frío también repugna. Y si el tabaco deja ese tenaz rastro en la ropa qué no les hará a los tejidos muchos más frágiles y sutiles de nuestros pulmones. Pregunta ésta puramente retórica, porque de sobra conocemos ya a estas alturas los estragos que causa el tabaco por activa o pasiva. En fin, que el que alguien te esté fumando al lado supone algo más serio que un molesto acompañamiento. Y, sin embargo, pervive entre nosotros la mentalidad -no sé a qué escala pero en cualquier caso con la suficiente amplitud como para hacerse muchas veces evidente-, esa mentalidad que ve en el fumador al agredido, y en el otro, el que se permite decir, incluso del modo más educado o tímido, ¿te importaría no fumar, o echar el humo para otro lado, o alejarte un poco?, al aguafiestas, el borde, o, ya puestos, el intolerante, porque lo progresista debe de ser fumar (p)anchamente.

Tiendo a no plantearme con radicalismo este asunto del tabaco, en el sentido de que prefiero en general excluirme que enredarme en constantes negociaciones o conflictos de intereses; en fin, que procuro evitar los locales y situaciones donde se fuma. Pero sí reconoceré un punto de radicalidad: esa identificación-confusión del agresor con el agredido del tabaco me produce una preocupación radical (seguramente porque en cuestión de responsabilidades confundidas o mal puestas en Euskadi llueve sobre mojado); concentro en ella el signo clave o el resumen de los cambios que hay que acometer y de las decisiones públicas y privadas que hay que adoptar cuanto antes, sencillamente para homologar nuestros ambientes con los del resto de los países de nuestro entorno más natural, donde ya no está permitido fumar en ningún local cerrado.

Ese cambio no va a venir, desde luego, de la actual ley antitabaco, que, a mi juicio, no ayuda en nada, ni en su teoría, que resulta -en esa especie de sí es no, de aquí sí y aquí no o, si se prefiere, de escritura en medias tintas- compleja, confusa, por no decir extravagante, ni, desde luego, en su práctica: es evidente que se trata de una ley mucho más expresiva en sus incumplimientos que en su observancia. En Euskadi, sin ir más lejos, hay más de 250 denuncias que se han quedado en nada porque el anterior Gobierno lo dejó, como tantas cosas, estar. El actual Gobierno, a través de las consejerías de Sanidad y Asuntos Sociales, acaba de anunciar que va a replantear el debate. Lo que personalmente celebro como una apertura de ventanas para que circule el aire, la corriente que se lleve de aquí los humos y los miedos. Y es que la experiencia de todos los países donde ya no se fuma es que el ocio no va a menos sino a más, que no languidece sino que se acomoda, imaginativamente, al aire libre.

Lo más natural

6 Julio, 2009

Según el último estudio del Observatorio Vasco de Inmigración, la percepción que nuestra sociedad tiene de la población extranjera no sólo se sitúa en un nivel de aprobado raspado, sino que tiende a degradarse. Cada vez son más los vascos que piensan, por ejemplo, que los inmigrantes abusan de las ayudas sociales; o que de algún modo los asocian con la inseguridad ciudadana. Es decir que, lenta pero sostenidamente, decrece entre nosotros la aceptación y aumenta la desconfianza hacia los inmigrantes. Lo que resulta particularmente inquietante si tenemos en cuenta que en Euskadi el porcentaje de extranjeros es aún bajo (6,1%) y que va a ir en global lógica a más. Y que la crisis no va a escampar mañana mismo, con lo que eso implica de dificultades y tensionados sociales. Parece pues urgente hacer un esfuerzo público-colectivo por situar las percepciones sobre la inmigración en su sitio, porque entiendo que están en más de un sentido y debate deslocalizadas. Devolverlas a su sitio es ajustarlas con la realidad, porque muchas de las impresiones sociales que el citado estudio revela son inexactas. Y resulta llamativo que contribuyendo los extranjeros como el que más (según el Gobierno vasco en 2006 cada inmigrante aportó 1097 euros más que cada autóctono), a la riqueza común, muchos vascos sigan creyendo que se aprovechan de la protección social; o que hay tres veces más inmigrantes de los que en realidad viven en Euskadi.

En mi opinión -y dejando a un lado el hecho de que aquí en materia de identidad nos hemos pasado mucha vida social ahogándonos en un vaso de agua-, éstas y otras distorsiones se deben a un sobredimensionado informativo y mediático del fenómeno, en el sentido de que muchas noticias se deslocalizan o se focalizan sobre la inmigración. Y estoy pensando, por ejemplo, en la violencia de género donde se ha vuelto habitual señalar la nacionalidad siempre que la víctima o el agresor son extranjeros; como si el maltrato a las mujeres no tuviera en todas partes su propia denominación de origen. O en la delincuencia juvenil, que recibe tratamientos más o menos subrayados según la procedencia de los infractores; como si nos hubiera hecho falta la llegada de menores extranjeros para ver a jóvenes insegurizando nuestras calles.

Es muy infrecuente, por no decir insólito, encontrarse con un tratamiento de la inmigración que no incluya, además de esos desajustes de escala, alguna forma de utilitarismo (debemos aceptarlos porque nos conviene) o de problematización. Entiendo que la sostenibilidad y la felicidad sociales pasan por corregir esos abordajes, por sustituirlos por visiones precisas (que impidan la instalación de falsos estereotipos), mestizas o no compartimentadas (que permitan soluciones globales), y sobre todo nutridas de otros ingredientes: como el enriquecimiento cultural que supone; o la simple naturalidad. Porque eso es la inmigración, lo más natural del mundo.

(L)a cuenta

13 Julio, 2009

No me hacía una idea de lo que podía costar retirar una pintada de una pared, así que lo he preguntado. Las respuestas obtenidas me han sorprendido, la verdad, por su modestia. Los precios van de 8,10 a 20 euros el metro cuadrado, según el método utilizado y la textura de la pared en cuestión. En fin que, incluso poniéndonos en lo peor, no parece que la factura a pagar por un ayuntamiento por ver limpias sus paredes de dianas, amenazas, enaltecimientos e indignidades varias sea nunca demasiado abultada. Más bien al contrario.

Por esa razón -y aunque cuesta comprenderla, se mire por donde se mire- se entiende aún menos la postura del PNV, expresada por su parlamentaria Eugenia Arrizabalaga, que cuestiona la decisión del Departamento de Interior de obligar a los ayuntamientos a retirar carteles y pintadas relacionados con ETA. Considera el PNV que esa decisión es una injerencia que, además, no tiene en cuenta “la escasez de recursos” de los municipios. Es verdad que las crisis, que son por definición periodos de encogimiento, suelen dar también para algunas expansiones, entre ellas las demagógicas. Y sorprende además que el PNV haya pasado en unos pocos meses de considerar a Euskadi poco menos que un país de Jauja, a presentarlo como un lugar de tan escasos recursos que hasta el pago de una cuenta de limpieza, con los costes antes apuntados, puede suponer un descalabro en las cuentas municipales.

En cuanto a la acusación de injerencia, el artículo 4 de la Ley de Reconocimiento y Reparación a las Víctimas del Terrorismo deja poco espacio para la vacilación interpretativa, se expresa con una claridad de arroyo de montaña: “Los poderes públicos vascos velarán para que las víctimas sean tratadas con respeto a sus derechos (…) actuarán de manera especial contra las pintadas y carteles” de la índole que todos conocemos. Entiendo que la pregunta (parlamentaria o no) que corresponde en este caso no es si el Gobierno vasco puede intervenir sino ¿cómo podría no hacerlo, con qué derecho?

Lo que cueste limpiar las fachadas no parece que vaya a ser nunca muy alto (de todas formas el Departamento de Interior acaba de destinar medio millón de euros a dicha tarea). En cambio, el precio o la cuenta social que supone dejar al aire esos carteles y pintadas ya sabemos que es elevadísima: una inasumible cuenta de contra-pedagogías democráticas, de vicios de convivencia, de pérdida de oportunidades de crecimiento común, de deterioro de nuestra imagen exterior, de derrumbe de la libertad y la felicidad más íntima. A todo eso asciende la factura de mantener esos carteles y pintadas. A su lado, el coste de hacerlos desaparecer de nuestras paredes resulta minúsculo, y no debería verse como un gasto sino como una rentable inversión. No debería tener la consideración de cuenta. O a lo sumo sólo de cuenta atrás, hasta el despegue en Euskadi del respeto civil y de la convivencia digna, sostenidos y bien visibles.

Jóvenes con duda

20 Julio, 2009

Se están multiplicando los comentarios y referencias al reciente Informe del Ararteko sobre atención institucional a las víctimas del terrorismo, como otros tantos signos de alerta y preocupación más que motivadas. Porque en ese informe se recoge que casi un 30% de los adolescentes vascos o bien justifican (15%) la violencia etarra o se muestran frente a ella silenciosos o indiferentes (14%). Esas cifras resultan escalofriantes pero no sorprendentes, en la medida en que ambas posturas, tanto el apoyo como el silencio-indiferencia, constituyen la atmósfera cerrada que aún se respira en muchos lugares o ambientes de Euskadi, y en la que esos adolescentes del informe se están criando, con pocas o nulas posibilidades de contraste, apertura o ventilación.

Escribió Augusto Monterroso, con su dolorosa pero sabia y fértil ironía, aquello de que “era un hombre tan pequeño, tan pequeño que no le cabía la menor duda”. Los entornos en los que presumiblemente se desenvuelven muchos de los jóvenes de los que hablamos son espacios donde reina un hermetismo sin resquicios; ámbitos sin hueco para la menor duda. O donde estos jóvenes reciben tan poco aliento para la duda, la réplica, el posicionamiento crítico, que no pueden sino plegarse al viento dominante.

Y hablar de ambiente cerrado, hermético, significa referirse a una responsabilidad colectiva. Entiendo que la justificación y la indiferencia que esos jóvenes muestran frente a la violencia no tienen una sola causa o no se alimentan de una sola fuente. Que son multidisciplinares. Y es muy probable que dependan en gran medida del entorno familiar y social más próximos. Pero también de la incapacidad (más o menos explícita) del sistema educativo para constituirse en modelo alternativo. Y también de la (cuando menos) dejadez institucional que ha permitido durante años a los intolerantes ocupar, impune y megafónicamente, el espacio público con su estela de efectos secundarios. Y creo que a todo esto hay que añadirle la contribución de los medios de comunicación públicos, que no se han caracterizado precisamente por erigirse en paladines (in)formativos de la precisión y la claridad democráticas. Todos son, a mi juicio, factores de esta multiplicación desastrosa que ahora recoge el informe del Ararteko.

Pero si he acudido a ese texto agridulce de Augusto Monterroso es también por el tono. Porque entiendo que nada que afecte a los más jóvenes debe ser abordado desde la sola oscuridad, sin un punto de levedad u optimismo. Los adolescentes tienen todo el sitio del mundo por delante, es decir, terreno de sobra para nuevas siembras de tolerancia. Y aunque no se pueda introducir contramensajes en la intimidad de los hogares, sí puede hacerse desde fuera; en las calles, en los medios de comunicación y desde luego en las escuelas; sí se puede y se debe cimentar desde ahí, con determinación, coherencia y constancia, transformadoras pedagogías democráticas.

¿Política y cultural?

27 Julio, 2009

Hace unas semanas el Congreso instó al Gobierno a suprimir varios ministerios, entre ellos, el de Cultura. La moción, impulsada por ERC, se basaba en razones de austeridad administrativa y en la consideración por parte de algunos grupos (CiU, BNG y PNV) de que las competencias de esa cartera deberían estar en las autonomías. El asunto no retuvo durante mucho tiempo la atención mediática -creo que porque el cuestionamiento competencial no se llevó muy lejos-, y por ello no protagonizó ni siquiera un boceto de debate social. Y me parece una pena, otra oportunidad desaprovechada de abrir el melón de un tema que está pidiendo a gritos evaluaciones y reflexiones a muchas bandas y en profundidad. Me refiero al papel y a la responsabilidad de la política en la cultura; a qué tiene que entenderse y apoyarse como cultura desde lo público, en qué condiciones y con qué instrumentos de intervención. El asunto es urgente y amplísimo. Me limitaré en estas líneas a apuntar dos cuestiones.

Insisto en que la moción parlamentaria citada hubiera concentrado más atención y debate si el cuestionamiento competencial se hubiera llevado más lejos, hasta el interior de las propias comunidades autónomas. Por ejemplo de Euskadi, donde reinan multiplicadas, superpuestas, las instancias de gestión cultural. Estamos en crisis y se nos anuncian recortes presupuestarios por todas partes; pues el momento parece el perfecto para interrogarse sobre si es conveniente o, por el contrario, contraproducente mantener tantos niveles de competencias culturales (municipios, diputaciones, Gobierno vasco), si no habrá llegado la hora de resolver esa multiplicación institucional -que en la práctica es división- en alguna fórmula de gestión agrupada que permita una mejor definición de los criterios y un mejor aprovechamiento de los presupuestos culturales. Y el momento perfecto también para dotarnos por fin de una ley de Mecenazgo que permita que las contribuciones privadas vengan a engrosar y a alegrar los recursos que pueden y deben destinarse a la cultura.

La segunda cuestión se refiere a la necesidad, creo que también urgente, de deslocalizar algunos términos del debate cultural, de trasladarlos de la institución al ciudadano. Lo habitual es que se hable de competencias culturales para referirse (como los parlamentarios antes citados) al alcance de los “poderes” que detentan, en esa materia, las distintas administraciones. Entiendo que ese término debería traducirse a más contenidos y, fundamentalmente, al de la evaluación de cuáles son las competencias culturales que los ciudadanos han adquirido, extendido, desarrollado durante el ejercicio de esos poderes institucionales. Qué (in)formación, apertura, disfrute, lucidez han sembrado en la gente esas políticas culturales concretas; y qué procesos creativos han impulsado, con qué seguimiento y proyección. Con el fin de determinar su público sentido.

Hace poco, en un bar del centro de San Sebastián, me encontré ante una escena muy inhabitual, una rareza: en torno a una mesa estaban reunidos varios tunos, con su atuendo y sus instrumentos más tradicionales. Me acerqué a charlar con ellos. Me contaron que solían juntarse en ese local para ensayar y que, efectivamente, esa tuna donostiarra actuaba por aquí y por allá, en fiestas, despedidas e incluso rondas. También me llamó la atención que no estuvieran ensayando canciones del repertorio típico, sino uno de esos clásicos de la canción protesta latino-americana que para muchos adolescentes de mi generación significaron el primer motor y el primer catón ideológico, un despertar o un contagio de preocupaciones y solidaridades sociales no por elementales menos fundamentales. Todavía aún, cuando las escucho, siento que encierran en su voluntarismo lírico-político (”la vida es eterna es cinco minutos”), mucha más verdad y más capacidad de motivación y movilización que las que se pretenden en la mayoría de los discursos públicos, orientados, en principio, a la consecución de los mismos fines.

Ese encuentro con la tuna me alegró, aunque tal vez sea más preciso y más justo decir que me animó, que me hizo recuperar un punto o un tramo nuevos de confianza. Y pensé entonces y pienso ahora mismo que hay pocas canciones vascas de protesta contra la barbarie de ETA, desatada otra vez en estos entristecidos días de verano; que no estaría nada mal que nuestros jóvenes cantaran más contra ella, como cantamos contra las dictaduras de todas partes o contra los salvajes dictados de la discriminación y la miseria. No estaría nada mal que se pusieran a esa labor, que cogieran las guitarras y compusieran textos decididos y emocionantes contra el terrorismo; con mensajes capaces de contagiar aliento, exigencia solidaria, compromiso empático y moral. Capaces de situar con toda claridad las líneas de la infamia, las fronteras de lo infranqueable (”perfecto distingo lo negro del blanco”).

Se han subrayado, y con razón, las conclusiones del último informe del Ararteko según el cual el 15% de los adolescentes vascos justifican la violencia etarra y otro 14% se muestra ante ella indiferente. En estos días, después del atentado que ha costado la vida a Diego Salvá Lezaún y Carlos Sáenz de Tejada, no puedo dejar de pensar en todos esos adolescentes a los que estos asesinatos no van a conmover o que no van a poder expresar públicamente sus, ojalá, nacientes interrogaciones. Pero quiero pensar sobre todo en los otros jóvenes vascos, en ese 70% que condena el terrorismo. Quiero pensar en ellos e imaginarlos haciendo oír con fuerza su protesta; su canción vasca de protesta, emocionante y contagiosa. Muy contagiosa, como aquella que decía: “para hacer esa muralla tráiganme todas las manos”. Una muralla abierta al “corazón”, cerrada al “veneno, al puñal, al diente de la serpiente”.

Altos vuelos

10 Agosto, 2009

Quisiera, siguiendo la ambientación de las fechas, darle a la columna de hoy un aire turístico, en la estela de la noticia de que se ha decidido la ampliación del aeropuerto de Hondarribia. Dejando a un lado otras consideraciones, como los escollos que esta decisión tendrá que salvar para llevarse efectivamente a la práctica (desde el visto bueno medioambiental hasta el acuerdo con Francia), voy a centrarme en su vecindario. Porque justo al lado del aeropuerto se encuentra el parque ecológico de Plaiaundi, ubicado en la única ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) de Guipúzcoa, que es un auténtico tesoro ornitológico. Para subrayar con algún detalle esta afirmación diré que es uno de los pasos migratorios más importantes de Europa, donde pueden verse cientos de especies (el acumulado de observaciones indica más de 250). Que los carrizales de Jaizubia son probablemente los más extensos de todo el País Vasco. Y que toda la zona es uno de los mejores lugares con los que contamos para observar rarezas, es decir, esas aves que literalmente brillan por su ausencia y cuyo avistamiento constituye un acicate y un triunfo para cualquier observador científico o aficionado.

Todos estos valores de Plaiaundi podrían defenderse sólo con argumentaciones ecológicas, estéticas, incluso románticas, pero vivimos tiempos en que resulta definitivamente más persuasivo lo material. Así que insistiré en que las condiciones del parque y de su entorno son extremadamente atractivas desde el punto de vista económico. Que los turistas ornitológicos son una especie que, lejos de estar en extinción, aumenta cada día y protagoniza en consecuencia uno de los booms turísticos más significativos del momento. Como ya han comprendido comunidades autónomas como Extremadura, que ha convertido el birding en una de las estrellas de su oferta turístico-cultural. O la vecina Navarra, que está organizando y expresando brillantemente su riquísimo patrimonio ornitológico.

No es un nuevo o un más aeropuerto lo que necesitamos. Los tenemos de sobra, se mire por donde se mire, como quien dice, por los cuatro costados. En un área de 100 kilómetros a la redonda: Bilbao, Biarritz, Foronda, Pamplona y éste de Hondarribia que hoy nos ocupa. Plaiaundi, en cambio, es un entorno único y excepcional. Y creo que la auténtica apuesta de futuro pasa por ahí, por darle al parque cada vez más sitio, por ir convirtiendo lo aeroportuario en ecológico, al tiempo que se desarrollan y racionalizan sosteniblemente las comunicaciones con el resto de aeropuertos vecinos. Debidamente acondicionado (inexplicablemente el parque se ve obligado a convivir con unas instalaciones deportivas), este espacio puede convertirse en un auténtico santuario ornitológico, en una referencia internacional, en una cita obligada y apreciada. O lo que es lo mismo, en un proyecto-motor económico, científico y cultural para la zona y para Euskadi, con una rentabilidad de altos vuelos.

Sin comparación

17 Agosto, 2009

Las comparaciones tienen fama de odiosas. A menudo esto se debe a que calientan el ambiente, porque hay cuestiones que son como de pedernal: sueltas no producen efecto o sentido, pero basta con ponerlas juntas para que saquen chispas. Pero, en ocasiones, lo odioso de la comparación está precisamente en lo contrario, no en que aumentan la tensión del debate, la comprensión o la alerta, sino en que pueden rebajarlas o incluso desactivarlas (como las del tipo “tú más” o “tú peor”, que parecen querer decir algo cuando en realidad lo que buscan es no explicar nada). Creo que entre esas comparaciones enfriadoras hay que situar las que se aplican cada vez más al tráfico. Se ha vuelto corriente comparar los muertos más recientes de la carretera con los del año pasado, por las mismas fechas, o con los de periodos anteriores. Se nos informa con puntualidad (es casi la información pública que los ciudadanos recibimos más en tiempo real) del último cómputo de fallecidos y de que éstos van, estadística y afortunadamente, a menos.

Tengo mis dudas acerca del sentido de esta metodología comparativa; no acabo de convencerme de su utilidad. O, mejor dicho, su utilidad política me parece evidente: se trata de expresar ante la opinión pública que las medidas que se están adoptando -mayor rigor en las leyes y en las sanciones, carné por puntos, más y más sofisticados controles de velocidad, campañas institucionales que buscan despertar en los conductores no sólo la inhibición de ciertos comportamientos, sino la concienciación-, expresar que todas esas medidas están dando sus frutos. Lo que, en cualquier caso, resulta evidente. Se le van ganando vidas al asfalto es una proporción (en torno el 15%) si no espectacular al menos valiosa y sostenida.

Pero mis dudas se mantienen más allá de esa expresividad o justificación públicas. Me pregunto si ese comparar muertos con el pasado no será -además de un punto macabro- contraproducente, en el sentido de que permite leer en positivo o en tranquilizador lo que, por el contrario, habría que seguir mirando con horror, considerando con una alarma y una alerta máximas. Y es que la cruda realidad es que son multitud las personas que aún pierden la vida en el asfalto (en torno a 1.200 en lo que va de año). Y si no habría, por ello, que dejarse de comparaciones confortadoras e insistir sólo en lo peor, en todo lo que aún falta por conseguir, en todas las vidas que aún van a perderse, con lo que eso conlleva de tragedia personal y social.

Ese planteamiento en negativo actuaría, en lo privado, como un recordatorio de responsabilidad y prudencia (igual que el pitido que se activa en el coche si te olvidas de ponerte el cinturón), y en lo público impediría que las medidas institucionales se durmieran en los laureles o bajaran la guardia o perdieran tonicidad y actualidad; imprimiría a todas esas medidas y a sus impulsores una exigencia de auto-cuestionamiento y de autoevaluación permanentes.

Simplemente esenciales

24 Agosto, 2009

Se han cumplido cien días de la llegada de Patxi López a Ajuria Enea y se han multiplicado los análisis y los comentarios a la acción del nuevo Gobierno, sobre todo, los del PNV. Quisiera detenerme hoy en unas declaraciones del líder de ese partido en Vizcaya, publicadas en este diario hace unos días. Afirmaba Andoni Ortuzar que antes del cambio las cosas se hacían en Euskadi “con un umbral democrático envidiable” y reprochaba al nuevo Ejecutivo estar “más dedicado a lo simbólico que a gobernar el país”.

Es difícil entrar en el desglose de un término tan subjetivo como “envidiable”. Ignoro quién o desde dónde nos han envidiado nuestro umbral democrático. Sólo sé lo que, durante años, he visto aquí: la expropiación continuada, “normalizada”, del espacio público de todos por parte de los intolerantes; homenajes consentidos a terroristas; pintadas y carteles amenazadores o enaltecedores de la violencia, exhibiéndose a sus anchas; ambigüedades o esquinamientos varios a la hora de considerar a las víctimas del terrorismo (y su presencia, por ejemplo, en las aulas); confusionismo más o menos público, explícito (o subvencionado como en el caso de las ayudas a las familias de los presos) entre víctimas y verdugos. Me gustaría saber dónde resulta envidiable este panorama. No estaría mal que el PNV además de declararlo lo detallara. En cuanto a la segunda declaración, que reprocha al nuevo Gobierno el dedicarse a lo “simbólico”, resulta cuando menos paradójica viniendo del dirigente de un partido que, sobre todo en los últimos años, ha conducido sus gobiernos por la senda, estrecha y unidireccional, de las abstracciones identitarias y de las “esencias”; un partido mucho más apegado a las simbologías de un pueblo vasco fijo que a las dinámicas de una sociedad vasca no sólo plural, sino en continua y necesaria transformación. Interminable es la lista de las referencias, apelaciones u objetivos etnocéntricos que han marcado los últimos gobiernos nacionalistas.

Pero, en mi opinión, el citado comentario del señor Ortuzar encierra, además de esa paradoja, una confusión entre los símbolos y los principios. Velar por el cumplimiento de la legalidad; definir con meridiana claridad, con inconfundible transparencia, los límites de lo inaceptable; defender a las víctimas; limpiar las paredes de nuestros espacios públicos de pintadas violentas; todas estas cuestiones, mejor dicho, todas estas acciones no pertenecen a la categoría de lo simbólico, sino de lo práctico, esto es, de lo palpablemente traducible a la convivencia de todos los días (traducible y traducido ya, porque sólo han transcurrido unos pocos meses y en Euskadi se percibe otro ambiente social, se respira otra atmósfera). No son gestos simbólicos, sino actos concretos; de pura concreción de la responsabilidad política, de pura aplicación de principios democráticos que no creo que haya que considerar envidiables, sino simplemente esenciales.

Sujetando el hilo

31 Agosto, 2009

“Se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”. Julio Cortázar se está refiriendo aquí al “cielo”, a la última casilla de la rayuela, ese juego cuyo escenario se pinta con tiza en el suelo y que aquí llamamos txingos. Pero su frase abarca mucho más sentido, en ese recordarnos que cualquier altura está al alcance del esfuerzo humano, o que no hay “cielo” que no se pueda conseguir, siempre y cuando, eso sí, uno ponga de su parte o uno se ponga manos a la obra. E interpreto que Cortázar quiere recordarnos también, con esta frase de Rayuela, que las más altas aspiraciones deben pensarse y activarse siempre con los pies en el suelo, en la realidad de gestos auténticos, concretos, cotidianos.

Como broche a las fiestas de Semana Grande, y como manifestación además de la candidatura de San Sebastián a la capitalidad cultural europea en 2016, el Ayuntamiento donostiarra organizó en la playa de la Zurriola un encuentro de cometas por la paz. Mucha gente se reunió allí para echarlas a volar y entiendo que para poner en el aire también, junto con esas alas, las de la ambición de una convivencia libre de crímenes y de intolerancias, basada en la consideración del otro y en el respeto de las reglas del juego democrático. He escrito “ambición”, pero creo que es más apropiado decir “intención”, palabra que va más lejos, que anuncia un compromiso activo y por ahí se encarrila, porque la paz no está en la cometa ni en el cielo por el que discurre, sino en las manos que, sujetando el hilo, orientan su vuelo. En las manos de cada cual.

Por eso pensé entonces y pienso ahora en Cortázar, en su cielo terrestre, conseguido a pasos ciertos, sostenidos. La paz no es una abstracción, sino el resultado de gestos democráticos constantes, particulares y colectivos, íntimos y sociales. Y en Euskadi esa gestualidad necesita ponerse al aire y al día. Se necesita imprimir voces donde ha habido silencios, por ejemplo, o presencias en las ausencias. Y romper inercias o resignaciones que han “naturalizado” lo antinatural. Se necesitan, en definitiva, cada vez más manos que cojan el hilo de la cometa del civismo y la hagan volar decidida, expresivamente, por todo lo alto.

Y lo que vale para la convivencia democrática vale igualmente para la cultura (motivo también del encuentro de la Zurriola) y hasta ella quiero llevar esta reflexión de hilo. Vivimos tiempos de confusionismos y de reduccionismos culturales. Demasiado a menudo en el discurso político-cultural los continentes aplastan a los contenidos, como si la cultura fuera cuestión de solares y no de cimientos. Con excesiva frecuencia la cultura se mal traduce al mero entretenimiento y se confunde con lo que a la gente se le da a ver, con la cometa llamativa. Pero la cultura no está ahí sino, de nuevo, en la mano que, sujetando el hilo, diseña y recoge su vuelo, crea y “lee” su vuelo en una comunicación transformadora.

Cada uno y todos

7 Septiembre, 2009

Para ahora ya sabemos bastantes cosas acerca de la gripe A. Esencialmente, que es muy contagiosa pero no muy grave; y que es muy probable que alcance su pico, o uno de sus picos de expansión, antes de que contemos con un número significativo de vacunas, dado que éstas necesitan tiempo para fabricarse y, sobre todo, para probarse con garantías, para evitar que el remedio sea literalmente peor que la enfermedad. En estas circunstancias, el que esta epidemia se extienda entre nosotros sin desbocarse y sin desbordar las capacidades de los servicios sanitarios va a depender, en mucho, del comportamiento ciudadano, de la capacidad que tengamos, al primer síntoma real, no sólo de reacción sino de protección de quienes nos rodean o se nos arriman.

Todo parece indicar que una de las piezas clave de este asunto pandémico va a ser ésa: la actitud que la gente adopte tanto para protegerse como para preservar a los demás. Las autoridades sanitarias de muchos países ya están insistiendo en ello, aquí también; y esas consignas escritas deberían estar perfecta y constantemente visibles, animando a cuidarse y a cuidar al prójimo, aunque no se tengan síntomas, por la vía de aumentar las medidas de higiene (como lavarse las manos) y de reducir algunos gestos o hábitos de contacto. Y el cartel colgado de la fachada del Colegio de Médicos de Madrid lo resume perfectamente: “No beses, no des la mano, di hola”.

No parece complicado y sobre todo parece razonable hasta que escampe. Por eso confieso no entender las reacciones de insumisión que han cosechado este consejo médico y las recomendaciones del Gobierno en el mismo sentido de guardar las distancias. Una encuesta reciente señalaba que el 64% de los españoles es contrario a dejar de dar besos o apretones de manos, es decir, que está dispuesto a seguir haciéndolo a diestro y siniestro. ¿Aunque el otro pertenezca al 36%? ¿Imponiéndole entonces la proximidad, el contacto o el beso? ¿O forzándole a una descortés o incómoda negativa? He empujado intencionadamente la interrogación en este caso para significar de manera general lo que de inconsciente o irresponsable o incluso de agresivo podrían tener algunas actitudes desconsideradas (como escupir al suelo o estornudar a cara descubierta, como lamentablemente aún se ve); de incompatibles con la madurez que se espera de una sociedad enfrentada a una situación delicada y extraordinaria.

Pero esperemos que sólo se trate de actitudes teóricas o pasadas, que cuando en la práctica la gripe se instale aquí, las desconsideraciones se dejen de lado y todo el mundo se ponga con sensatez y solidaridad a capear el temporal epidémico. Siguiendo ese lema público tan fácil de retener como el estribillo de una canción pegadiza, que ya circula por muchos lados antes o más que el propio virus, y que dice en distintas versiones (ésta que cito es la francesa) lo mismo: “los gestos de cada uno hacen la salud de todos”.

Como otras pintadas

14 Septiembre, 2009

El reportaje de la prostitución ejerciéndose en público y en directo en la Boquería barcelonesa ha trascendido nuestras fronteras. Los medios de comunicación y la Red lo han difundido ampliamente, con el consiguiente e imaginable impacto sobre la imagen de esa ciudad y de su atractivo (también, pero no sólo) turístico. Porque me parece evidente que sobre esas tristes imágenes, que para ahora ya han dado la vuelta al mundo, se pueden sustentar muchos debates y muchas interrogaciones dramáticas acerca del modelo de sociedad en el que se insertan.

Dejo hoy al margen el tema de la prostitución -resumiré en cualquier caso mi postura diciendo que me sitúo en el lado de los abolicionistas, término éste de abolicionismo que evoca, creo que con la mayor pertinencia y justicia, lo que de esclavismo encierra ahora mismo esa práctica; y la noticia reciente de que en unos locales de Castelldefells se hormonaba a las mujeres para que “trabajaran más y mejor” resulta en su escalofriante expresividad una prueba más que elocuente-, pero dejo hoy este tema de lado para centrarme en las imágenes que pueden ser diagnóstico o reflejo de un modelo de sociedad, o al menos de una variable de la convivencia social que merece ser atendida e interrogada.

Y no me voy a ir muy lejos, ni en el espacio ni en el tiempo, porque sucede aquí mismo cualquier día, y especialmente en fines de semana, fiestas o similares. Y es que las calles de los barrios más concurridos, por ejemplo de San Sebastián, acaban convertidas en auténticos vertederos de basura y secreciones humanas. Yo no creo que la ética y la estética estén nunca demasiado lejos; pienso por el contrario que el trenzado que reflejan sus nombres es también el de su fundamento. Y, por ello, que hay fealdades sociales que son maldades de la misma naturaleza. O lo que es lo mismo, que una calle cubierta de papeles, de bolsas o de vasos de plástico, y apestada de orines, es la repulsiva forma que adopta un inquietante fondo social, construido en ausencias, en carencias cívicas.

No pretendo comparar lo incomparable, ni desde luego disparatar la escala de las cosas, pero creo que a estos signos de irrespeto e incivilidad debería aplicárseles algo o bastante de la atención que se les está dedicando a las pintadas y carteles violentos; algo o bastante de esa tolerancia cero con la que se busca hacerlos desaparecer de nuestros espacios públicos. Y por razones o argumentos parecidos. Desde el más básico respeto por la legalidad (las ordenanzas municipales suelen ser claras y detalladas al respecto), hasta la más sutil correspondencia entre la estética y la ética urbanas. Pasando por la consideración de que acabar con el aquí te pillo aquí te mato de las ganas de orinar o de tirar al suelo lo que ya no me sirve, acabar con ese contraejemplo constante, es, no sé si la única, pero sí una excelente manera de asentar los cimientos y la pedagogía de una auténtica cultura del civismo.

Dominó (des)educativo

21 Septiembre, 2009

Leo que los padres de los jóvenes implicados en los incidentes de Pozuelo han apelado la sentencia que condenaba a sus hijos a tres meses sin salir por la noche. Si estuviéramos en otro tiempo o en el interior de uno de esos monólogos humorísticos de la televisión, podríamos pensar que los padres han recurrido esa decisión judicial porque les parece blanda, porque quieren un castigo más serio: una buena temporada de trabajo en favor de la comunidad, o al menos un periodo más largo sin juergas nocturnas para esas criaturas suyas, convertidas esa noche de autos en auténticos vándalos. Pero lejos del humor, y en este presente, sabemos que esa hipótesis no tiene sentido; que si hay recurso es porque los padres estiman que la sentencia es excesiva, injusta por arriba; que quemar coches, destruir el mobiliario urbano o atacar una comisaría, no es para tanto, no merece tantos meses sin salir. Aunque tampoco parece del todo descabellado imaginarle al asunto otra razón, tan poco tranquilizadora como la anterior, y es que esos padres hayan interpuesto el recurso mayormente forzados, impulsados por el temor a la reacción de sus hijos, al “calentamiento global” que éstos pudieran organizarles a domicilio (donde el mobiliario no es común sino privativo, o donde la autoridad agredida no es la pública sino la propia); obedeciendo, en fin, al práctico principio de dejar que en la calle hagan lo quieran con tal de tener en casa “la fiesta en paz”.

Sea cual sea la razón última, la sentencia ha sido recurrida, y ese recurso constituye un ejemplo más de que la educación de los más jóvenes necesita, tanto en lo teórico como en lo práctico, reconsideraciones y reparaciones urgentes, porque está tan averiada que anda dando tumbos, por no decir que en muchos casos ha dejado de andar. Toparse aquí con menores asilvestrados, que no sólo no respetan sino que no (re)conocen ningún tipo de norma, límite, criterio de autoridad, o de empatía o consideración por el otro, no constituye un fenómeno aislado ni periférico (atribuible a la exclusión social), sino continuo y central. Y tan amplio que forma parte de la experiencia de cualquier día y casi de cualquier lugar.

Es seguro que las causas y las responsabilidades no son únicas, que este descalabro educativo tan extenso y explícito sigue una lógica en dominó, con derrumbes encadenados y sucesivos. Pero parece evidente que la primera pieza, la que origina las demás caídas, hay que buscarla en la familia. En tantos padres y madres, desentendidos (término que elijo porque abarca tanto lo consciente como lo involuntario) de la tarea de educar a sus hijos. Remediar este guión es imprescindible y pasa, en mi opinión, por un urgente debate-pacto de re-definición de las responsabilidades parentales y de regulación de estas responsabilidades, es decir, de establecimiento de criterios y mecanismos actualizados para su cumplimiento y exigencia.

Lectores, no temores

28 Septiembre, 2009

Supongamos que uno se encuentra por la calle, escrita en una pared, esta frase de Milan Kundera: “El verdadero mar sólo está ahí donde hay profundidad”. O ésta de Marguerite Yourcenar: “El amor sabe: deletrea la carne”. O este verso de Antonio Porchia: “No comprendes el río del llanto porque le falta una lágrima tuya”. Supongamos que los lee. Sea cual sea el efecto que estas palabras le producen, ¿sería diferente si en lugar de haberlas recogido de una pared, le hubieran llegado escritas en la palma de una mano, un pergamino, una servilleta, una hoja de periódico, la página de un libro o la pantalla de un reproductor multimedia? No me parece. Creo que la diferencia no está en la superficie que contiene la escritura, sino en el antes y el después de su lectura. Por eso confieso no entender las inquietudes que está suscitando la llegada del libro electrónico, el alarmismo ligado a la posibilidad de que acabe con el libro de papel. No comparto ese temor. Lo veo, además, como insertado en un falso debate, o en un debate-espejismo, de ésos que parecen representar otro paisaje cuando en realidad sólo distraen del desierto o lo posponen. Y si utilizo la imagen de desertización es porque no me parece exagerada a la hora de abordar la situación actual de la lectura y el futuro del libro. Como en tantos otros asuntos, lo que está en juego es lo suficientemente importante como para que el debate no sea sólo de forma o formato sino de fondo; para que no se apoye en hipótesis sino en realidades. Y la realidad, abundantemente acreditada, indica, por un lado, que nuestros índices de lectura nunca han llegado a despegar, y, por otro, que las capacidades lectoras de los más jóvenes se debilitan o desaguan.

Y las razones hay que buscarlas dentro de la escuela donde no todo -por decirlo con delicadeza- enseña e incita a leer. Y fuera de ella, en otras instancias que son implícitamente educativas, que también transmiten modos y modelos: la televisión, la publicidad, las poderosas estructuras de entretenimiento y socialización. Desde ahí, ¿qué alimenta o alienta la lectura? La verdad es que más bien poco, por no decir que casi nada. Y entiendo que ésa es la clave del asunto, que ésa es la llaga donde hay que poner el dedo del debate. El libro no desaparecerá de la mano de los adelantos tecnológicos, sino por culpa del retroceso en las competencias e ilusiones lectoras, y en su renovación generacional.

Si se quiere que el libro no muera hay que sembrar lectores, no temores. Y dada la popularidad que entre los más jóvenes tienen hoy los gadgets multimedia, lejos de ver en la llegada del libro electrónico una amenaza, la veo como una magnífica oportunidad de invertir la tendencia; como un formidable aliado en la tarea de formarles en el hábito de la lectura, para que vayan no sólo encontrando, sino comprendiendo el sentido y el valor de leer: las innumerables felicidades que proporciona, la libertad que garantiza.

Colesterol institucional

5 Octubre, 2009

Permítanme iniciar la columna de hoy con un ejemplo tomado de la vida corriente: un análisis de sangre revela que tenemos el colesterol (el malo) muy alto. Hasta aquí nada fuera de lo habitual, ni nada que no pueda tratarse con, además de los medicamentos oportunos, una dieta razonable y una buena higiene de vida. Pero qué pensaríamos si, frente a esa analítica, nuestro médico nos dijera que no tomáramos las pastillas, que no hiciéramos más ejercicio, que no cambiáramos nuestros hábitos alimenticios, que no nos pusiéramos a dieta. O que esos cambios los emprendiéramos a largo plazo. Es posible, aunque poco probable, que pensáramos que nuestro médico es una persona generosa, un santo que no quiere que renunciemos a nuestros placeres, por muy grasos que estos sean. Pero lo más seguro es que nos entrara la duda, más bien la inquietud, por lo original de esa receta, por lo que escapa al sentido común -del común de los médicos y también de los mortales-, a la sabia regla que dicta que cuando uno tiene el colesterol por las nubes debe ponerse a dieta de inmediato, porque prorrogar la situación puede revelarse grave o fatal.

Permítanme ahora deslocalizar este ejemplo tan básico y trasladarlo a un asunto político. Porque se acaban de hacer públicas las conclusiones del proceso de reflexión Gipuzkoa+20, puesto en marcha por la Diputación guipuzcoana para definir los retos de futuro del territorio, y en el que han participado expertos de las cuatro universidades vascas, de Gipuzkoa Aurrera, de las Juntas Generales o de Eusko Ikaskuntza, entre otros. Sus conclusiones, contenidas en el documento Diagnóstico estratégico de Guipúzcoa, señalan que el entramado institucional del territorio es “altamente complejo” y sufre de una “elevada densidad”. Hasta aquí nada sorprendente; convivimos a ojos vista, no sólo en Guipúzcoa sino en el resto de los territorios, con una multiplicación institucional y competencial que superpone gestos y gastos administrativos, lo que lejos de facilitar la gestión pública, la dificulta cuando no la desaprovecha por fragmentación. En fin, que, por seguir con el ejemplo inicial, este documento es como una analítica que señala que nuestro colesterol institucional está demasiado elevado.

El diagnóstico no es lo que sorprende -el sobrepeso de nuestra Administración es evidente-, sino la temporalidad de la receta contenida en ese informe, sus plazos. El documento considera “imprescindible que en los próximos años se someta a reflexión y debate social el modelo institucional y competencial”. ¿Por qué tan tarde? ¿Por qué “en los próximos años”? Con un diagnóstico tan claro y rotundo, y en medio de una crisis que exige el aprovechamiento máximo de los recursos, ese debate sobre la agilización de nuestro entramado institucional debería abrirse ahora mismo. Con el saludable objetivo de que nuestras instituciones se pusieran a una dieta competencial rigurosa, cuanto antes.

Peligro en dulce

12 Octubre, 2009

La revista británica The Lancet pidió hace poco a los famosos que no participaran en anuncios, dirigidos a los niños, de refrescos o productos sin valor nutricional. Que una revista médica del prestigio de la citada se ocupe de un asunto como éste, indica de manera elocuente que determinados consumos corrientes y constantes entre los más jóvenes, lejos de ser un juego de niños, constituyen un problema sanitario de calado. Que además esa publicación se dirija a los famosos sirve para subrayar no sólo la influencia que los personajes públicos pueden ejercer, y ejercen de hecho, en la construcción de modelos y en el contagio de comportamientos, sino la responsabilidad que esa influencia implica.

Al lado de la seriedad de este tratamiento, la manera en que las chuches acaban de entrar y de salir del panorama político de nuestro país resulta desalentadora, por no decir que directamente deprimente. Y constituye un ejemplo más de lo poco o de lo mal que aquí se debate políticamente de casi todo; de la cantidad de asuntos que sólo se ventilan a golpes de titular efectista, intercambio epidérmico o pulso demagógico. Es decir, de la montaña de cuestiones que pasan en crudo a engrosar los archivos de lo pospuesto y, sin embargo, urgente; la lista de lo temerariamente pendiente de una reflexión en profundidad, de un debate de máximos, de una argumentación reveladora y posibilitadora de soluciones.

Porque me parece evidente que las chuches, y asimilables, necesitan una solución. Un poco antes de verano se hicieron públicos los datos del último estudio del Ministerio de Sanidad sobre la obesidad infantil; datos que no confirmaban lo sabido sino que lo agravaban: nuestros niños comen mal (pocas verduras y alimentos saludables; muchas grasas y productos precocinados), hacen poco o nada de ejercicio…, lo que determina que el 20% de los niños y el 15% de las niñas sean obesos. Los puntos suspensivos los reservo para el peligro en dulce de los extras: chuches y compañía.

La obesidad infantil es un tema gravísimo que compromete no sólo la salud -es decir, mucha de la felicidad- de quienes la padecen, sino la propia viabilidad del sistema sanitario de todos. The Lancet apela seriamente a una responsabilidad, por pasiva, de los famosos, que no participen en la publicidad de productos que contribuyen al sobrepeso. Creo que a los políticos los ciudadanos estamos en condiciones de pedirles más, de exigirles el ejercicio de una responsabilidad activa. Que se dejen de céntimos demagógicos y que suban (mucho) el nivel del intercambio político, el valor del debate público que hay que aplicar, por ejemplo, a las chuches y asimilables. Productos que necesitan, a mi juicio, un repaso urgente, un etiquetado literal (¿por qué pueden venderse sin lista alguna de ingredientes?) y social que dé cuenta exacta de su composición y del peligro en dulce que entraña su incorporación extensiva y normalizada a la dieta de los niños.

Responsabilidad deletreada

19 Octubre, 2009

En la reapertura estos días de la comisaría de la Ertzaintza de Ondarroa -contra la que ETA atentó hace un año, hiriendo a once personas, de las cuales cinco siguen de baja-, el lehendakari apelaba a la responsabilidad colectiva para deslegitimar el terrorismo, como tarea que nos incumbe a todos, “que empieza en cada uno de nosotros”. Y es fácil suscribir esas palabras, en la medida en que oponerse a la violencia, condenarla del modo más definitivo, es una cuestión eminentemente ética, esto es, absolutamente íntima, de las que tarde o temprano deben abordarse por dentro para activar por fuera su sentido. Acabar con el terrorismo pasa por dejarle sin aire social, por sumar y sumar repulsas individuales hasta que el total signifique todo, toda la sociedad unida en una condena, en un rechazo unánimes. “Cayó unánime la noche”, escribió Borges, pero para nosotros se haría de día, amanecería en Euskadi, verdaderamente, por primera vez. Y ya es hora.

En el mismo sentido de apelar a alguna forma de totalidad ha parecido manifestarse también el PNV. Y digo parecer porque claro del todo no ha quedado (lo que tampoco resulta novedoso). Así, mientras Iñigo Urkullu afirmaba que “nuestro compromiso es seguir trabajando en el debilitamiento de ETA, tanto en el plano organizativo como en su deslegitimación social”, y ofrecía acometer un trabajo “integral” para alcanzar “un acuerdo que nos permita abordar unidos la lucha”; mientras Urkullu manifestaba que su partido es “el primer interesado en la deslegitimación del discurso de la violencia”, Joseba Egibar, con su conocido sentido de la oportunidad, pasaba sobre esas palabras del líder de su partido una especie de borrador, o echaba sobre esas inteligibles palabras gotas de su, también clásico, líquido de correr las tintas, de emborronar. Refiriéndose, por ejemplo, a las últimas detenciones de Batasuna, afirmaba que quienes las han ordenado “no quieren que desaparezca ETA” o que “la detención de gente que está trabajando para que las vías democráticas se impongan supone un obstáculo más para la apuesta definitiva por las vías democráticas”. A esta anchura del PNV se le ha dado en llamar sus “dos almas”, expresión que me parece impropia, primero porque coloca en un plano horizontal, de igualdad, dos posiciones que, a estas alturas de la tragedia, de ninguna manera significan lo mismo; luego, porque resulta blandamente inexpresiva de lo que de verdad está en juego: nuestra convivencia en libertad, sin condicionamientos violentos.

Creo que la deslegitimación del terrorismo es, sobre todo, una tarea de luz, una responsabilidad de claridades, de mirar y decir a las claras. Una responsabilidad, en ese sentido, deletreada. Que empieza, desde luego, en lo privado, pero que sigue y se multiplica en lo público. Entiendo que el PNV debería no sólo asumirla, sino orientarla, ejemplificar esa responsabilidad deletreada de un modo rotundo, quiero decir, irreversible.

Libertad de tono

26 Octubre, 2009

“La libertad de usar todos los tonos”, escribió sabiamente Albert Camus. Y es verdad que hay mucha sensación de libertad, mucha comprensión de lo que significa ser libres en la capacidad de abordar determinados asuntos en un tono distinto del que nos impone su argumento; de tomarse, por ejemplo, en serio lo leve, o de introducir la risa, es decir, el espejo en aquellas cuestiones que más se empeñan en no verse reflejadas.

La libertad, pues, de usar todos los tonos. Y es muy probable que la sociedad vasca sea una de las mejores preparadas del mundo para comprender esta frase, el sentido profundo de la libertad tonal. Porque una de las tantas cosas de las que nos ha venido privando el terrorismo es de la posibilidad de aplicar alegre, despreocupadamente, ciertos tonos a ciertos asuntos. La violencia nos ha acotado, alambreespinado también el territorio de la ironía y el humor.

De ahí el interés y sin duda el éxito de un programa como Vaya Semanita, del que no me confieso fan incondicional -creo que sus guiones ganarían si no se apoyaran tanto en el solo tirón del estereotipo-, pero al que, desde luego, sí reconozco el (no pequeño) mérito de haber reducido el terreno de los temas tabú para la risa; de haber recuperado para la sociedad vasca cuotas de humor expropiadas durante decenios, no sólo por la tragedia, sino por los discursos (tantos) que han sostenido la intocabilidad de ciertos asuntos, o si se prefiere la idea, escalofriante, de que determinados asuntos deben estar excluidos del trajín del pensamiento crítico, y por ello, de la libertad tonal. Afortunadamente, estas ideas tienen cada vez menos adeptos y el humor avanza entre nosotros, se va abriendo paso en lo más serio, va desmontando silencios y alambradas.

Tal vez como un signo de esos nuevos tiempos hay que leer el hecho de que el Gobierno vasco haya acudido para su nueva campaña de tráfico a dos personajes de Vaya Semanita: el Jonan y el Txori, cuyo habitual aturullamiento verbal y mental se serena aquí para decir que las normas de tráfico están para cumplirse, esto es, para vivir; porque pasarse de velocidad al volante es apostar por el descalabro y la tragedia. Ellos, como lo ven claro, se comprometen igual, de un modo meridianamente inteligible a “respetar todos los límites de velocidad”. En una única frase, suficiente, y cuya brevedad realza, dobla su sentido. Que lo bueno si breve, etcétera.

Y no me resisto a cerrar estas líneas de libertad tonal ensayando la ironía, por la vía de contrastar esa brevedad con los 36 folios (sic) del documento con el que Batasuna dice querer decir lo que aún no ha hecho, que es condenar la violencia e ilustrar la independencia que pretende para el país con el ejemplo de su propia independencia. Treinta y seis folios son, sin duda, demasiados; cuesta mucho retener su fórmula. Tal vez no sería mala idea que pidieran consejo al Jonan y al Txori para diseñar alguna forma de comunicación más corta y creíble.

El último mono

2 Noviembre, 2009

Estupenda la noticia del reciente hallazgo, en la cueva Astigarraga de Deba, de unos restos prehistóricos de gran valor. Por un lado, huesos clavados en grietas de las paredes, lo que de acuerdo con los especialistas constituye un testimonio nada frecuente y por ello de enorme significación; por otro, las pinturas rupestres más antiguas de Guipúzcoa: dieciséis pares de trazos de color rojo, cuya antigüedad puede estimarse, al parecer de un modo muy fiable, en más de 20.000 años. Y la noticia resulta especialmente valiosa porque contribuye a represtigiar el paisaje arqueológico vasco al que el affaire Iruña-Veleia había dejado un tanto magullado. En la misma línea, estos días hemos conocido también que Ekainberri, la réplica de la cueva de Ekain situada cerca del enclave, se ha convertido en el cuarto museo más importante de Guipúzcoa, al haber recibido más de 40.000 visitas en su primer año de actividad.

Confieso sentir hacia esos seres humanos prehistóricos una emocionada y agradecida inclinación. Por múltiples razones. Una básica podría ser que suelen proporcionarnos casi siempre buenas noticias (hace poco otro hallazgo en Atapuerca permitió determinar que aquellos primerísimos humanos eran capaces de cuidar a los individuos menos capacitados o más frágiles del grupo, de garantizarles de ese modo la supervivencia), en todo caso mejores noticias que muchos de nuestros contemporáneos. Otra fundamental razón tiene que ver con su cultura, es decir, con su capacidad inmediata para distanciarse de su propia -y hay que imaginar que apabullante- realidad. Porque entiendo que es ahí donde se desarrolla o define la cultura: en el terreno de lo otro de la realidad, en las miradas sobre lo real puesto a distancia.

Los hallazgos de las cuevas de Astigarraga o de Ekain o de tantos otros templos del arte rupestre hablan de esa relación íntima, siamesa, entre humanidad y cultura; entre una realidad y una inteligencia que se coloca en perspectiva para (re)pensarla. Con unos antecedentes así, y después de miles de años, la cultura en su acepción más ajustada debería ocupar en las sociedades modernas un lugar estelar. Y sin embargo, incluso en su definición más generalista, la cultura anda de capa caída: se usa su nombre en vano, se desaguan o se reducen a materialidad sus objetivos, se coloca entre los productos (y no por cierto entre los de primera necesidad), en los presupuestos políticos (y a los ejemplos y recortes me remito) suele protagonizar el grupo de cola. En fin, que la cultura se ha vuelto el último mono, expresión que utilizo en su sentido más corriente; y más sangrante cuando se lo compara con la noticia que ha abierto estas líneas, con aquellos últimos monos que se iban volviendo humanos a medida que (o fundamentalmente porque) llenaban las paredes de los lugares que habitaban con los trazos de una intuición, de una ambición de más y más anchura para su experiencia y su inteligencia.

Hamlet en verde

9 Noviembre, 2009

Me sitúo desde luego entre quienes piensan que el siglo XXI será ecológico o no será. Y el que esta afirmación aún pueda sonar grandilocuente, desproporcionada o incluso impertinente, o si se prefiere, el que muchas personas se resistan todavía a aceptar que lo del calentamiento global va peor que en serio, tiene que ver precisamente con el hecho de que estamos confrontados con algo que hasta ahora, en lo que llevamos de historia del mundo, ha sido inimaginable: la posibilidad de que los seres humanos destruyamos nuestro propio hábitat de un modo radical, irreversible, invivible. Se entiende que cueste entender lo que hasta ahora parecía impensable.

Pero hoy lo impensable se ha vuelto no sólo concebible sino posible, e incluso probable. El planeta se nos va de las manos, se nos evapora como el agua de un puchero puesta a hervir. Y esa ebullición hay que pararla; hay que bajarle radicalmente el fuego al calentamiento global, cortar por lo sano las emisiones de CO2. Porque lo que se está cociendo es el desastre; o porque el resto, hasta el desastre, es sólo cuestión de tiempo, de plazos que tampoco poseen ya una escala cósmica, de ésas que el pensamiento no tutea (que imagina pero no mide) sino que se trata de plazos que se cuentan como la vida misma, en los tramos de unas cuantas, pocas, generaciones. El desastre está a la vuelta de la esquina: desaparecerán las nieves del Kilimanajaro, se fundirá del todo el casquete polar, islas enteras serán tragadas por el océano… y nosotros mismos lo veremos; o alguien que conocemos, alguien ya nacido, lo verá.

A menos que… Y no sigo la frase porque todo el mundo sabe ya lo imprescindible: reducir drástica y definitivamente las emisiones nocivas, etcétera. O lo que es lo mismo cambiar de modelo, de noción de desarrollo. “Algo huele a podrido en el reino de Dinamarca” escribió Shakespeare en una época en que el mundo estaba aún cubierto de bosques, de especies innombrables, de ríos limpios, de cumbres nevadas, de estaciones que se sucedían puntualmente en la belleza de su previsibilidad y sus entretiempos. En el reino de Dinamarca hay también ahora un olor preocupante; la cumbre climática de Copenhagen no ha nacido aún y su atmósfera ya es de funeral. Ya se va sabiendo que las posibilidades de que los países más concernidos (los más contaminantes) asuman allí un compromiso de recorte de emisiones, real y rotundo, son casi nulas. En fin, que se va sabiendo que los discursos verdes van a quedarse en eso, sin actos (y no digamos hechos) que los respalden; que al amor planetario le van a faltar obras, aunque le sobren razones.

Y entonces a los ciudadanos ¿qué nos queda además de protestar por ello? Pues, entiendo, que actuar por la base, o hacernos cada uno nuestra nanocumbre de Copenhagen, asumir cada uno el hamletiano ser o no ser responsable contra el cambio climático. Y optar por lo primero, sin duda, (con la imagen de la calavera del planeta en la mano).

Sueña que es hermoso

16 Noviembre, 2009

Quisiera empezar con un verso de la escritora mexicana Gloria Gervitz (que este mismo miércoles dará una conferencia en San Sebastián). En su espléndido libro Migraciones dice: “Sueña que es hermoso el sueño de la vida, muchacha”. Y resulta insoportable la limpidez de este verso, su belleza, cuando lo cotejamos con los sueños rotos de la joven Nagore Laffage, por ejemplo, cuyo asesinato se juzgó la pasada semana. O con los de la joven Marta del Castillo, cuyo cadáver sigue sin aparecer. O con los de la joven a quien su compañero disparó e hirió de gravedad, también esta semana pasada, en Jaén. O con los de tantísimas jóvenes maltratadas de palabra y de obra por quienes se nombran o nombramos, malamente, compañeros, novios, maridos, amantes o amigos.

Resultan insoportables la confianza, el optimismo asertivo de los versos de Gloria Gervitz si pensamos en el peligro cierto que hoy todavía puede correr una chica que viaja sola o anda sola por un lugar no demasiado concurrido; si recordamos que llegan las fiestas populares y la posibilidad de que haya chicas agredidas sexualmente es tan real que las autoridades tienen que subir el nivel de vigilancia (durante la pasada Semana Grande el Ayuntamiento de San Sebastián llenó la ciudad de carteles contra la violencia de género y repartió kits de autodefensa). En qué clase de mundo vivimos aún; qué credibilidad, qué confianza deben merecernos los discursos sobre valores civilizados (por ejemplo, ahora mismo el de la libertad recobrada tras la caída del Muro), qué sentido tienen cuando ser mujer implica todavía, en nuestras sociedades, un plus de peligrosidad que coarta, inhibe o amarga la libertad de elección y de movimientos, la libertad de andar por la vida sin temor y sin riesgo a una agresión (el número de mujeres que a cada minuto son violadas por el mundo es tan alto que parece una exageración para escandalizar; y sin embargo los datos son ciertos y, con toda seguridad, inferiores a los reales; y obviamente no escandalizan).

Víctimas de género las hay de todas las edades, pero si en estas líneas estoy insistiendo en las más jóvenes es porque resulta especialmente insoportable constatar que las nuevas generaciones no sólo no se libran, sino que se siguen hundiendo en esa miseria de la violencia de género. La ministra de Igualdad acaba de hacer público que un tercio de las órdenes de protección dictadas y de las llamadas de auxilio al 016 corresponden a mujeres menores de 30 años. Y que un tercio de las asesinadas eran mujeres jóvenes. “Sueña que es hermoso el sueño de la vida, muchacha”. ¿Dónde cabe ese verso? ¿Qué sociedad permite ahora mismo su traducción exacta?

Y, sin embargo, nada tendrá verdadero sentido, todos los discursos sonarán a hueco, a falso, hasta que esa traducción no se complete; hasta que el sueño de la vida pueda ser hermoso para cualquier muchacha, y más que un sueño, sencillamente la realidad.

Nanolingüismo

24 Noviembre, 2009

Es la famosa escena de Roma de Fellini, cuando los frescos que se acaban de descubrir en una cámara subterránea empiezan a desmoronarse. Esas pinturas se han mantenido ahí casi dos mil años y ahora el simple contacto con el aire las reduce a polvo. Y la evoco no para significar el riesgo que suponen las corrientes de aire, sino para lo contrario, para subrayar el peligro que hacemos correr a las cosas cuando no las aireamos lo suficiente, cuando no las contrastamos con las condiciones de la realidad.

Una de las estrategias del nacionalismo para gobernar durante decenios con un bajo cuestionamiento público de sus resultados de gestión ha sido la de convertir la crítica en sacrilegio; la de vallar ciertos temas y poner en la valla el cartel de prohibido el paso intelectual, el paso al debate, a la libre circulación de ideas y opiniones. Frente a esos temas tabú o sagrados el margen de maniobra crítica se reducía al mínimo. El tema intocable por excelencia ha sido el euskera. Y el nacionalismo ha conseguido durante años no sólo apropiárselo, sino encerrarlo en una especie de cámara hermética, sin más aire que el de sus propias políticas. Y así criticar su política lingüística se presentaba no como un simple discrepar de la gestión de gobierno, sino como un auténtico ataque a la lengua misma, como un desapego del euskera, cuando no como un euskericidio. Afortunadamente estamos en otro momento político, y el cambio debe significar también que no hay temas tabú para nuestro debate público, que la corriente del pensamiento circula por todas partes, incluidos los territorios cerrados, hasta ahora, a la más desacomplejada exploración intelectual.

Lo que destruye el fresco de Fellini no es el contacto con la realidad, sino su aislamiento de ella, lo que, trasladado a lo propiamente lingüístico, daría que la ausencia de aire de debate no protege a una lengua sino que la fragiliza, porque le impide atender a sus retos puntuales y defenderse de sus amenazas reales. Ha sido otro hermético lugar común el considerar que la principal amenaza para el euskera es el castellano. No he compartido jamás ese diagnóstico, porque entiendo que la fortaleza de una lengua no depende de la cantidad de sus hablantes sino de la calidad y la anchura de la expresión de éstos; lo considero no sólo una reducción improcedente sino una distracción irresponsable del verdadero asunto: de la obvia y progresiva pérdida de competencias lingüísticas en los más jóvenes. De la insuficiencia del sistema educativo para remediar este desagüe, entre otras razones porque la escuela está muy sola en esa tarea, desatendida desde el exterior, cuando no rodeada de enemigos contra-pedagógicos. La principal amenaza para nuestras lenguas no está fuera de ellas, en la otra o lo otro, sino dentro, en el terreno que gana su desertización; no tiene que ver con el bilingüismo sino con ese avanzar hacia el microlingüismo, hacia el nanolingüismo.

Género de terror

30 Noviembre, 2009

“En el fondo un nuevo significado equivale a una nueva palabra”, escribió Wallace Stevens. Nada que tenga que ver con la violencia de género es nuevo, al contrario, es tan viejo como la humanidad misma; no le corresponden pues palabras nuevas, sino las más ranciamente convencionales. Sólo si desapareciera esa violencia adquiriría su cuestión lingüística un auténtico protagonismo; encontrar una nueva palabra para ese nuevo y pacífico significado de las relaciones de género sería una tarea felizmente prioritaria. Pero estamos muy lejos de ese guión. En éste de la vida misma, la violencia machista no para (en lo que va de año ha aumentado un 2% en Euskadi, con 4.078 mujeres atendidas y dos asesinadas).

Palabras viejas entonces, ¿pero cuáles?, para referirse a esta lacra, dando cuenta no sólo del alcance de su destrucción (una media de 60 mujeres asesinadas cada año y cientos de miles de maltratadas), sino de la energía y la determinación que la sociedad necesita asumir para erradicarla. Me sitúo entre quienes consideran que hablar de terrorismo de género es el modo más adecuado de expresar los dos aspectos: tanto la dimensión del crimen (¿qué mata y hiere y amenaza y amedrenta en nuestro país más que el machismo?), como la conciencia social imprescindible (ninguna violencia preocupa, (con)mueve más que la terrorista) para erradicarlo.

No todo el mundo está de acuerdo, como es natural, con esta terminología. Hay quien considera impropio hablar de terrorismo de género sobre la base argumental (que Belén Altuna expresaba perfectamente en su interesante columna del 25 de noviembre) de que la tipología de ambas violencias no es la misma; de que terrorismo equivale sólo a violencia pública con fines políticos. No voy a insistir en que considero que lo privado es político no sólo en el concepto, sino en la práctica más extendida (innumerables son las regulaciones que afectan a decisiones, en principio, íntimas). Ni en que, a mi juicio, no hay violencia más pública que la de género, no sólo porque es la más presente y encontrable en los edificios, patios, calles de nuestra vida social; sino porque es la primera contra-escuela de valores democráticos o la primera escuela de comportamientos anti-cívicos a la que asisten muchos niños (basta con representarse los cientos de miles de hogares españoles donde eso pasa, donde de eso se aprende) con las nefastas consecuencias sociales previsibles. Y no insisto en ello porque creo que la pertinencia terminológica no la marca en este caso la acción descrita sino la reacción buscada. Entiendo que se habla de terrorismo de género no para confundir los rasgos o las condiciones de ambas violencias, sino para recuperar la indignación y el rechazo ciudadanos que provoca una de ellas y aplicarlos igualmente a la otra. Y creo que hay que seguir diciendo terrorismo doméstico, buscando así no la sinonimia en el crimen sino el compromiso social para erradicarlo.